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4 agosto 2013 7 04 /08 /agosto /2013 07:33

Tiene 82 años y esa opacidad en la mirada que habla de cataratas incipientes, desánimo vital, falta de perspectivas, ahogo de ilusiones. Cada nuevo día se contempla como una carga o un desafío de final incierto. Acaba de salir del hospital donde un enfisema le tuvo postrado, quizá barruntando que llegaba el final. Me llamaron los de la empresa municipal de atención a los ancianos que viven solos. La alarma permanente no había sido activada y no contestaba nadie al teléfono. Tampoco contestaba el de su hija. La otra persona apuntada en la lista de emergencias era yo. Al final lograron conectar con él. Había estado hospitalizado y se olvidó de avisar a la empresa. Hacía meses que no nos habíamos visto. Es el padre de una amiga. La relación con la amiga fue deshojándose como una margarita hasta quedar en un leve tronco sin interés que ambos olvidamos entre las páginas del pasado, como esas flores reducidas a una especie de grabado japonés en relieve, prensadas durante años entre las páginas de un libro. Pero la amistad con F. y su esposa se mantuvo, espoleada por una simpatía mutua, un afecto y un cariño cimentado en charlas amables, detalles de consideración y trato especial por ambas partes y ese respeto y comprensión hacia la persona en sí que constituye la urdimbre que da solidez a la amistad. 

Esta tarde he ido a su piso a verle. Me ha abierto él la puerta y me he sentido sobrecogido. En unos meses, el deterioro físico es notable. La viveza de la mirada, la voz firme, el movimiento más pausado pero aún vigoroso del hombre al que acompañé en mayo pasado a visitar a su esposa, internada en una residencia geriátrica, habían desaparecido. Me sonreía un hombre casi desconocido, un anciano medio vencido ya por los años y los achaques, con el rostro afilado y consumido, la mirada vidriosa y un caminar lento, indeciso, como dolorido. "Dios, qué gran bellaco es ese flagelador de cuerpos y almas que se llama tiempo", pensé. Durante una hora y pico hicimos repaso de lo ocurrido, del ayer inmediato y de la nostalgia de lo remoto. Nos reimos de ciertas anécdotas que vivimos cercanamente, añoramos le presencia de su esposa y nos quedamos en silencio, sonriéndonos y mirándonos uno a otro con esa paz serena que sólo existe entre amigos de verdad. "Creo que eres el último amigo que me queda", me dijo con un hilo de voz. Lo importante no es ser el primero o el último, dije yo. Hay un punto en el que el afecto y la incondicionalidad pasa por encima de cualquier orden numeral o de prelación. Solo importa la cualidad especialísima de la relación humana que calificamos de "amigo", tan difícil y laboriosa de conseguir. Y nosotros tenemos esa cualidad el uno para el otro. Y vivirá tanto como vivamos cada uno. Sin merma.

Cuando me despedí de F. nos abrazamos. Es un hombre muy entero, hábil en disfrazar sus emociones con un humor seco y noble. Hoy, evitó la mirada directa en el adios. A ambos nos molestó una repentina picazón en los ojos.

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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