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29 mayo 2017 1 29 /05 /mayo /2017 15:46
De vez en cuando conviene requerir de nuestra biblioteca un clásico que nos serene un poco, nos contagie de ingenio y pensamientos saludables y nos despierte la inteligencia a aldabonazos de crítica auténtica,  honesta y rigurosa. Y si no le tenemos acercarnos a una buena librería y rogarle al librero que nos lo proporcione.
Eso ocurre con "Los Caracteres" de La Bruyére. Una lectura amena, divertida, juiciosa y pedagógica  sin aburrir, sino más bien tan irónica e inteligente que no tardamos en reir a carcajadas mostrando con ello la completa justeza de la definición de "clásico" que esa obra merece: aunque escrita en el siglo XVII, en la Francia de Luis XIV, en la que brillaban escritores como La Fontaine, Boileau, Racine o Fenelón. Sin embargo Jena de La Bruyere, autor de "Los Caracteres", hombre modesto y poco cortesano, con el paso de los siglos ha superado a esos compañeros de generación (aunque, fuerza es decirlo, en estos días que vivimos, tan acelerados, pocos tienen el acierto de leer su libro, más por ignorancia que por otra cosa).
"Los caracteres" de La Bruyère es un mosaico de retratos psicológicos inspirados en personajes conocidos de su época que analiza desde una perspectiva moral. Esos retratos estaban concebidos con una profunda capacidad de observación, sin demasiada acidez pero con tanto ingenio y galanura en el decir que los convertía más que en tipos efímeros en arquetipos universales (de ahí su rabiosa actualidad). Aunque nació como una obra modesta añadida a la traducción de "Los Caracteres" del griego Teofrasto, llegó a convertirse en una obra de culto, cuyos lectores reclamaban impacientes nuevas ediciones aumentadas con más capítulos y más retratos. Con su estilo ágil, conciso e incisivo, su influencia literaria fue reconocida por Flaubert, Balzac, Proust o Guide.
Este libro sugestivo y sumamente sugerente es una asombroso retablo de retratos y caricaturas de burgueses, cortesanos, príncipes, reyes, consejeros, hombres vulgares, y un sinfín de personajes que se articulan en una crítica global a la frivolidad y a los vicios de la sociedad francesa de la época, pero que por el milagro de la buena literatura se convierten en espejos de todas las épocas, incluida la nuestra.

Estructurada en forma de narraciones cortas de aire moralizante, el estilo es tan rico y variado como sus descripciones son rigurosas, precisas y amenas. No hay lector de Proust  (y de Balzac y muchos otros)que ante "Los caracteres" no enarque las cejas con ironía y murmure, "ahora sé de qué fuente literaria han bebido éstos". Conservador a macha martillo, es el retrato de un pensador amable, picante a veces, ácido pocas, pero siempre honesto y dotado de una percepción inigualable de los defectos, las ridiculeces, vanidades, obsesiones y vicios de las personas que le rodean, pero no desde la altura supuesta de un moralizador sino de la cercanía de quien comprende y compadece pues él mismo comparte mucho de lo que expone,  desde el arte, al mérito personal, la espiritualidad, las mujeres, la fortuna, el amor o el arte de la conversación…

Se trata de una lectura que uno ha de realizar sin prisas, incluso leyendo un poco cada día, con el libro sobre la mesita de noche o en un lugar accesible de la biblioteca, saboreando la sabiduría práctica, cotidiana y humilde, como si fuera un libro taoísta o las máximas de Marco Aurelio, Epicteto o Epicuro o incluso Montaigne (que murió un siglo antes de que falleciera él). Tiene algo de todos ellos, pero es más cercano a nosotros. Y como muestra, algunas de sus reflexiones: El esclavo tiene un solo amo; el ambicioso tiene tantos como personas útiles a su encumbramiento; No vivimos bastante para aprovechar la lección de nuestros errores. Los cometemos durante todo el transcurso de nuestra vida; No hay camino demasiado largo para el que anda despacio y sin impaciencia; ninguna meta (es) demasiado lejana para quien va hacia ella con paciencia (este suena a Lao Tse).

En general hay una gran capacidad de comprensión ante las miserias humanas y por ello nunca se ofrecerá a sí mismo como ejemplo de nada. Sus retratos femeninos revelan una cierta misoginia (bastante reflejo de su época), pero él mismo declara su falta de elementos de juicio personales ya que no se casó ni mantuvo relaciones conocidas con mujeres (no consta que fuese gay). Enalteció la amistad y el arte de la conversación y fustigó el poder del dinero y de la política, los arribistas y las modas tiránicas, la vanidad y el lujo absurdo. Y termina advirtiendo que "la vida es breve y fastidiosa pues la pasamos deseando constantemente sin hallar placer alguno en lo deseado; y si la vida es miserable, es duro soportarla; y si es feliz, horrible perderla. ¿Tiene esto algún sentido? Conocer la vida se paga con la propia vida y cuando las canas blanquean la cabeza se cuenta con un caudal de experiencia, generalmente útil, ya que pocas veces la podremos utilizar".

Como escribió al comienzo de su libro: "una inteligencia mediocre cree escribir divinamente, una inteligencia buena cree escribir razonablemente". La Bruyére tuvo, sin duda, una buena inteligencia.

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FICHA

LOS CARACTERES.- Jean de la Bruyère.- colección El Jardín de Epicuro .- Hermida editores.-traducción, Consuelo Berges.-páginas 480.- 24 euros.- ISBN 978-84-94015953
 

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