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21 abril 2020 2 21 /04 /abril /2020 07:37

La lluvia imprime una placidez extraña al paisaje solitario que diviso desde mi estudio. Se van sucediendo chubascos breves, con momentos en los que un sol deslumbrante llena de colores contrastados y luminosos la llanura sembrada de bosques y de colinas. En el silencio absoluto de la tarde. sólo turbado por los trinos de los pájaros, la ausencia de movimiento humano o de vehículos agrícolas surcando los campos como naves de otros tiempos, aumenta la impresión de fragilidad que siento. No respecto a la solidez bucólica del paisaje que me rodea, sino a mi presencia como observador humano. Una moraleja, aún no elaborada, que se desprende de esta larga clausura seglar, es la indescriptible conciencia de vulnerabilidad que nos invade a poco que pensemos en lo que nos sucede. El hecho de que seamos todos, el planeta entero con poquísimas excepciones (gracias a la "maravilla" de la globalización) los amenazados o afectados por el Covid, un fragmento genético que ni siquiera es un ser vivo, no nos consuela, sino al contrario, nos resalta la incongruencia que existe entre nuestra arrogancia tecnológica y nuestro pretendido carácter de "rey sin corona" de la Naturaleza (carácter que nos convierte al mismo tiempo, en el mayor depredador natural de la historia humana). El ser más" poderoso" de la Creación es también el ser más vulnerable. Supongo que si nuestros primos, los primates, tuvieran  un poco de conciencia, sólo un poco (como un Trump, por ejemplo) y sentido del humor (que Trump no tiene) las carcajadas globales de toda la especie de monos desde los chimpancés a los gorilas "llegarían a conmover hasta el vasto Olimpo" como diría el legendario Homero.

La lección que deberíamos empezar a elaborar es que nuestra vida cotidiana, social, económica, laboral, va a sufrir cambios, ligeros o profundos (el número de variables en juego hace imposible todos los vaticinios), la globalización va a sufrir limitaciones, los nacionalismos se van a exacerbar o , para los más idealistas, se van a diluir, el sueño de un progreso irrefrenable y un aumento del nivel de vida incesante y más igualitario se van a quedar en eso, sueños...Y por tanto el viejo animal humano, curtido en mil catástrofes naturales o provocadas, va a aplicar el instinto que le va permitiendo sobrevivir pese a su propia estupidez y a su evidente incapacidad de aprender de los errores, aunque en el camino tengamos que abandonar la falacia neoliberal y el capitalismo sin límites.  ¿Cuál es ese instinto básico? La capacidad de adaptación.  Aunque tengamos que aplicar la norma antiindividualista asiática de poner, por encima de la autonomía personal y sus derechos, el bienestar colectivo, basado en la seguridad básica económica y social y la salud.

¿Volvemos a los escenarios distópicos de Orwell, Huxley o Ballard? Quizá sí. Tal vez no. Los dados están en el aire. Y ya sabemos, dijo Einstein,  que Dios no juega a los dados con el Universo. ¿O sí? Sea  lo que sea habrá que lidiar con ello. Como dicen en mi pueblo cuando los ancianos protestan por no poder salir a pasear por los solitarios campos y se encogen de hombros musitando "No nos queda otra". Pues eso.

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