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31 octubre 2020 6 31 /10 /octubre /2020 10:34

Este mes vamos a adentrarnos en uno de los más interesantes asuntos que competen a la inteligencia humana: la dialéctica que se establece entre el amor al conocimiento y la aspiración a la sabiduría. Una cuestión compleja y enigmática,  donde las  suposiciones y las inferencias no resuelven el problema. Y que, para ciertas mentes resulta ser algo sencillo y evidente, como para el poeta T.S. Eliott o el medieval Maestro Eckart. En todo caso ha desafiado a las más notables inteligencias que han existido desde las épocas más remotas: de Sócrates a Buda, de Platón a Wittgenstein, de Pirrón a Montaigne, de Einstein a Aristóteles, de Epicuro a Marx, de Spinoza a Santo Tomás y San Agustín, de Leibniz a Nietzsche, de Kant a Pitágoras,  de Kierkegaard a Freud, de  Descartes a Maquiavelo, de Pascal a Russell… y, en el otro lado del espectro, en el lugar de lo cotidiano, de usted, lector o lectora, a mí, el que medita estas líneas e intenta que logremos clarificar la equívoca relación entre sabiduría o conocimiento. Es el reto a muchas inteligencias, que el citado T.S. Eliott supo sintetizar de forma inolvidable: “De prisa, aquí, ahora, siempre/ una condición de sencillez absoluta/ (lo que cuesta es nada menos que todo)/Y todo irá bien/ y todo género de cosas saldrá bien”.

Por un lado las religiones instituidas, por el otro, el misticismo y su hermano pobre el “espiritualismo” que renace popularmente en los sesenta del pasado siglo y se ha mantenido a base de best sellers de gurús o falsos profetas y de técnicas psico-físicas avaladas, ahora ya, por las Universidades (de una forma empírica y científica, que todo hay que decirlo), la moda de los rentables libros llamados redundantemente de “auto-ayuda” y la poderosa mafia cultural de los masters, cursillos y retiros de todo tipo, valía y condición (bastante de ellos bienintencionados y  documentados) dan las pruebas irrefutables de una realidad sociocultural: una parte considerable de la  Humanidad ha rebasado la infancia psíquica y está empezando a cuestionarse un sistema de vida aparentemente satisfactorio pero que les deja vacíos por dentro (en el mal sentido), inmotivados, desorientados e infelices. A ese vacío responde la venerable tendencia de la búsqueda racional-intuitiva de la que hablamos.

Ya sea por la vía de una cierta espiritualidad  liberada de aspectos místicos o religiosos o por la vía del empirismo científico y riguroso apoyado en técnicas y conocimientos  que van desde la neurología más avanzada a estudios psicológicos de gran profundidad y debidamente contrastados, la dicotomía sabiduría-conocimiento comienza a mostrar su verdadera faz: ni son semejantes, ni son rivales, ni están separadas radicalmente. Son, en el mejor de los casos, complementarios. Puede haber sabiduría sin conocimientos librescos o científicos y puede haber conocimientos extensos sin un solo gramo de sabiduría auténtica. Una cosa no presupone la otra necesariamente. La historia de la ciencia, la filosofía, la literatura, está llena de ejemplos de personas con enormes conocimientos que han sido infelices hasta el suicidio y han  extendido en torno de ellos la desdicha y, al contrario, ejemplos casi nunca públicos de personas dotadas de una sabiduría profunda –y escasos conocimientos técnicos o profesionales- que han pasado por la vida ayudando y tratando de satisfacer a los demás y han dado ejemplo personal de profundo equilibrio personal incluso en las condiciones más salvajemente duras.

Para ilustrar el aparente misterio entre la existencia de personas que poseen sabiduría y  los que sólo tienen amplios conocimientos, ofrezco al lector dos libros que ejemplifican en cierta forma dos maneras de superar el enigma: la obra de un reconocido científico convertido más o menos en poeta de la naturaleza (cuestionado por la grey científica por eso mismo, a pesar de sus notables ideas) Rupert Sheldrake, cuya “resonancia mórfica” fue uno de los principios básicos de la “New Age” en la ciencia de hace unos años. Y a su lado, a un psiquiatra que aplica criterios científicos a toda una serie de técnicas milenarias espirituales, desde el Vedanta al Zen o a la réplica moderna de éstas, estructurada en la técnica del Mindfulness, el profesor de la Universidad de Zaragoza, Javier García Campayo. Ambos libros editados por Kairós, la editorial icónica en esta temática desde los años 60 del pasado siglo.

García Campayo hace un notable trabajo en torno a la deconstrucción del yo, una teoría que aprovecha ciertas cualidades de la mente (metacognición, descentramiento y no apego) que suelen ser objetivos de disciplinas espirituales de la calidad del zen, el budismo tibetano, la filosofía greco-latina o el taoísmo, sumados a técnicas empíricas como el mindfulness y sus ramas especializadas en reducción del stress, terapia cognitiva o dialéctico conductual. Basada en la no dualidad entre el sujeto y el objeto, el yo y los otros, el uso del término “deconstrucción” me alarmó en principio debido a sus connotaciones lingüísticas y psicoanalíticas que propiciaron una avalancha de teorías disidentes y rebuscada terminología en el tercer tercio del pasado siglo. Cosa que propició algunos sonados disparates y desconcierto al común de los lectores. En las venerables técnicas de búsqueda de la vacuidad en las que se basa, por ejemplo, el zen (es la que conozco mejor) suele haber una advertencia “en letra pequeña”: antes de desestructurar el yo, debes asegurarte de tener un yo estructurado de una forma correcta. Es un trabajo que se hace “después” de haber alcanzado un equilibrio psíquico en el que el yo forma parte.

