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22 abril 2019 1 22 /04 /abril /2019 11:09

Escribe María Zambrano sobre Ortega en su "España, sueño y realidad": "la claridad es la primera de las cualidades del pensamiento orteguiano; se es claro cuando se está en claro consigo mismo; la claridad es producto de la coherencia de la vida" Esa correspondencia, esa interacción esencial entre el pensar y el vivir es el secreto de una suerte de bienestar personal que a veces se aquilata en cierto tipo de sabiduría y en una ataraxia estoica. Cuando no existe   esa concordancia se produce una situación peculiar (que podemos reconocer en la política española, huérfana de  pensamientos originales y vigorosos, pero no de supuestos "ideólogos"): "hay una claridad de ideas, pero una via insolidaria transcurre bajo la luz; la evidencia encubre muchas veces un oscuro lago en el que la vida se remansa y llega a estancarse por haber sido abandonada".. Es justamente ese estancamiento el que atenaza la vida pública española. Porque el político al uso no piensa, trata de amoldar la vida al programa de su partido y está condenado a que la vida, ese caudal incesante que nunca se detiene, lo rebase por todos lados, una vez lleno el recipiente del programa de una agua muerta que no tarda en pudrirse.

El pensador, el filósofo, sabe intuitivamente que sólo la coherencia entre su vida y su pensamiento, permite su desarrollo como sujeto del ser, ese caminar pausado y riguroso acicatado por la necesidad de la excelencia: la vía clásica hacia lo correcto, lo bueno, lo justo y lo bello, metonimias de lo verdadero.Pero el político no es filósofo, es un hombre del tener no del ser y es bien sabido, desde Gabriel Marcel, que el tener es "aquello en lo que se pierde el ser". Uno es consciente de que muchas veces la lógica de lo posible rige los asuntos públicos. Pero ante los vicios y delitos de aquéllos que deberían estar al servicio del ciudadano que los vota y no esclavo de sus propios intereses, a menudo el filósofo se deja ganar por el pesimismo y el relativismo de un Cioran y acaba gritando a los cuatro vientos: ¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!: que los políticos sean éticamente coherentes, tanto en su vida pública como en su vida personal y dejen de seguir el axioma fariseico de "los vicios privados y las públicas virtudes".- ALBERTO DÍAZ RUEDA

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