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3 julio 2020 5 03 /07 /julio /2020 15:58

En psicología, uno de los índices diagnósticos que se analiza en ciertas estructuras de personalidades con características  poco o deficientemente equilibradas, es su mayor o menor tolerancia de la frustración. Es un problema complejo ya que sus elementos causales son muy variados y se les supone procedencias que tienen relación con la educación recibida, el trato familiar (de donde procede el infravalorado "aprendizaje vicario": la influencia ejemplarizadora de las creencias y comportamientos de la familia y el entorno en el individuo), la situación política del país donde vive el sujeto, las costumbres sociales, el nivel económico, la religión o la propia madurez psíquica e intelectual de la persona.

Por ejemplo a los niños menores de diez años con problemas de comportamiento  se les puede someter a un sencillo test nada invasivo: El psicólogo muestra al niño un tarro lleno de caramelos y le dice: "Puedes coger uno. Pero escucha, Si  ahora no coges ninguno  y esperas a que acabe esta entrevista y te vayas, te dejaré coger cuatro como regalo de despedida. Si coges uno ahora sólo tendrás ese."Muchos niños no pueden esperar y cogen el caramelo (y más tarde, al terminar la entrevista se enfadan porque el psicólogo no les permite coger ninguno más). Curiosamente muchos padres tampoco llevan bien el test, consideran que es una refinada muestra de sadismo y que todo eso no demuestra nada porque "los niños son niños, ya se sabe". La tolerancia a la frustración de un deseo que requiere inmediatez de gratificación, es uno de los indicativos psicológicos de una cierta madurez mental de comportamiento.

Admitir que nuestros deseos no siempre pueden tener una inmediata gratificación y que es preciso comprenderlo para no provocar consecuencias negativas no solo en nosotros sino en nuestro entorno, es lo que nuestros abuelos llamaban "lección de vida". La intolerancia a la frustración de nuestros deseos es un indicativo claro de que se trata de un individuo relacionalmente inmaduro y cuando es una característica sistémica en una sociedad  dada, es el síntoma flagrante de una defectuosa educación familiar y pública que puede afectar y afecta al país entero. La exigencia de un cortoplacismo permanente en nuestra satisfacciones, al precio que sea, pero siempre de la forma más inmediata posible sin tener en cuenta posibles circunstancias objetivas que lo desaconsejan, denota una sociedad en la que el beneficio propio y el precio han sustituido a la valoración intrínseca, a la razón y al bien común.

Si extrapolamos el esquema de la intolerancia a la frustración a algunos episodios ocurridos desde que se desató la pandemia llegaremos a una conclusión preocupante: vivimos en una sociedad con una cantidad asombrosa de personas que presentan claros síntomas de ese problema de percepción y de reflexión. Nos ceñiremos a una parte de esa masa, bastante universal, me temo, de la que sacamos a los niños y a los jóvenes hasta los veinte años, quizá porque en ellos esa intolerancia es más disculpable gracias a la educación y el ejemplo que han recibido de sus mayores y de los medios de distracción, tele, películas e internet. Pasemos a los que engrosan la supuesta edad adulta hasta los que rozan los setenta. Observen: desde los negacionistas a los que temían al virus, pero pasaban de confinamiento o de medidas sanitarias, la enorme cantidad de denuncias policiales contra la violación de tales medidas, y cuando se levantó el estado de alarma, la escapada multitudinaria del "todos fuera de casa" en unos  días en los que se han celebrado fiestas sin reparos, aglomeraciones en zonas de baños, protestas contra Ayuntamientos de pueblos invadidos porque no se han abierto las piscinas, absoluta dejadez en mantener las distancias físicas y en llevar adecuadamente las mascarillas. Y aún queda agosto y setiembre y la OMS se desgañita pidiendo prudencia.

A pesar de la interminable información que se facilita de los efectos catastróficos de la pandemia en el mundo, en España y en Aragón,  que prueba que no "hemos superado ya" el problema, esa gran masa contestataria considera que sería intolerable que se les prohibiera la inmediata gratificación de sus "derechos" a divertirse, relacionarse, bañarse o viajar y desparramarse en alegres grupos reivindicativos por una Naturaleza que estaba empezando a regenerarse. No parece inquietarles lo más mínimo que están favoreciendo la aparición de "rebrotes" que podrían llegar a provocar nuevos confinamientos (con letales consecuencias en las personas y también en la economía). Para esa masa no reflexiva, "ya han sufrido suficiente" con los meses de encierro obligado y "se merecen" desquitarse al precio que sea. Como el niño del test y sus padres, todo lo que evita eso es una prueba de sadismo innecesario. Enseñamos a los niños la intolerancia a la frustración y alimentamos una cadena que termina convirtiéndose en una conducta social "aceptable". Y los que no la siguen o la tratan de evitar, son de inmediato tildados de "fascistas", "alarmistas" o siervos de oscuras maquinaciones del poder político y el capital.

Unos poderes ocultos que son los culpables de "frustrar" las legítimas aspiraciones lúdico-recreativas de un personal engañado y explotado que padece los errores de un mundo siniestro que sólo vela por sus propios intereses. Y aquí se produce la paradoja:  los "intolerantes" a la frustración no soportan verse aleccionados por los "tolerantes" que tratan de devolver la "normalidad" al ciudadano a base de pedirles que sean prudentes, razonables y solidarios. Y si sacan la autoridad, ante la evidente indiferencia de esa gente a las normas, es que "vivimos en una dictadura". Por favor, el SARS-CoV-2 ha matado a más de medio millón de personas en el mundo y ha contagiado a más de diez millones. No es algo que no les concierne. Lo demás es una ridícula pataleta de niños mal educados.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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