Afortunadamente el profesor  García Campayo tiene en cuenta  ese problema metodológico y en las numerosas “prácticas” que va recomendando según avanza el libro, resulta obvio que propone medidas progresivas y una gran cautela en el enorme trabajo a realizar. Nos recuerda en algún momento la frase de Suzuki Roshi “Nada de lo que está fuera de vosotros puede causaros ningún problema. Solo tú eres quien genera los movimientos de la mente hacia el sufrimiento o la aceptación”. Así que es esa mente la que hay que vaciar previamente de todos sus contenidos, que son los que configuran el “yo” que hemos de “deconstruir”. Y lo hace recomendando, “No mezcles la mente con pensamientos, emociones o sensaciones. Intenta sentir qué es lo que realmente eres”.

Excede la capacidad de este artículo enfatizar la enorme información que el autor nos facilita sobre todos los movimientos, técnicas y disciplinas que se ocupan de la no dualidad y la vacuidad. Pero deseo destacar la voluntad de hacerlos comprensibles y de proporcionar al lector métodos y medios para entrar en ese difícil camino de equilibrio psíquico y espiritual que preconiza. En esencia, el autor nos viene a decir: no importan los medios o vehículos que utilices, su conocimiento no te llevará a la verdad, pero su práctica en algún momento sincronizará con ella. Y una vez cruzado el río hacia la sabiduría, la balsa o canoa utilizada puedes dejarla en la otra orilla.

El segundo libro que les recomiendo es un ejemplo del “otro camino” hacia la sabiduría a través del conocimiento. Se debe al controvertido biólogo Rupert Sheldrake que provocó sarpullidos a muchos científicos con su teoría de la “resonancia mórfica”. En esencia venía a decir que “la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno aumenta proporcionalmente a su ocurrencia pasada”. Después de que las ratas de un laboratorio de Cambridge aprenden a escapar de un laberinto, las ratas de otro laboratorio de Nueva Delhi o Barcelona escapan mucho más rápidamente de un laberinto similar.  Se debe a esa “resonancia mórfica”: formas y conductas de organismos pasados influyen sobre organismos presentes.  Para Sheldrake las regularidades de la naturaleza son más hábitos que leyes inmutables. Esa hipótesis le valió a Sheldrake ser calificado por una revista científica de primer orden como “el mejor candidato a la hoguera que se ha visto en muchos años”.

Pero a pesar de su talante anti ortodoxo y rebelde a algunos paradigmas de la ciencia actual, Sheldrake, o tal vez por eso mismo, nos brinda en si libro en su “Caminos para ir más allá” un manual de técnicas y sistemas para alcanzar estado alterados de conciencia con fines espirituales y de mejora personal. Aquí se supera ampliamente la banalidad de la simple autoayuda para  convertirse en un documento inspirador, serio y documentado, de sumo interés para cualquiera que quiera lograr esa visión clara de lo real, a través de la vida cotidiana, de la práctica deportiva, la observación de los comportamientos de algunos animales (¿se le ha ocurrido a usted observar cómo se comporta su gato, su atención focalizada, su perfecta relajación, sus reacciones súbitas y eficientes de una rapidez instantánea?),  o la contemplación de la naturaleza, el poder de la oración, la práctica del ayuno, los psicodélicos, y, naturalmente, fiel a sus principios científicos, la utilidad esencial de generar buenos hábitos para lograr ese difícil equilibrio de la vida plena. La utilidad de las siete prácticas espirituales analizadas por el autor (en otro libro suyo había analizado otras siete relacionadas directamente con la ciencia) no estriba en seguirlas para obtener los beneficios que producen en la salud o para llegar a ser más felices o tener más éxito, sino para lograr sentir una conexión con una conciencia, un ser o una presencia superiores. “Incluso una experiencia breve de un estado de conexión gozosa -nos dice Sheldrake- puede bastar para cambiar el curso de la vida de alguien”. Y nos advierte, no se trata de establecer contactos con misteriosos seres espirituales fuera del mundo físico, sino que es el resultado de los efectos fisiológicos, químicos y físicos sobre el cuerpo y el cerebro causados por esas prácticas.

Y concluye: “En la medida en que todas esas prácticas espirituales pueden conducirnos a un mayor sentido de conexión con la totalidad o el Todo, o el amor de Dios, expanden nuestra conciencia de parentesco con otras personas, otros animales, plantas y árboles, ríos y océanos, rocas y tierra, con toda la Naturaleza. Y eso nos impulsa y motiva para comportarnos de manera más amable y a vivir y trabajar para un bien común, mayor que el nuestro individual. “. Y esto, se llama sabiduría a través del conocimiento.

ALBERTO DÍAZ RUEDA

 

FICHAS

VACUIDAD Y NO-DUALIDAD.- Javier García Campayo.- Ed. Kairós.- 499 págs.

CAMINOS PARA IR MÁS ALLÁ.- Rupert Sheldrake.- Ed. Kairós. Trad. Vicente Merlo. 418 págs.

 

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