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7 enero 2015 3 07 /01 /enero /2015 10:24
El gran hotel Budapest

La verdad es que he disfrutado como un loco (también la película es un poco loca). Me encanta el preciosismo pictórico de Wes Anderson, sus universos surrealistas y un poco desquiciados, su dominio de la retórica, sus composiciones cinematográficas a medio camino entre el arte pictórico más depurado y el sentido del humor más delirante. La historia, como casi siempre, es un mcguffin elaboradísimo e impredecible. Un conserje atildado, seductor de ricas octogenarias y el botones del hotel Budapest (una creación encantadora donde parece habitar la sociedad de entreguerras y son bienvenidos desde Stefan Zweig, en algunos de cuyos relatos bebe el director para diseñar esta improbable y divertida historia, hasta Somerset Maugham, Marcel Proust o Thomas Mann) deciden robar un famoso cuadro que perteneció a una de las amantes del conserje que deseaba donárselo a él pero es asesinada por su siniestra familia. A partir de ese momento todo se disparata y Anderson nos hace sentirnos felices e interesados en cárceles absurdas, viajes en tren, asedios militares y huidas imposibles contadas con la seriedad del mejor cine británico de los Estudios Ealing.

Durante todo el embarullado pero delicioso metraje veremos a excelentes actores haciendo cameos de segundos (como Bill Murray) o de secundarios de lujo. El ritmo es tan irregular y absurdo como si nos estuvieran contando una historia con excursos y distracciones todas ellas relatadas con un estilo inconfundible que parece habitar en el mundo de los sueños. Como suele ocurrir en todas las películas de este originalísimo director, casi cada plano se convierte en un cuadro preciosista y de colores exaltados pero elegantes. Todo está permitido en el universo andersoniano y eso crea cierta disparidad según sea el gusto y el humor del espectador. Es como una depuración del teatro de Sumatra o la Comedia de l' Arte, los polichinelas o las óperas bufas con momentos fantasiosos al estilo del Mozart de "La flauta mágica".

Todo aquí rezuma libertad, alegría de vivir y estereotipos llenos de humor y guiños. Pura creatividad. Los que se sientan atraídos por el personalísimo mundo de Anderson deben correr a agenciarse una copia de esta película para poder verla dos o tres veces más. Los que no, pensarán que es una tomadura de pelo y la olvidarán en cuanto salgan del cine. Película coral aunque comandada por los protagonistas masculinos, el señorial conserje y el botones pequeño, audaz, inteligente y feo (magníficos Ralph Fiennes y el joven Tony Revolori). William Dafoe y Adrian Brody componen unos malísimos que parecen surgidos de las películas de Batman. Después de la suculenta "Moonrise Kingdom", Anderson se saca de la chistera una obra prodigiosa dentro de su naturaleza original e inclasificable, acompañándola con una banda sonora espléndida de Alexander Desplat. Una fiesta nostálgica, algo truculenta pero insobornablemente tierna, en algunos momentos --como cuando relata el amor entre el botones y la pastelera-- tan ingenua, sencilla y directa como un cuento narrado por un niño..

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en cine - teatro - opera
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