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26 octubre 2014 7 26 /10 /octubre /2014 08:24
El hombre del tren

Después de su sensible éxito "El marido de la peluquera" en la que Patrice Leconte contaba con un escueto Jean Rochefort, dueño y señor de una gestualidad mínima pero profundamente sugestiva y evocadora, repite protagonista con "El hombre del tren" (una película de 2002 que no vi en su día) y nos trae al cantante Johny Halliday (de profundo recuerdo para quienes peinamos canas). Se trata de una buena película, muy bien relatada y realizada de una manera correcta y sencilla. Magnífica -como suele--dirección de actores . Es una trama mínima y sagazmente elaborada en la que solo chirría un poco el final, un forzamiento de trama con aires trascendentales y espiritualista, que no nos hacía falta. Dos hombres –un profesor de literatura jubilado y un atracador de bancos de media edad- se cruzan casualmente en una ciudad de provincias donde vive el primero y el segundo ha ido para ejercer su oficio. Al poco de conocerse, ambos descubren que les hubiera gustado más haber vivido la vida del otro que la suya propia. Un ritmo bastante correcto y una tensión argumental que nace desde la nada y pequeños detalles hasta hacer mella en el espectador de una forma suave y sensible. La interpretación de los dos actores es excelente, la de Rochefort linda con la genialidad. La música, de Pascal Esteve, acompaña con eficacia la morosa narración de esos tres días de convivencia, cotidianos, don detalles de una ternura sabia y contenida... se trata de un duelo interpretativo que acaba siendo un dúo donde el tema queda como en sordina sin complicaciones solemnes o filosóficas. Los placeres de la vida de uno, son imposibles en la vida del otro y viceversa. Y también los peligros y las dificultades. La película es una metáfora sin pretensiones, excepto al final. En el plazo de tres días los personajes se percatan de cada uno carece de lo que tiene el otro y ello hace que la fascinación sea mutua y esté condenada al fin más o menos previsible, la enfermedad mortal y la bala de un policía. El maestro juega con las pistolas del gangster mientras Holliday hace de profesor, fuma en pipa, calza zapatillas y repasa la biblioteca de su huésped. Lástima que Leconte haya cedido a la tentación de darle un final excesivo. Debió quedarse en el final lógico y previsible. Hubiese aumentado la esencia metafísica de la metáfora de esas dos vidas complementarias. Con su final metafísico queda en una broma casi risible.

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en cine - teatro - opera
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