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22 abril 2020 3 22 /04 /abril /2020 08:33

Esta bendita tierra de mi pueblo es agradecida a las lluvias mansas que la reverdecen y la esponjan como un paraíso nutricio, ajeno a los cuidados y amarguras a los que nos somete nuestra precariedad ante el virus. Hacía tiempo que no veía tan lozanas las verdes colinas que nos rodean. Todo huele a limpio y uno tiene que reprimir el deseo de volver a las largas caminatas por los alrededores. Durante horas mi mujer y yo recorríamos senderos, veredas, pistas forestales o agrícolas, caminos invadidos por la maleza,  sin cruzarnos con nadie. Ahora la responsabilidad solidaria nos mantiene encerrados en casa como al resto de los pocos vecinos del pueblo.

Una de las tempranas novelas de mi admirado Marsé se titulaba "Encerrados con un solo juguete" (1960) que nada tiene que ver con la situación que nos aflige y nos limita (si acaso el franquismo de entonces que oprimía a los personajes...y al novelista). La saco a colación porque de alguna forma muchos de nosotros estamos "encerrados con un solo juguete". Ese "juguete" son las redes sociales. Durante muchas horas nos dedicamos a recabar información, opiniones, estudios, entrevistas a gente relevante, cuestiones políticas o económicas. Para mí más que un deber es una necesidad. Mi vieja profesión de periodista me dirige a fuentes fiables casi siempre, hay un "olfato profesional" cultivado por más de cincuenta años de ejercicio. Para muchos la Red les proporciona no sólo información y conocimiento, también diversión, placeres, diversas formas de cultura desde la música, al cine o los documentales y, lo más importante desde un punto de vista del humano obligado a confinarse: un remedo virtual de socialización. Abundan los contactos por whats-up, twitter, videoconferencias íntimas o familiares, intercambios emocionales, no por virtuales menos sentidos y apreciados.. 

De vez en cuando el comentario de un experto, la observación de un ensayista, la reflexión de un escritor o un filósofo, nos inflama. A veces, pocas, de admiración por algo constructivo, positivo, solidario, humano en el mejor sentido de la palabra. Demasiadas veces, por el contrario, nos las vemos con la cara menos amable del ser humano, en el más vil sentido de la palabra. En algún medio consultado, un filósofo coreano-alemán, al que admiro y sigo desde hace años, Byung-Chul Han, hablando de las diferencias de respuestas ante el virus y tras una frase que me dolió: "Europa ha fracasado", describe la eficacia llena de sospechas de algunos países asiáticos como China, Corea o Singapur (naciones confucianas, dice, y por tanto disciplinadas y solidarias con el bien común) . Y después, con evidente desprecio, describe la postura ignominiosa de Trump (pero muy valorada entre una considerable parte de ciudadanos de Estados Unidos). Y deja caer un dato ejemplar: Trump había ofrecido comprar en efectivo los derechos exclusivos sobre una posible vacuna contra el Covid que está desarrollando la empresa alemana CureVac, financiada por el Estado alemán. Al parecer el ministro alemán de Sanidad contestó desabridamente que NO y añadió: "hasta el capitalismo tiene límites". La anécdota parece ser cierta y la he leído en una entrevista a la filósofa americana Judith Butler. 

El virus no discrimina, pero parece ser que hay líderes humanos que sí lo hacen y se arrogan el derecho de decidir quiénes deben salvarse y quiénes deben morir. 

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  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
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