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30 abril 2020 4 30 /04 /abril /2020 09:20

Decía el maestro Emilio Lledó en su libro "Sobre la educación"  que "la deriva social utilitarista que va solidificándose en estos tiempos está desvirtuando la enseñanza...y la preparación de los profesionales del futuro cercano". Educar, dice, es crear libertad, dar posibilidades, hacer pensar. Es un  proyecto que vincula la libertad al ejercicio de enseñar y al placer de aprender. ¿Se enseña esto en los institutos, en  la Universidad? O más bien todo se convierte en una fábrica de futuros titulados, una visión "asignatural" de la enseñanza y un sistema de exámenes o "chantajes rituales"?  La digitalización de la enseñanza da el acceso a unas técnicas de acceso engañosamente simple que manipulan y sustituyen en los alumnos el hábito de pensar.

Decía Kant que "el hombre sólo puede ser hombre por su educación. No es nada más que lo que la educación hace de él". El problema en estos tiempos es que no sabemos muy bien en qué consiste la tan socorrida y en el fondo desahuciada "educación". Pues bien, la pandemia y su secuela el confinamiento está causando un revuelo interno entre profesores, alumnos y familias de alumnos. Esta es una parte de la educación cuya importancia no se evalúa de forma correcta, ni por el sistema ni por los propios padres (que seguramente padecieron una "educación" tan coja o más que la actual).

¿Cuáles son las opciones que se están barajando en estas circunstancias actuales? Una, la que denuncia el profesor Roberto G. Fandiño en un artículo, niños enganchados todo el día a internet para realizar deberes de diferentes asignaturas, agobiados y obsesionados por enviar el trabajo en el plazo indicado, correspondido por un agobio igual o superior por la cantidad, de profesores que deben leer, corregir y evaluar la montaña ingente de trabajos generados por el encierro y el enfoque de ciertas autoridades educativas de evaluar a los profesores en base a la producción total de trabajos realizados, conferencias y actividades on line. ¿De verdad hay alguien que cree que eso es educar? Serán los mismos que sueñan con profesores robots y olvidan la dimensión vital, esencial de la presencia física del maestro, del profesor, de la interacción humana como un elemento capital para el aprendizaje. Tal vez esas personas no han tenido ningún buen profesor. Yo he tenido unos cuantos (y muchos más mediocres, nada motivados o simplemente autoritariamente estúpidos) y han sido un creativo y estimulante  privilegio para mi formación como persona y más tarde como profesional. Los buenos profesores  contagian el amor al saber, la necesidad del conocimiento, la curiosidad por investigar (madre de la ciencia y de la filosofía), por llegar por tí mismo a la razón de lo que haces y por qué lo haces. Y no es una utopía...hay profesores así. Pero, necesariamente, lo tienes que tener enfrente, tienes que interrelacionar con ellos.

Pero también está la opción de los que que creen que la nueva tecnología o los libros son simple herramientas de trabajo que ayudan pero no marcan o dominan el aspecto creativo y crítico del alumno, al que se le estimula para que, tomando como base determinados textos o material virtual, no demasiados pero sí adecuados,  se active una reacción personal, una labor de pensamiento y de crítica propios, que muestre la capacidad del alumno para hacer una lectura creativa de lo que  se les aconseja trabajar. No se tiene  en cuenta la liturgia de exámenes y notas que obsesiona al mundo educativo. Trabajos como  esos dan al profesor una visión bastante apreciable de la madurez del alumno. ¿Utopía idealista? No señores, es el modelo educativo que se sigue en países como Alemania o los del norte de Europa. Los partidarios de esta segunda opción no agobian a los  alumnos con ejercicios al plazo prefijado, sino que dan tiempo para que el alumno madure su respuesta, pues el lujo de pensar requiere un "tempo" de labor muy especial y exigente.

Y ahora entramos en el tercer elemento de la ecuación educativa: la familia. He oído críticas variadas a las dos opciones. Hay razones familiares en las que no entraré por no ser adecuadas a esta reflexión (aunque las lamente) ni tampoco entraré en las condiciones psicológicas delicadas que causa un encierro tan largo en espacios reducidos y a veces con exceso de personas en el mismo recinto. Las familias pueden escandalizarse ante el agobio de sus hijos por el exceso de tareas o protestar porque creen que los profesores que siguen la segunda opción están, en realidad, "escaqueándose" de sus labores y obligaciones (esto también puede ser la opinión de algunos "jefes" educativos). Déjenme apuntar que esas "obligaciones" no son privativas de los docentes sino que, en un plano de responsabilidad  distinto,  comparten los padres del alumno, ya que éstos no están ausentes de la ecuación pedagógica: son ellos los que promueven -consciente o inconscientemente- el aprendizaje vicario. Si, señores,  el del ejemplo que dan en casa a sus propios hijos, con actitudes, opiniones y comportamientos. No tener en cuenta ese punto no es sólo una hipocresía social, es un error que con el tiempo  pagarán esos alumnos si el ejemplo recibido no ha sido el correcto. Como corolario del tema familiar,  narro la respuesta de una joven profesora a un padre que le preguntó con sorna que quién les pagaría a ellos el hacer de profesores durante el confinamiento. A lo que dicha maestra respondió: “los mismos que nos pagan a los profes por hacer de padres, nadie”. Se puede decir más alto pero no más claro: que cada palo aguante su vela.

Así que la pandemia, el encierro, está poniendo en solfa tres de las cuatro patas de la educación. El modelo educativo, el tipo de profesor, el alumno y su familia. Ustedes pensarán, "por si fuera poco con los problemas que nos ha traído el virus, el de salud, el económico, el laboral y el socio-familiar, ahora nos viene éste con el de la educación". Permítanme que les apunte una visión complementaria: justamente es la educación la madre del cordero, a la que deberíamos tratar con mimo y responsabilidad. La educación es la semilla que crea buenos médicos, investigadores, políticos, técnicos. Pero sólo si la educación es técnicamente buena y humanísticamente correcta y creativa. Para eso los maestros de esos profesionales han de ser buenos pedagogos, libres, abiertos, responsables y empáticos, sin ajustarse a planes rígidos y capaces de estimular la imaginación, la  creatividad y la responsabilidad de sus alumnos. La s personas educadas pueden circular mejor por los caminos complejos de la economía y el mundo del trabajo, no engañan ni se dejan engañar, pues al mismo tiempo que su profesión aprendieron la ética que la regula. Y esas personas , gracias a la educación, que no termina en la universidad con el titulo en el bolsillo, sino que es permanente en la vida humana, pues la enriquece en forma de cultura, posiblemente sean capaces de articular relaciones personales y sociales basadas en criterios más sólidos que el interés propio. Y formar familias donde la educación y la cultura sea contemplada como un privilegiado modo de ser mejor persona.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

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