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29 octubre 2015 4 29 /10 /octubre /2015 20:23
WINESBURG, OHIO

Faulkner, Hemingway, Dos Passos, Fitzgerald, hubieran sido escritores distintos seguramente si Sherwood Anderson, nacido en Ohio en 1876 y fallecido en Panamá en 1941, no hubiera existido o no hubiera publicado en 1919 una novela enigmática y rompedora que se tituló "Winesburg, Ohio". Luego publicaría tres o cuatro novelas más con relativo éxito y varios extraordinarios libros de cuentos que cimentaron una fama literaria de calidad más que una figura deslumbrante de la literatura. Sin embargo la edición de esta novela que hoy comentamos fue justificando a través de los años y sobre todo por el reconocimiento de grandes autores, una importancia que ha ido fortaleciéndose con el tiempo.

De una manera simplista su novela fue saludada tras su publicación como uno de los espejos más reales de la sociedad rural norteamericana de principios de siglo XX. Más adelante los analistas comenzaron a entender tras la publicación de las grandes obras de los autores citados cómo la alargada sombra de Anderson había proyectado su influencia en los estilos de los genios que le sucedieron. Veintidós historias cortas en las que el escritor hace un retrato magistral de las personas que viven en el pueblo cuyo nombre da titulo a la novela. Todo ello bajo la visión de un joven periodista, George Willard, que levanta los tejados de algunos habitantes del pueblo para, a la manera del Diablo cojuelo, hablarnos de sus vicios ocultos y públicas virtudes. Desde el maestro que se expresa con las manos y su tragedia personal, hasta el feísimo empleado de telégrafos que odia a las mujeres, o la mujer que un día sale a la calle desnuda bajo un impulso arrebatador.

El lector avisado verá en el relato más largo "Piedad. Una historia en cuatro partes" unos personajes y un ambiente --descrito con la difícil simplicidad y eficacia de un maestro-- que parecen surgidos de la pluma futura de Faulkner. Lejos de los estilos de la generación precedente, Whitman, Thoreau, Twain, Hawthorne, Melville, esta novela ambigua que parece más una colección de cuentos, es el hito fundacional de la nueva generación de escritores, los de la "generación perdida" y también los de maestros de hoy mismo. Las historias rezuman humanidad, emociones y sentimientos hondos y salvajes, brutales y conmovedores como ese granjero obsesivo que intenta mojar la cabeza de su nieto en la sangre de un cordero como un rito bíblico, o el pastor que experimenta una revelación divina al ver a una mujer por una ventana que está fumando... Vidas rutinarias, donde anida una semilla de deslumbrada locura o un relumbre místico que les revelará el sentido de su vida.

La trama va vinculando a los vecinos del pueblo como con una urdimbre invisible que les hace destacar sobre un fondo austero de cierta miseria física y moral. Y así nos muestra a una maestra que aconseja al joven periodista, trasunto del autor, “Tendrás que conocer la vida. Si quieres ser escritor debes dejar de tontear con las palabras. Será mejor que abandones la idea de escribir hasta que estés mejor preparado. Ahora debes vivir. No pretendo asustarte, pero quisiera que comprendas el alcance de lo que piensas hacer. No debes convertirte en un mero mercachifle de las palabras. Lo más importante es que aprendas lo que la gente piensa, no lo que dice”. Y bien ha aprendido la lección Anderson, que con su libro funda una forma de escribir distinta, con una prosa despojada de artificios, sobria y justa que parece estar en sintonía con las Naturaleza y sus fenómenos, integrando a sus personajes con la tierra, el viento, la lluvia, los bosques y un hálito desesperanzado de temor profético, la sensación de que todo eso está acabando y que viene una nueva época que arrasará con toda la vieja manera de vivir.

Ese estilo curioso y detallista está vinculado a la dedicatoria que Anderson hace de su libro: “Este libro está dedicado a la memoria de mi madre, Emma Smith Anderson, cuyas agudas observaciones acerca de todo lo que la rodeaba despertaron en mí la inquietud de mirar por debajo de la superficie de las vidas ajenas”. Winesburg, Ohio se convierte en un territorio singular, mítico, como el Macondo de García Márquez, el condado de Yoknapatawpha, en Jefferson, de William Faulkner la Comala de Rulfo y tantos otros territorios literarios que generan su propia dinámica en el imaginario del lector.

En resumen un libro necesario para todo lector aficionado a la literatura norteamericana de calidad.

FICHA

WINESBURG, OHIO .- Sherwood Anderson, Traducción de Natalia Moret. Ed. Eterna Cadencia.- 252 págs.

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Published by Diariodemimochila.over-blog.es//charlus03 - en comentario literario
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