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21 agosto 2020 5 21 /08 /agosto /2020 15:38

La lectura del reciente libro de Maxime Rovere, "Qué hacemos con los idiotas" (del que les hablaré otro día) me ha recordado tres joyitas clásicas que disfruté en su día, "El encomio de la estulticia" más conocido por "Elogio de la locura" del gran Erasmo, un librito del filósofo francés André Glucksmann "La estupidez, ideologías del postmodernismo" (año 1988, editado por Península) del que les hablaré otro día y un excelente trabajo del italiano Carlo Cipolla "Leyes fundamentales de la estupidez humana" que también les comento. 

Ya Flaubert advertía que en el "estupidismo" se podría encontrar una de las claves activas e inevitables de los errores humanos en la historia de todos los países y de todos los tiempos. Glucksmann se hace eco de ello y asegura que la estupidez, la idiotez, la memez, la mezquina y bobalicona insistencia en tener razón en lo que sea  cuando no se sabe qué es la razón  ni tampoco la importancia o función e incluso la existencia de ese "lo que sea", (es una creación mental realizada por las carencias y complejos del ego del idiota), no es algo banal ni intrascendente: es uno de los cánceres del transcurso de la historia. Más allá de los jinetes del Apocalipsis que decían que eran cuatro, cabalga el quinto jinete envolviéndolos a todos con un manto tan invisible y letal como ella, la estupidez. Etimológicamente, el término viene del latín stupor que se refiere al efecto de pasmo que puede producir algo en quien lo contempla; literalmente el quedarse sin habla. Estupefacto y atónito, el estúpido es tonto porque así lo decide. Ante el asombro que le provoca algo,  otra persona, una frase que no entiende, un acto que decide rechazar sin saber porqué,  permanece rígido, “estólido” y de inmediato reacciona de manera absurda e inapropiada.

Para que comprendan lo grave que es esto, les cito "in extenso", tres de las leyes que rigen el idiotismo, según Carlo Cipolla y lo convierten en "una de las más poderosas y oscuras fuerzas que impiden el crecimiento del bienestar y de la felicidad humana»: a) siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo; b) la posibilidad de que una persona determinada sea una estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma; c) las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.

Mientras uno se mantiene en su "torre de marfil" (ventajas de la jubilación), leyendo a los clásicos y acompañándose con Sócrates, Epicuro, Pirron, Montaigne, Séneca, Marco Aurelio., Wittgenstein, Russell, Nietzsche, Voltaire o Schopenhauer, el mundo cotidiano se desenvuelve con amabilidad e inteligencia. Pero, ay, eso es un espejismo. Si sales de tu biblioteca y de tu hogar, en cualquier lugar, a cualquier hora, en la más inofensiva de las circunstancias y por un motivo de lo más banal, topas con un idiota. Y el mundo perfecto se volatiliza. Hombre o mujer, joven o viejo, esa persona instaura algo que hace que tu propia inteligencia y comprensión decaiga, se desvanezca. Entras en una situación en la que tu ansia de comprender lo que ocurre, lo que te dice el idiota o sus argumentos, cuando los tiene, se convierte en una labor imposible, anula tu capacidad de análisis y razonamiento y por un extraño sortilegio te escuchas tratando de balbucear en su propia lengua y a plegarte a su extraño y peculiar modo de relacionarse. Hasta el punto que el idiota, triunfante en su pegajosa y a veces agresiva estupidez, piensa que el idiota eres tú. No importa que lo que tratas de hacer le beneficie directa o indirectamente, el idiota tratará de obstaculizarte y como decía Rovere "intentará ahogar tus argumentos con razonamientos sin fin, responderá a tu benevolencia con amenazas,  tu afabilidad con violencia y tu busca del bien común la ridiculizará aunque con ello dañe su propio interés individual". Por ello el refranero popular es tajante: "el estúpido es más peligroso que el malvado".

Decía Schopenhauer  que en la historia, los siglos van pasando parecidos unos a otros en dos elementos comunes e  inmemoriales: la maldad (o crueldad)  y la estupidez de los hombres. O como decía otro autor: "el ser verdaderamente estúpido no es sino aquel que confunde su razón con la razón universal; quien cree saberlo todo, quien se queda pasmado ante su inteligencia y no necesita moverse de ese punto, quien viaja con la inercia de su propio pensamiento sin contemplar el del resto". Y tiene un peligro evidente: la idiotez es algo evidente para casi todos, excepto para el que la sufre. Por eso lo peligroso no es ser estúpido sino creer estar exento de la estupidez. Y allí llegamos a una constatación: Todos tenemos momentos de mayor o menor duración es que somos irremediablemente idiotas. Es más una situación, una circunstancia, en la que perdemos la razón de vista. La cuestión para no sentar plaza de estúpido es darse cuenta de cuando uno lo es y tras analizar los hechos y las actitudes,  hacer propósito de enmienda y grabar en la propia mente lo vivido como una "guía de perplejos" a la que acudir en próximas ocasiones. Y seguir el consejo de Sócrates: "conoce al imbécil que hay en tí"

En el próximo artículo entraremos en harina y veremos el interesante y arrasador análisis de la estupidez como fenómeno mundial, humano, político, existencial, lógico y, como corolario, el porvenir de la estupidez y la defensa del intelectual (según Glucksmann).

FICHA

LAS  LEYES FUNDAMENTALES DE LA  ESTUPIDEZ HUMANA.- Carlo Cipolla.- Editorial Crítica-Trad. María Pons

 

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