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4 mayo 2019 6 04 /05 /mayo /2019 08:01

 

Los psicoanalistas suelen tratar ciertos casos clínicos cuyas sintomatologías siguen un modelo muy específico: se trata de la existencia de unos rasgos caracterológicos impostados, falsos, enquistados en la estructura general del sujeto. Son rasgos que responden a un supuesto “deber ser” que el paciente ha adquirido por imitación de los patrones reales, percibidos en otras personas y deseados profundamente. Son rasgos o propiedades que suelen ser en otros el fruto de esfuerzos, trabajos y dedicaciones que el sujeto estima que están por encima de sus propias capacidades. Es algo carencial que tiene que ver con el aprecio social a los títulos académicos o los logros de todo tipo que despiertan admiración general y los complejos más o menos severos de quienes los desean pero no creen poder acceder a ellos por incompetencia o pereza.

Tales individuos suelen rodearse de los “signos externos”, libros, música, arte, instrumentos, uniformes, de los estatus deseados, pero siempre arrastran un temor constante aunque oculto a ser “descubiertos”. Ese temor se traduce en un estrés permanente que puede llegar a formar parte de las actitudes o el comportamiento de la persona que lo mantiene en estado larvado o lo disfraza. Mientras no se rebasan ciertos límites (que varían en cada persona) la “superchería” no causa problemas graves. Si las circunstancias o el análisis lo sacan a la luz de la conciencia o, peor, son “descubiertos”,  se dispara la gravedad de las reacciones.

En general las tendencias a actuar desde  la presunción, la vanidad o las competencias infundadas, es un defecto bastante común y que casi todas las personas han utilizado en alguna ocasión, sin convertirlas en una forma de vida. Cuando comienza a convertirse en caso clínico o en patología de cierta gravedad es en el momento en que las circunstancias han convertido el “juego” en una realidad paralela o el sujeto mismo admite la falsedad en la que vive y no sabe encauzar ese conocimiento que, en el fondo, es saludable y es también la única salida.

Aquí es donde interviene el terapeuta que invita a la aceptación de la realidad y al mismo tiempo enfatiza los valores reales del sujeto que pueden transformar la supuesta carencia en un activo, simplemente cambiando el foco de los deseos íntimos del individuo y de sus inherentes valores. Ahí se produce la liberación de la persona.

La fácil creación de falsas identidades a través de los sistemas de interrelación de la Red, están convirtiendo el problema del que hablamos en una situación común y muy difundida. Un problema que empieza como un juego de roles y acaba enquistándose en una potencial patología. Es la falacia virtual.- ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

 

 

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