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1 diciembre 2011 4 01 /12 /diciembre /2011 09:11

 

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Si tuviera que establecer un "canon" de la mejor novela del siglo pasado, dudaría hasta el colapso entre "En busca del tiempo perdido" de Proust (que son siete libros), "Bajo el volcán" de Malcolm Lowry, "El ruido y la furia" de William Faulkner, "Ulises" de James Joyce y "El cuarteto de Alejandría" de Lawrence Durrell.

El "Cuarteto", tetralogía formada por las novelas, "Justine", "Mountoulive", "Clea" y "Balthazar" es, sin dudarlo, una de las cumbres de la novela inglesa de todos los tiempos. Está basada en las vidas de cuatro personajes durante el tiempo en que viven, sufren y aman en una ciudad mediterránea mítica, Alejandría, patria de  la ahora popular Hipatia (vean la película de Amenabar "Agora"), sede de la  mayor biblioteca de la antiguedad, 400.000 volúmenes en el 250 antes de Cristo, caldo de cultivo de filósofos y místicos (neopitagóricos, neoplatónicos, gnósticos, musulmanes y cristianos) desde Teócrito y Euclides a Plotino. Sin olvidar por supuesto a los intensos amores de Antonio y Cleopatra. Símbolo del fin del mundo antiguo con dos hechos históricos que tuvieron lugar bajo su cielo: la destrución de la Biblioteca por el musulmán Omar y el asesinato de Hipatia por los cristianos.

En una ciudad como esa, crisol de historia, cultura y belleza, entre los primeros años del siglo XX y los de su mitad, hubo una confluencia literaria de alto nivel: el escritor inglés E.M. Forster (autor de novelas tan magníficas como "Habitación con vistas", "Maurice", "El viaje más largo", "Pasaje a la India"), el poeta  griego naturalizado alejandrino Constantin Kavafis (¿Quién no conoce su "Viaje a Itaca"?) y más adelantado el siglo el mismísimo Durrell que, de alguna manera, dio el espaldarazo literario a la ciudad acogiendo en sus cuatro novelas a trasuntos de Kavafis o de Forster, de las religiones y filosofías que coexistían en la ciudad, de sus gentes y de su ambiente.

Para hacerse una cabal idea de lo que fue Alejandría, la del arco que oscila entre la primera guerra mundial y la segunda, amen de la decadencia generalizada que la ha convertido en una sombra de sí misma a partir de los años 50 hasta nuestros días, aconsejo el libro de Jane Lagoudis Pinchin "Alejandría:Kavafis, Forster y Durrell" (editado por la editorial granadina Almed).

Tras la lectura de este libro ni siquiera el más refractario de los lectores podrá resistir a la tentación de pasarse por cualquier librería bien dotada e invertir unos pocos euros en la adquisición de un ejemplar de los poemas de Kavafis (La  "Poesía completa" editada por Hiperión, no vale más de 15 euros) y otro día alguno de los libros de E.M Forster que ha editado Seix Barral (entre ellos su "Alejandria") y para coronar el placer lector, la edición completa del "Cuarteto" de Durrell (o alguno de sus volúmenes por separado) publicada por Edhasa en bolsillo y que apenas llegan a los diez euros cada uno. Parodiando el célebre comienzo del poema de Kavafis sobre Itaca, podríamos decir "Cuando partas hacia Alejandría (Itaca)//  pide que tu camino sea largo // y rico en aventuras y conocimiento".

El libro de Lagoudis analiza desde todos los puntos de vista la mitica (y mistica) ciudad egipcia, sus paisajes, su historia, sus anecdotas, su espíritu en suma. Y en ese viaje por sus páginas uno va encontrando a los tres escritores citados, adquiriendo familiaridad con las personas que fueron, la época convulsa que vivieron y la enorme seducción que la ciudad adquirió para ellos, así como la riquísima influencia que cada uno de ellos tuvo sobre los otros (exceptuando por razones biograficas a Kavafis y Durrell, ya que cuando éste llegó a Alejandría, el poeta ya llevaba algunos años muerto, aunque su influencia y su presencia aun estaba viva y llena de energía en las gentes que le conocieron).

Hace unos años busqué en la ciudad egipcia algo de su espíritu, quizá la fantasmal sombra de esos tres grandes escritores a los que tanto admiro. Paseé por la Corniche, junto al viejo puerto y el azul mediterráneo, tomé un té perfumado en el café Al Togariya, donde lo único literario que había eran dos o tres turistas ingleses o americanos con aspecto ensimismado leyendo y escribiendo en sus libretas "Moleskine" toda la nostalgia imposible que evoca la ciudad. Visité las obras de la nueva Biblioteca de Alejandría (alzada en recuerdo de la mítica). Fue inaugurada en el 2002 y yo paseé la ciudad en los noventa y, ciertamente, no había nada que me recordara mis lecturas, excepto la decadencia generalizada, una cierta suciedad que va ganando en presencia conforme uno se aleja del centro, ruido incesante, una aturdidora mezcla de motores, bocinas, timbrazos, radios a toda marcha con canciones pop, música árabe o empalagosas tonadas egipcias de amor, gritos, golpes, frenazos y altoparlantes con consignas (habia unas elecciones municipales en marcha). A mi alrededor esa continua turbamulta de alejandrinos, copia exacta de las multitudes paseantes, holgazanas, curiosas y raramente precipitadas que confluyen en los paseos y avenidas de cualquier gran ciudad arabe al filo del mediodia. Pero esas gentes  ya no sugerían tolerancia y respeto sino una agresiva indiferencia  cuando no una declarada hostilidad ante el extranjero (en una ciudad cosmopolita que fue la reina del cruce de culturas). Sólo permanece el mar como simbolo de identidad de la ciudad, volcada hacia el Mediterráneo, aunque ahora con ese algo cutre aspecto de patio trasero que muchas ciudades arabes dan a sus puertos y playas.

Rendi visita al Hotel Cecil, elevado al paraíso de los hoteles literarios gracias a Durrell y a Agatha Christie, aunque ahora vive penosamente de las viejas glorias y turistas ávidos de literatura. Pero cuando dejé Alejandría, muy decepcionado, y recorría por última vez en un taxi los parajes cercanos tan vivos en las páginas de "Justine" o de "Mountoulive", sentí de pronto una extraña desazón, como una nostalgia que procedía más de aire y la luz de la ciudad que de su pasado, de sus olores encontrados, ásperos, dulces y decadentes, una especie de corrompida grandeza hacia la que uno se siente atraido y rechazado al mismo tiempo. Así entendí la fascinación que produjo entre esos tres espíritus sensibles, cultos y creativos,  " sabios, irónicos y hedonistas" como les calificó el novelista  Nikos Kazantzakis ("Zorba, el griego", "Cristo de nuevo sacrificado") y de alguna forma me reconcilié con Alejandría. El libro de Jane Lagoudis me ha devuelto aquéllas sensaciones.

 

FICHA: "Alejandría, Cavafis, Forster y Durrell", Jane Lagoudis Pinchin.- Editorial Almed. Granada. 306 páginas.

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