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16 julio 2020 4 16 /07 /julio /2020 07:01

En 1882 el dramaturgo noruego Ibsen  estrena un nuevo y polémico drama: “Un enemigo del pueblo”. Antes había convulsionado a los públicos conservadores y victorianos de media Europa con “Espectros” o “Casa de muñecas”. El protagonista del “Enemigo…” es el Dr. Stockmann, un hombre vitalista, fuerte, de firmes convicciones que ejerce como jefe médico del balneario de la ciudad. Un mes antes de empezar la temporada de baños, en la que está cifrada todas las esperanzas económicas de la ciudad, el médico informa a las autoridades de que acaba de descubrir - y ha hecho confirmar por unos laboratorios de la capital- que las aguas del balneario están envenenadas por unos vertidos tóxicos y hay que cerrar el establecimiento y desviar los vertidos mefíticos para recuperar la bondad de esas aguas termales. Mantener el balneario abierto era más que una temeridad, era un crimen para los clientes del balneario. Cerrarlos y cambiar el sistema de tuberías y la fuente de procedencia, significa la ruina de algunos y el endeudamiento del pueblo.

A resultas de esa noticia todas las “fuerzas vivas” de la comunidad, encabezadas por el alcalde, celoso e infatuado hermano del doctor, el periódico local y los comerciantes y al final la población entera se unen en la repulsa al doctor al que nombran “el enemigo del pueblo”. ¿No les resulta familiar esa anécdota en estos tiempos de virus? La figura del martirizado profeta de la verdad, desde Sócrates, Jesús o el magnífico Jean de Florette de Marcel Pagnol, hasta el simbolismo -¡ay, tan reiterado! de “matar al mensajero”-, es una constante trágica de la recalcitrante estupidez humana en cuanto concierne al dinero,  el cargo funcionarial o político y la simple supervivencia que entra en liza con la rectitud de propósito, el altruismo, la honestidad o en suma eso tan devaluado que se llama ética. Dejando aparte las referencias teatrales o literarias, es obvio que  de un tiempo a esta parte, proliferan los “enemigos del pueblo”, no sólo en el escenario político sino en este guirigay que es la histérica e insultante vida pública española del momento.

Mientras el país tiembla ante una casi bíblica maldición de ruina empresarial, miseria familiar, desempleo y desconcierto e ineficiencia ante las ayudas europeas y sus destinos preferentes, nuestra clase política ignora los llamamientos a la unidad y, de espaldas a la historia,  dan un mísero espectáculo de garrotas y marionetas vociferantes mientras se arremeten unos a otros colocando el baldón de “enemigo del pueblo” a cualquiera que trate de insinuar algo con sentido común, una medida honesta aunque impopular (en un país ya bastante dominado por el populismo más vulgar, vandálico e inculto). ¿Qué mal virus agresivo ha inundado nuestros televisores, algunos periódicos y la enloquecida trama hipnótica de los móviles y su constante derroche de bulos y campañas de una simpleza siempre violenta? Vivimos los tiempos de las “fake news”, de las falacias ignorantes, de los falsos profetas, de los líderes irrazonables y soberbios. No sólo en España, este país siempre desgarrado por el símbolo goyesco y grotesco de dos energúmenos atizándose con garrotas, en el resto del mundo (donde se genera un abominable genocidio en los sectores más pobres y desdichados de esos países) se produce el mismo fenómeno: grandes masas de personas y sus gerifaltes califican de “enemigos del pueblo” a otras grandes masas y sus líderes que, a su vez, devuelven el cumplido con palabras muy semejantes. Al margen de ese  panorama de horrores hay una mayoría silenciosa y  amedrentada (en todos y cada uno de los países del planeta) que parece resignada a ser pasto de bárbaros o carne de cañón. Parece que haya más “enemigos” que “pueblo”. Pero no es así. El pueblo de verdad no quiere ver enemigos por doquier sino soluciones a los problemas, remedios a las necesidades, sentido común y honestidad en sus gobernantes.

Los llamados “enemigos del pueblo” (no los que en verdad lo son) tienen una tipología bastante semejante sin que importe su procedencia. Se  ha  corrompido el concepto pero su esencia es la misma que en el teatro o la literatura clásicas: toda persona que trabaja por el bien común antes que por sus propios intereses (pues sabe que si se extiende el bien-común, formará parte de él) rechaza el corto-placismo populista pues entiende que las cosas precisan un tiempo de trabajo y sazón para prosperar, comprende las limitaciones temporales y cree en el trabajo honesto y el esfuerzo de todos (separando de entrada a los aprovechados, los vagos y los tramposos)…en suma, para no extendernos, admiten el principio ético como motor universal de las relaciones humanas. –

ALBERTO DÍAZ RUEDA, escritor y periodista

 

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