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30 julio 2011 6 30 /07 /julio /2011 09:00

200px-Jorgeluisborges1.jpgEl 14 de junio de 1986, en Ginebra (para evitar que el Estado argentino convirtiera sus exequias en fiesta nacional) moría de un cáncer devastador y fulminante Jorge Luís Borges, supongo que al menos un poco satisfecho (dada su conocido sentido surrealista del humor)  porque igualaba con su edad, 86 años, los últimos guarismos del siglo que le vio nacer.

Cincuenta y cuatro obras publicadas, una fama –justificada- de ser un divo de la literatura, a la manera desafiante que Dalí o Picasso lo fueron en la pintura, un estilo provocador y sumamente inteligente, Borges constituyó en sí mismo todo un planeta singular cuyos territorios aún guardan confines remotos y apenas hollados, las fronteras están por definir y faltan los cosmógrafos  que dibujen el mapa completo de su obra.

Pero por otro lado hay un “complejo Borges”. El de haber sido un escritor poco visitado literariamente, excepto en media docena de sus libros más populares y el de haber sido escasamente comprendido (aunque es citado y copiado como si fuera uno de los clásicos que como Pascal, Cervantes o Shakespeare constituyen el supermercado de ideas de escritores, ensayistas y demás grey, con la salvedad de que raramente se le  reconoce la influencia o el préstamo).

Pero Borges requiere una lectura generosa y una reivindicación constante. Aprovechemos este aniversario luctuoso, no para enterrarle una vez más tras los panegíricos de rigor, sino para hacer llamamientos populares a su lectura. Desafío cordialmente al lector de estas líneas a que lea uno solo de sus libros, “El Aleph”, “El libro de arena”, “Ficciones”, “Inquisiciones” o algún otro, y declare con sinceridad si no se ha sentido fascinado por la hipnótica prosa de este escritor. Que no busque claridad de género, Borges mezclaba, borraba fronteras, redactaba cuentos que eran ensayos y ensayos que se tornaban poemas, pero todo lo que surgía de su pluma despierta el interés, la admiración o una fascinada polémica con el autor. Su ingenio corrosivo sembrado en su obra muestra que su pretendida animadversión hacia los clásicos castellanos –decía que habia leido el Quijote por primera vez en una traducción al inglés--era una postura provocadora, que uno encuentra también en Quevedo o Gracián (prueba de ello es que uno de los relatos más jocosamente pro cervantinos, es el conocido “Pierre Menard, autor del Quijote”) .

Lejos de él todo tipo de moralina o de mensaje, el lector desafiado puede estar tranquilo, Borges es literatura pura. Por eso escribió de sí mismo:  “No soy pensador ni moralista, sino simplemente un hombre de letras que convierte sus propias perplejidades y el respetable  sistema de perplejidades que llamamos filosofía, en formas de literatura”.

En su obra hay constantes referencias  a la mitología, coqueteos con la cábala,  guiños con el material y el estilo de Stevenson y Whitman, sus mentores literarios, muestras de su punzante ironía, ejercicio de un individualismo feroz al servicio de  un lenguaje ajustado, sugerente, fantasioso, poético, de una lucidez  sin compromisos. Esto es Borges. Hay que olvidar sus desafortunados y poco entendidos coqueteos políticos, corramos un tupido velo sobre ciertas hirientes  y políticamente incorrectas declaraciones, o analizarlas bajo la óptica de uno de sus escritores predilectos, Jonathan Swift , el de “Los viajes de Gulliver”, una crítica feroz contra la política, la sociedad, la inmoralidad y los abusos de la naturaleza humana, disfrazada de cuento infantil. Hay muchos Borges en Borges y  a veces alguno de ellos utilizaba máscaras poco convenientes. Quedémonos con los Borges literarios. Después de eso, solo me queda decir:

En resumen, lean a Borges. Es un consejo terapéutico para estos desnortados tiempos.

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