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19 septiembre 2019 4 19 /09 /septiembre /2019 07:35

Cuando don Francisco de Quevedo  escribe el prólogo a la obra de Tomás Moro, Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, (1516), en la versión expurgada que se hizo al castellano en 1627, aclara al lector que "utopía" es "un lugar inexistente", es decir, un "no-lugar" y por tanto imaginario. Y la palabra utopía y el adjetivo utópico se convierten en algo quimérico, fabuloso, inalcanzable, infundado. Es la "representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano". Después aparece distopía: "representación ficticia de una sociedad futura de características negativas", según la RAE. Podría decirse que utopía y distopía es una misma representación degradada por el tiempo y el uso. Es la esencia de los asuntos humanos sometidos a la entropía universal según la segunda ley de la termodinámica. Utopía es a distopía lo que democracia a populismo y dictadura digital. 

Por otra parte, la entropía marca la medida de desorden de un sistema. La RAE lo aclara así: "una masa de una sustancia con sus moléculas regularmente ordenadas, formando un cristal, tiene una entropía mucho menor  que la misma sustancia en forma de gas con sus moléculas libres y en pleno desorden". En física el concepto de entropía está ligado al de irreversibilidad y destrucción  Cuando se analiza la entropía por la mecánica estadística y la teoría de la información, queda ligada al grado de desorden molecular interno de la materia  y la energía de un sistema.

En los últimos años en España (y puestos a ello en Europa, las Américas, China, Japón, la India, etc.) se ha vivido una utopía (marcada por las promesas de los políticos) en degradación permanente hacia la distopía (marcada por la irrealidad de esas promesas): Ambas han perdido su calidad futurible y son rabiosamente actuales. El tiempo es cada vez menos definitorio: más "virtual" diría yo. En estos momentos, en España, con las vacaciones (pagadas) de un gobierno inexistente, en Inglaterra con un fanático del aventurismo irracional o en Estados Unidos con un ejemplar patológico de político troglodita (y me dejo Rusia y China para mejor ocasión), utopía y distopía han celebrado bodas en el Infierno y está a punto de producirse la entropía. El grado de desorden "molecular" en los políticos y su ejercicio profesional -ante la pasividad hipnótica de una población esclerotizada- nos lleva a una implosión en la que lo único real, el topos: el lugar, queda a merced de la anarquía que es el otro nombre del desorden. 

Alberto Díaz Rueda

 

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