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23 abril 2020 4 23 /04 /abril /2020 11:56

 

En el transcurso del proceso demoledor del Covid19 se ha  producido un fenómeno, el "gerontocrash", que merece un análisis sereno pero realista. El término anglosajón "crash" proviene de la catastrófica caída de la Bolsa de Nueva York y la posterior Gran  Depresión  que afligió al país y se prolongó hasta 1940 contagiándose a todos los países de la órbita de influencia de Estados Unidos, incluida Europa. El crash se define como un movimiento de caída, imprevisible y brusco, de los mercados. Sin embargo la actual crisis  económica, que aún no es posible delimitar o ponderar,  no tiene semejanza alguna ni con la de la mal llamada gripe española de los años 20 del pasado siglo, ni con la de 1929 o la de Lehman Brothers de 2008. No hay precedentes, se trata de una acción voluntaria de los países a causa de una pandemia vírica que puede diezmar a la población. Y aquí aparece la motivación causal de este escrito: la población diezmada. Y, concretamente, una parte sustancial de ella: la de los ancianos.

 Walter Benjamin publicó una líneas (referidas a otra situación) que me inspiraron para razonar la congoja que he sentido al analizar el "gerontocrash" que se ha producido por efecto del coronavirus y con la complicidad indirecta de las Administraciones y ciertas empresas privadas poseedoras de "Residencias de la Tercera Edad". Establecimientos más cercanos a los de la película "Soylent Green" que a las comedias con abueletes como protagonistas. Decía Benjamin: "La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla usual siempre ha sido semejante al "estado de excepción" en el que ahora vivimos...no está justificado  pensar con asombro que las cosas que estamos viviendo sean 'todavía' posibles en este siglo".

Realmente nos puede asombrar que en pleno siglo XXI  nos hayamos olvidado del respeto y cuidado que merecen nuestros mayores, que sigamos un estilo de vida que los descarta como onerosos y obstáculos del progreso de todas esas familias que no existirían y no tendrían su supuesta vida confortable sin los sacrificios y el trabajo duro de la mayoría de esos abuelos aparcados en las mal llamadas "residencias". Lugares que más bien son " morideros" en los que ni siquiera, como en "Soylent Green",  los ancianos descartados morían pacíficamente y sin dolor escuchando la Pastoral de Beethoven con maravillosas secuencias de una Naturaleza verde y fértil  tal y como ya no existía en la película, un mundo arrasado por la contaminación global.

Dejando aparte las distopías a las que el cine es tan aficionado (lo cual es un síntoma a considerar) lo cierto es que el Covid19 ha traído a la realidad una cuestión nada baladí: ¿qué diablos está haciendo la sociedad capitalista avanzada con sus ancianos? ¿Sabremos algún día con certeza el número vergonzante de ancianos que ha muerto en esas "residencias" o en cualquier otra parte por efecto del virus, de la dejadez culpable de las administraciones públicas frente al problema y de la codicia inhumana de multinacionales y fondos carroñeros? Estos controlan, al parecer, el 75 % de las plazas para los ancianos en los cinco mil y pico centros que hay en el país, de los cuales solo una minoría siguen bajo control público. Se trata de un mercado floreciente y muy rentable (en 2030 más de 15 millones de españoles tendrán más de sesenta años) y tiene una  tasa anual del 4% de beneficio, por estar regido en forma de precarización de empleos de cuidadores, escasez de medios y  formación, más sueldos mínimos. En España, como mínimo uno de cada 3 fallecidos por el virus habitaba en una residencia (dato sin confirmar, que irá al alza). Ya sabemos que una residencia no es un hospital. Pero tampoco un aparcamiento de ancianos sin control sanitario y más expuestos al contagio, primero por estar desatendidos y segundo por ser personas mayores.

Alguien mencionaba el "genocidio geriátrico" que esta pandemia está causando y que el poder económico y político ha permitido por codicia o dejadez. Pero a toda una generación se nos debería caer la cara de vergüenza por haber permitido un tan nefasto y miserable  final para esos miles y miles de ancianos, que protagonizaron el cambio económico y social de los 60 a los 90.  Desde el señor Aznar hasta Rajoy o la ley de dependencia de Zapatero o el olvido de Sánchez, en suma toda la clase política que ha gobernado este país desde que comenzaron los recortes a los beneficios sociales y no rectificaron en tiempos de bonanza. El “gerontocrash” está siendo un sangrante ejemplo de gestión mal realizada, carencias estructurales y falta de control político de la privatización carroñera predominante en el sector.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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