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13 julio 2016 3 13 /07 /julio /2016 16:41
El ruido del tiempo

Con un comienzo de excelente factura literaria (recuerda un poco a un Chejov) el gran Julian Barnes, uno de los cinco exquisitos británicos que nacieron alrededor de los cincuenta, Amis, Swift, Lodge, Mc Ewan, comienza su última novela, "El ruido del tiempo". Como Amis o McEwan, Barnes bucea en la historia europea reciente, la segunda guerra mundial, más que en la lado nazi o aliado como Amis y Mc Ewan, en la zona rusa y concretamente en la URSS dirigida con mano de hierro y ausencia de escrúpulos por el dictador Stalin.

Con su tendencia a profundizar en los dilemas éticos (y estéticos) de los hombres bajo la ominosa sombra de una dictadura letal, Barnes se mete -y nos ayuda a hacerlo - en la piel y la mente de un artista singular, Dmitri Shostakóvich (San Petersburgo, 1906-Moscú, 1975), compositor y pianista al principio mimado por el régimen que con el estreno en 1934 de su ópera "Lady Macbeth en Mtsensk" , incurriría en el caprichoso y paranoico rechazo --sin razones o explicaciones- de Stalin, que esperaba una triunfal loa a su propia figura o al régimen galvanizado y cruel que él detentaba y no entendió en ningún momento la música del compositor. El artículo aparecido después del estreno en Pravda, el órgano de propaganda de Stalin, titulado “Caos en vez de música”, donde se le acusaba de ser un ejemplo de arte decadente y contrarrevolucionario.

A partir de ahí, ante la ciega brutalidad burocrática del régimen (Barnes nos regala páginas angustiosas donde late la sinrazón y el agobio de un Kafka), Shostakóvich debió afrontar la alternativa de tantos de sus colegas y artistas de todos los géneros, ser un mártir o un equilibrista entregado y temeroso para sobrevivir. Comienzan las penalidades y los miedos profundos de compositor (que solía dormir vestido y con una maleta preparada para cualquier "viaje" con la policía secreta. Durante años, el pusilánime artista, trató de plegarse a todas las exigencias indirectas del régimen, esperando continuamente la visita nocturna de la muerte y dudando sobre la pertinencia de un suicidio.

En "Nada que temer" y alguna que otra obrita menor, Barnes ha confesado de forma clara su temor patológico a la muerte y esta novela me parece un homenaje a un hombre que, de alguna manera, parece un trasunto suyo, seguramente más justificado por razones externas. La elección entre la dignidad o la supervivencia, no es fácil ni siquiera sobre el papel. Shostakóvich ni siquiera tenía la posibilidad del silencio ya que, conocedor de la patología del dictador y, por contagio, de sus fieles -tan aterrorizados por la vesanía de Stalin como el propio compositor- sabía que dejar de escribir música sería considerado también alta traición. Por ello se avino a repudiar su ópera y a componer una obra que reflejara la alegría y libertad de la Rusia revolucionaria.

Y así se forjó la esquizofrénica figura de un compositor que en la intimidad sufría la agonía del terror a la extinción y en público aplaudía el fervor revolucionario que simbolizaba el dictador de una manera omnímoda e implacable. Las bandas sonoras que compuso para la películas propagandística que agradaban a Stalin fueron premiadas y poco a poco recuperó el favor del dictador, aunque jamás dejó de padecer la paranoica y autodestructiva sensación de que, en cualquier momento y sin excusa alguna podía ser enviado a un gulag o desaparecer en cualquiera de las purgas que asolaban el país. Tras una Séptima Sinfonía que cantaba la defensa numantina rusa en Stalingrado, las siguientes sinfonía Octava y Novena volvieron a indisponerle con el cada vez más oscuro y demencial Stalin. Y volvieron las represalias y el terror. En esas páginas es donde brilla el estilo de Barnes, con toques líricos y reflexiones psicológicas de un realismo conmovedor, defendiendo a pesar de todo el insobornable talento creativo del compositor que sólo en su alma se sabía libre pero se sentía incapaz de implementar el grado de dignidad que hubiera requerido su autoafirmación. Ni siquiera tras la muerte de Stalin en 1953, Shostakóvich puso sacudirse de todas las limitaciones éticas y de comportamiento que el terror de décadas habían grabado a fuego en su persona. Como escribe Barnes, “La línea de la cobardía es la única que avanzaba recta y segura en su vida”.

Magnífica novela sobre la degradación moral de un hombre pusilánime y cobarde, al que nadie con dos dedos de frente y alguna experiencia puede condenar o juzgar en modo alguno. El heroísmo no es una exigencia humana sino un gesto de grandeza moral. Los que han vivido en regímenes totalitarios saben perfectamente el precio que se paga por mantener la dignidad. Y no todos están dispuestos a satisfacerlo. Pero, al menso, nos queda su música, reflexiona Barnes, y la grandeza de sus partituras estás por encima de los caprichos y crueldades de la historia.

FICHA

EL RUIDO DEL TIEMPO.- Julian Barnes. Trad. Jaime Zulaika.-199 págs. Ed. Anagrama. ISBN 9788433979551

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Published by Diariodemimochila.over-blog.es//charlus03 - en comentario literario
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