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24 octubre 2020 6 24 /10 /octubre /2020 09:01

Ya sea por la vía de una cierta espiritualidad  liberada de aspectos religiosos o por la vía del empirismo científico y riguroso apoyado en técnicas y conocimientos que van desde la neurología avanzada a complejos estudios psicológicos empíricamente valorados, la dualidad sabiduría-conocimiento  muestra que ni estos elementos son semejantes, ni rivales, ni están confrontados. Son, en el mejor de los casos, complementarios. Puede haber sabiduría sin conocimientos librescos o científicos y puede haber conocimientos extensos sin un solo gramo de sabiduría auténtica. Una cosa no presupone la otra necesariamente. La historia de la ciencia, la filosofía, la literatura, muestra ejemplos de personas de gran erudición que han sido muy desdichados y han extendido en torno a sí esa desdicha y, al contrario, ejemplos, a veces anónimos, de personas dotadas de una sabiduría profunda, con escasos conocimientos técnicos o profesionales. Estas han vivido una existencia de bondad, servicio, generosidad y amor; ejemplos de un admirable equilibrio y fortaleza, incluso en condiciones salvajemente duras.

Para ilustrar la aparente dicotomía entre los considerados “sabios” y  los que “sólo” tienen amplios conocimientos de todo tipo, lean este libro que apuntan formas de superar el enigma: la obra de un conocido científico cuestionado por sus colegas a pesar de sus notables ideas,  Rupert Sheldrake, cuya “resonancia mórfica” fue uno de los principios de la “New Age” en la ciencia de hace unos años. El  controvertido biólogo provocó la ira de muchos científicos con su teoría de la “resonancia mórfica”, publicada en su libro A New Science of Life: The Hypothesis of Morphic Resonance ('Una nueva ciencia de la vida: la hipótesis de la resonancia mórfica'), en 1981.  En esencia venía a rechazar el esquema de un universo mecánico y abonar la existencia de una memoria colectiva dentro de las especies. Según este heterodoxo científico británico, existe un proceso de conexión no material llamado “resonancia mórfica” que propaga la memoria de la naturaleza y determina la evolución de las especies ya que  la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno aumenta proporcionalmente a su ocurrencia pasada”. Ejemplo: tiempo después de que las ratas de un laboratorio de Cambridge aprenden a escapar de un laberinto, las ratas de otro laboratorio de Nueva Delhi o Barcelona- sin ningún contacto entre ellas o entre los que las usan- escapan mucho más rápidamente de un laberinto similar.  Esa hipótesis es interesante pero vaga y falseable, dado que por el momento no ha sido demostrada de forma empírica, ya que los experimentos no se han podido reproducir.  Ya desde el principio le valió a Sheldrake ser calificado por una revista científica como “el mejor candidato a la hoguera que se ha visto en muchos años”. El mismo año  de la aparición del libro, la revista Nature publicó un editorial de John Maddox, su editor jefe, titulado ¿Un libro para quemar?, donde decía: " los argumentos de Sheldrake no son, en ningún sentido, argumentos científicos, sino un ejercicio de pseudociencia...".

Sin embargo, lejos de todo esto, pero tal vez imbuido por el mismo aliento  heterodoxo y experimental, Sheldrake, en su libro “Caminos para ir más allá” nos ofrece un manual de técnicas y sistemas para alcanzar estados alterados de conciencia con fines espirituales y de mejora personal. Se trata de un libro inspirador, serio y documentado, cuidadoso con las fronteras científicas. Útil para cualquiera que quiera lograr esa visión clara de lo real, simplemente de una forma peculiar de existir en la vida cotidiana, a través  de la práctica deportiva, la observación de los comportamientos de algunos animales o la contemplación de la naturaleza, el poder de la oración, la práctica del ayuno, los efectos de algunos psicodélicos, y, naturalmente, la generación de buenos hábitos para lograr ese difícil equilibrio de la vida plena. La utilidad de las siete prácticas espirituales analizadas no estriba en seguirlas para obtener beneficios en la salud o para ser más felices o tener más éxito, sino para conseguir sentir la “conexión” con una conciencia, un ser o una presencia superiores. “Incluso una experiencia breve de un estado de conexión gozosa -nos dice Sheldrake- puede bastar para cambiar el curso de la vida de alguien”. No se trata de establecer contactos con misteriosos seres espirituales fuera del mundo físico, sino que es el resultado de los efectos fisiológicos, químicos y físicos sobre el cuerpo y el cerebro causados por esas prácticas.

Y concluye: “En la medida en que todas esas prácticas espirituales pueden conducirnos a un mayor sentido de conexión con la totalidad … expanden nuestra conciencia de parentesco con otras personas, animales, plantas y árboles, ríos y océanos, rocas y tierra, con toda la Naturaleza. Y eso nos motiva para tener un comportamiento amable y  trabajar para un bien común, superior al individual".

Por lo tanto el "Ir más allá" de Sheldrake consiste en pasar a un estado superior de consciencia, a un lugar donde es posible percibir una mayor comprensión, amor y conexión con lo y los que nos rodean, donde quizá podamos encontrar el significado de la vida. Sheldrake investiga por qué funcionan esas antiguas disciplinas espirituales y físicas, en qué forma interactúan con nuestro cerebro provocando en algunos casos formas expandidas de consciencia. Interesante, incluso para un escéptico como yo.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

CAMINOS PARA IR MÁS ALLÁ.- Rupert Sheldrake.- Ed. Kairós. Trad. Vicente Merlo. 418 págs

 

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