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14 diciembre 2018 5 14 /12 /diciembre /2018 09:22

La búsqueda de la excelencia en el propio comportamiento, en la acción, las ideas y la vida de la persona,  fue uno de los objetivos filosóficos de dos grandes escuelas de la Grecia antigua, los epicúreos y los estoicos. Dejaremos a un lado por esta vez todo lo que Platón y Aristóteles apuntaron y los budistas y los taoístas escribieron al respecto. En esta ocasión recurro a un clásico de los nuestros. A un aragonés universal que se llamó Baltasar Gracián y  engalanó con su prosa toda la primera mitad del siglo XVII (1601-1658). ¿Y el motivo que me  llevó a reflexionar sobre ello? La escasa calidad humana e intelectual de la mayoría de nuestros auto considerados "políticos" y la situación crítica a la que nos están empujando. Y, por favor, no se crean que hablo sólo de los españoles (que están en uno de los lugares más altos de corrupción e ineficacia del ranking europeo, y son datos al alcance de cualquier aficionado a las hemerotecas o simplemente a leer diarios o ver los informativos), en general me refiero a la clase política (con excepciones; pocas, pero existen) de este mundo globalizado que se ha olvidado de globalizar también la ética personal y política como una de las exigencias básicas de todo el que se dedique a gestionar la cosa pública.

 Escribía Gracián y debería ser pregunta de examen obligatoria para el alto funcionariado español: "Las cualidades personales deben superar las obligaciones del cargo y no al revés. Por elevado que sea el puesto hay que demostrar que la persona es superior". Bastaría citar al emperador Marco Aurelio que llegó al cargo, por razones familiares, pero se empeñó toda su vida en vivir conforme a las leyes de la excelencia ética, en sus funciones y en su comportamiento personal. "Gracián configuró sus ideales de héroe, político, discreto, agudo y prudente en el terreno de las ideas y en el de la acción...que aspiraban a la excelencia...en todos los órdenes del saber y del obrar", nos dice Aurora Egido. A pesar de "las tremendas dificultades que suponía el logro de la excelencia estética y moral en un mundo plagado de obstáculos y regido por necios". ¿Les suena a algo conocido aquél mundo del siglo XVII? ¿O más bien deberíamos clamar como en "El Rey Lear" de Shakespeare: "Es la epidemia de la época: una civilización de ciegos guiada por unos locos".

 

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