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5 junio 2020 5 05 /06 /junio /2020 08:24

 

Leo una reflexión de uno de los más grandes pensadores del siglo XX, Walter Benjamín, un judío nacido en Berlín en 1892 y que se suicidó en Port Bou, en la gerundense frontera con Francia, porque temía que la policía española le entregara a los nazis o a los gendarmes franceses del régimen de Vichy, que viene a ser lo mismo. Benjamín escribió, refiriéndose a la situación precaria, carencial, amenazante e insegura en la que se vivía en esos años: “La tradición de los oprimidos nos enseña que la regla es el “estado de excepción” en que vivimos…no es en absoluto lógico el asombro de los que piensan de las cosas que estamos viviendo sean “todavía” posibles en este siglo”.

En mis reflexiones me ha dejado boquiabierto la oportunidad y justeza con la que esa frase muestra la situación de los pequeños municipios rurales, como el que tengo el supuesto placer de encabezar. El estado carencial económico, de servicios, de ayudas y una gestión administrativa obligatoria con más límites que posibilidades, que padecemos todos, nos ata las manos a los que queremos hacer algo que mejore la vida de nuestros vecinos y atraiga  la atención de posibles vecinos futuros. Y esto no es un “estado de excepción” sino una regla que se eterniza a través del tiempo, sobre todo desde que la mala gestión neoliberal nacional e internacional nos lleva a todos de crisis en crisis. Estamos bajo una norma impuesta, creo recordar en el 2012,  por el ministro Montoro, servidor fiel del señor Rajoy, de triste memoria (para la sanidad, trabajadores  y  jubilados)  y que trataba por una parte de evitar supuestos abusos o irregularidades financieras en los Ayuntamientos y por otra, veladamente, de preservar los ahorros de los pequeños municipios para tener una “hucha” a la que recurrir cuando vienen mal dadas que, con semejante gestión económica nacional, se podría esperar más temprano que tarde.

Sólo nos faltaba el clarín apocalíptico del Covid19, el mismo año que el Gloria nos demostraba, para advertirnos, que éramos muy  vulnerables y que no gozamos en absoluto de posibilidades técnicas y económicas para afrontar los eventos trágicos que indirectamente nos depara la estupidez proverbial del ciudadano derrochador y rapaz del siglo XXI.

Por lo tanto, el párrafo final de la cita de Benjamín me atañe a mí personalmente (no tengo datos de otros colegas), puesto que yo sigo asombrándome que en pleno siglo XXI sean “todavía” posibles las dificultades económico-administrativas a las que nos vemos  sometidos los pequeños Ayuntamientos rurales. El techo o regla de gasto, el PEF, las condiciones de financiación, los remanentes de tesorería,  las inversiones financieramente sostenibles que no computan en la regla de gastos pero que son difíciles de sustantivar,  toda esta jerga o galimatías técnico financiero en referencia a nuestro estado municipal de cuentas, solvente,  viable y sin deudas. Lo cual no permite ni siquiera la posibilidad de hacer un parque de ejercicios saludables para ancianos que no cuesta más de 10.000 euros. Eso crea un misterio, un arcano, un enigma para un tipo como yo,  que ha vivido de las letras y los libros, que superó las asignaturas financieras y de hacienda pública de la carrera con aprobado justito y se ha dedicado desde siempre a la filosofía y la literatura. Aún así opino que esas medidas deben o anularse o flexibilizarse y alargar el plazo de la regla a una legislatura (como en otros países de la UE) y no al plazo de un año.

Aún así, no puedo evitar que, ante el anuncio de que la DPT va  a destinar dos millones de euros a las “economías municipales”, o los 1.800.000 euros destinados a carreteras, mi mente cartesiana se empeñe en temer que mi pequeño pueblo va a seguir sujeto a la regla  “excepcional” de la que hablábamos al principio de esta jeremiada. Quizá tengamos la suerte de que la DPT arregle nuestra carretera de acceso, que es como la tela de Penélope: lo que arreglan tras meses de súplicas se estropea en una noche de tormenta; que se cumplan algunos de los modestos sueños de nuestro equipo municipal, como es del dotar a los ancianos de un terreno de ejercicios o arreglar algunas calles que parecen surgidas de una novela de Ramón J. Sender  y convertirlas en vías urbanas del siglo XXI. Incluso adecentar el pequeño cementerio que corona la colina al otro lado del pueblo y llegar a verlo como un camposanto coqueto y aseado…en fin,  los dioses ayudan a los que se empeñan en ser mejores. Esperemos.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

Independiente. Alcalde de Torre del Compte

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