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2 octubre 2020 5 02 /10 /octubre /2020 11:49

(Texto publicado el 021020 en La Comarca)

Las “marabuntas” son agresivas colonias de hormigas depredadoras existentes en algunos países de África y en Sudamérica. Les llaman hormigas guerreras o legionarias y arrasan territorios enteros, devastando la pequeña fauna y la vegetación por donde pasan, en columnas de 20 metros de ancho por 200 metros de largo. En los años 50 se hizo popular una película norteamericana dirigida por  Byron Haskin y protagonizada por Charlton Heston y Eleanor Parker. Es España se tituló “Cuando ruge la marabunta” (“The naked jungle”, “La selva desnuda” en inglés) en la que la marabunta se convertía en un exagerado flagelo letal incluso para grandes mamíferos y personas.

Ustedes me permitirán la broma, también exagerada, de comparar las tropelías devastadoras de la marabunta con ciertas actitudes, abusos, excesos, incivismo, mala educación o simples gamberradas -seguramente etílicas o anfetamínicas- del tropel veraniego que ha invadido nuestros pueblos, impulsados por las circunstancias (encabezadas por el Covid y en contra de las recomendaciones de las autoridades de las provincias de origen de los turistas).

Las últimas fiestas y “puentes” han sido un triunfo de la necesidad de desplazamiento tras la reclusión, inconsciencia y covidiotismo de cientos  de miles de personas que se han expandido por el mundo rural y el de montaña hasta límites notables incluso comparándolos con tiempos de normalidad sanitaria y económica. Entendámonos: creemos firmemente en el derecho de los ciudadanos a buscarse sus momentos de diversión, deporte, nomadismo, relajación o socialización fuera de su lugar habitual. Con dificultades para salir a otros países más exóticos y con el añadido de las penurias económicas, la gente ha decidido hormiguear por lugares más o menos cercanos, más económicos y poco poblados (hasta que llegaron ellos, naturalmente). Los aborígenes rurales y montañeses, encantados de entrada (algunos). Las pernoctaciones y alquileres o casas rurales han estado a tope. Los bares y restaurantes hicieron su agosto en setiembre. Los senderos superpoblados y arrasados por motos y bicis de montaña y ristras de mochileros protestando de tanta rueda y ruido. Las cumbres modestas y las más orgullosas han sufrido hasta colas de espera (vi una foto descorazonadora de la cruz del Aneto a rebosar de “selfies” y posados grupales).

Por las noches, hasta en los pueblos más pequeños y a pesar de las órdenes de alejamientos y mascarillas en vigor, los botellones, francachelas y escandaleras han estado en plena vigencia transgresora. Botellas vacías (y rotas), vasos de plásticos y otros residuos han constituido la pesadilla y el rosario de malas palabras de los pobres peones y alguaciles de los Ayuntamientos. Moblaje urbano destrozado, pintadas de lo más “divertido”, automóviles aparcados a la buena de Dios, vomiteras en algunas esquinas, gritos estentóreos en la noche donde sólo se escuchaba algún búho o lechuza, cantos “patrióticos” o coplas libidinosas durante la “sana” diversión nocturna importada.

Me dirán ustedes que eso no ha sido la tónica general. Que muchos de los que han buscado refugio estival en los pueblos son personas que tienen en ellos su segunda residencia, otros son amigos o familiares de los propios lugareños. En fin, que exagero un montón. ¿De veras? Den un repasito a los periódicos locales, comarcales o provinciales. Aún así, admitamos que la cosa no ha sido tan grave y que ha compensado un poco el desbarajuste económico del confinamiento. Muy bien. A cambio déjenme hacerles una propuesta discreta: Convengamos que el Aragón vaciado no es un cubo de residuos donde puede venir quien quiera a cambiar sus óbolos turísticos por cosas inconvenientes que nos afectan y desmerecen nuestro territorio. Lo que no se tolera –o se multa- en las ciudades, en nuestros pueblos queda impune. Como dijo en un semanario de la comarca un destacado político amigo mío: “si masificamos el territorio, deterioraremos los espacios y degradaremos nuestras pequeñas joyas”. ¿Por qué no regalamos  a los visitantes ocasionales o “residentes” un decálogo de buena vecindad, de educación cívica, en el que les rogamos que nos ayuden a conservar, mantener y mejorar los lugares y monumentos naturales que vienen a admirar y respeten a los que vivimos todo el año aquí y trabajamos para hacer esa labor y, en consecuencia volverles más fructífera su estancia?  ¿Es mucho pedir? ¿O prefieren dejar nuestro Aragón milenario convertido en un páramo arrasado como por el paso de la marabunta?

ALBERTO DÍAZ RUEDA

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