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4 marzo 2020 3 04 /03 /marzo /2020 17:26

 

Cuando Steiner murió, hace unos días, el lunes 3 de febrero de este año, 2020, me sentí un poco más solo en este mundo. Mi admiración por el viejo profesor venía de antiguo. Me atraía su cultura enciclopédica, su ironía desmitificadora, su plurilingüismo, su judaísmo heterodoxo y contradictorio, su talante analítico-crítico de una honestidad insobornable, su europeísmo recalcitrante y su inteligencia lúcida  e incisiva que no admitía componendas.

He leído la mayoría de sus obras y me han deparado momentos de gran placer y estímulo intelectual, parecido al que en otros ámbitos me producían las obras y la personalidad de Harold Bloom, crítico y ensayista, que falleció en octubre de 2019. Los dos hombres tenían algo en común, rasgo que, a mi humilde manera, comparto con los dos: un profundo amor a los libros, a los clásicos y a la cultura como instrumento de la convivencia y la paz entre las naciones y los hombres.

Pero Steiner era además un comentarista crítico, a veces provocativo o sarcástico, hacia la política, la economía o el futuro planetario, el cometido de la ciencia y el declinar de la razón, la religión y la democracia.

En su libro “Errata” (El examen de una vida), Steiner analiza algunos episodios de su infancia y juventud, aunque de una manera poco rigurosa y dejándose llevar por las temáticas que desarrollaba más que por sus imbricaciones en las fechas de su vida. Sin embargo son muy reveladores algunos de los comentarios que escribe. Por ejemplo y de cara a su actitud hacia el judaísmo dice (refiriéndose al de su padre): “El orgulloso judaísmo de mi padre estaba, como el de Einstein o del de Freud, teñido de agnosticismo mesiánico. Destilaba racionalidad, promesa de ilustración y tolerancia. Le debía tanto a Voltaire como a Spinoza”. Como ven, se retrata a sí mismo en la figura amada de su padre que le acostumbró a la compañía vitalicia de la Odisea y la Iliada, influencia, la de los clásicos, que marcaría su carrera intelectual y literaria : “El clásico nos interroga cada vez que lo abordamos. Desafía nuestros recursos de conciencia e intelecto, de mente y de cuerpo”. “El valor de esa temprana impronta de lo clásico en mi existencia ha sido considerable”.

Ataca, a mi parecer muy consecuentemente, el post estructuralismo y al deconstruccionismo, que alteraron la visión de la teoría literaria a partir de los setenta del pasado siglo. También analiza el papel del traductor y de la traducción, la enseñanza secundaria francesa  (que recibió durante su estancia de adolescente en Nueva York), su amor temprano a Shakespeare y sus “asignaturas pendientes” de esa época: aprender ruso y árabe.

En otro apartado nos hablará de su estancia en la Universidad de Chicago a finales de los años 40, con un divertido apunte sobre “los recuerdos de la carne” Pero más interesante aún es su casual descubrimiento de la vocación de la enseñanza, cuando lee sus interpretaciones sobre el relato de Joyce, “Los muertos” (“Dublineses”) ante sus condiscípulos en su habitación atestada de jóvenes tomando notas: “Fue un descubrimiento fatal. Desde esa noche, las sirenas de la enseñanza y el análisis crítico literario no han cesado de cantar para mí”.

El capítulo quinto lo dedica a la “cuestión judía” de la que hace una lectura revolucionaria y que le aleja de la comprensión del Estado de Israel: “…la mayor verdad es que el judaísmo sobrevivirá la ruina de Israel. Lo conseguirá si su elección es la de vagar, la de enseñar a los hombres a darse la bienvenida, sin lo cual nos extinguiremos en este pequeño planeta…los conceptos, las ideas no necesitan pasaportes”.

El amor a la música, a su maravillosa inocencia y poder: “Lukács preguntaba si un solo compás de Mozart se prestaba al abuso político, si podía expresar la maldad inherente a algunos actos”; la belleza y el misterio de las lenguas, “la condición de políglota ha sido mi mayor fortuna”; el papel de la ciencia, su instrumentalización y mal uso y las víctimas que produjo a los largo del siglo XX.

Especialmente evocativo es el capítulo  que Steiner dedica a sus maestros y a los lugares que con su “genios loci” llegaron a constituir referencias personales en su vida. En el último capítulo Steiner justifica el título de su libro, escribiendo sobre “los errores…que resultan más insoportables cuando se tornan irreparables”.

Steiner habla de su obra que “he desperdigado y por tanto derrochado mis fuerzas”. Se muestra descontento con “Lenguaje y silencio” uno de sus primeros libros, onde hay muchas preguntas y pocas respuestas: por ejemplo “¿cómo podemos comprender…la capacidad de los seres humanos para amar a Bach o a Schubert por la noche y torturar a otros seres humanos a la mañana siguiente?” o “¿Cómo reconciliar el mensaje esencial del judaísmo con un Estado-nación armado y rodeado de enemigos implacables?”, el lamento  de haber abandonado el dibujo, el aprendizaje del hebreo, la necesidad del ateísmo que no conoce sino la tolerancia y la obscenidad de las “guerras santas”, la manipulación del ADN, el enigma de la conciencia…

Es el libro de un hombre universal sobre sí mismo, veintitrés años antes de fallecer. Se supone que evolucionaría más aún en ese tiempo. Lo cierto es que nos quedaremos con la duda. Tal como fue ya es suficiente regalo para sus lectores. Y una inspiración para algunos de nosotros.

 

FICHA

ERRATA.- George Steiner.Trad, Catalina Martínez Muñoz.-Ed. Siruela.- 218 págs.

 

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