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23 enero 2013 3 23 /01 /enero /2013 15:50

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Del amor y de la muerte. Dos temas, a veces entrelazados y si no que se lo pregunten a Freud. En "Amor", del austriaco Michael Haneke, Palma de oro de 2012 en Cannes, esos dos elementos tan humanos, demasiado humanos, están presentes en todo un metraje que nos relata una historia brutal y sórdida, la de dos octogenarios, marido y mujer, pertenecientes a la alta burguesía cultural francesa, ella profesora de piano, a los que una enfermedad imprevista y demoledora destroza el epílogo de una vida cultivada y razonablemente feliz. El autor de "La pianista" --otro desasosegante relato de sexo y degradación, contrapunteado también por la música-- y de "La cinta blanca" (que obtuvo otra Palma de Oro en 2009), nos habla de los límites y efectos de la decadencia de la edad en las personas, de los efectos de la enfermedad en los sentimientos, de la soledad de los ancianos, de la inicua y dolorosa falta de empatía de los hijos (la hija, interpretada por Isabelle Hupert, es un prodigio de frialdad y egoísmo) de la lucha cotidiana del anciano por ayudar y acompañar a su esposa, cada vez más reducida a un triste ser incapacitado y dolorido.

El mayor acierto de Haneke consiste en haber confiado los difíciles papeles de esos dos ancianos llenos de complicidad, respeto y amor, a Jean Louis Trintignant (82 años)¿lo recuerdan en "La escapada" de Dino Rossi, en los años 60, o en "Z" de Costa Gavras? y a la gran Emmanuelle Riva, con 86 años, en un  papel admirable por su crudeza y su dramatismo (Si han visto en la tele o en cinematecas aquella película extraordinaria "Hiroshima mon amour", la reconocerán cincuenta años más joven).

La película está rodada con estilo clásico, sin innovaciones, atenta a los gestos, miradas y diálogo de dos ancianos inteligentes y cultos que comparten el final de su vida, hasta que un accidente vascular cerebral aparece y ataca sin misericordia a la mujer. A partir de ese punto comienza un via crucis en el que el marido, Georges, va intentando superar las dificultades cotidianas que le provoca el cuidado de una enferma cada vez más discapacitada sin apenas ayuda, con una hija intrusiva más atenta a sus problemas personales que a los de sus padres y la ayuda pagada de cuidadoras que nos siempre están a la altura humana que se les exige para ese trabajo.

La importancia de esta película, que trata de evitar el tono de denuncia o el de documental de tema médico, se comprueba en el propio ánimo del espectador que se ve, pese a la dureza de muchas secuencias, atrapado hipnóticamente por el desarrollo de la historia, cuyo final es tan previsible como lamentable. Y que, prueba de oro, seguramente tardará en olvidar, si lo llega a olvidar alguna vez.

Las confidencias entre los dos ancianos en la primera parte de la película resulta sumamente conmovedora sin llegar a desbordarse en sentimentalismo. Todo ese mensaje de amor está contenido en la mirada afectuosa y amable de Trintignant o en el desamparo desolado de la Riva. El pulso de la vida de esas dos personas en sus últimos latidos llena de angustia y asombro al espectador, que asiste conmovido y turbado, a un recital de humanidad, de dolor y de amor profundo sometido a una prueba de entereza inhumana...y triunfante a pesar de la implacable crueldad del final.

Una cámara lenta, minuciosa en los detalles, acompañada de una banda sonora sensible, emotiva y profunda, excelente edición y dirección artísticas, y un movimiento calmo y magistral en las secuencias, fiado todo ello de la maestría mágica de los tres grandes actores en estado de gracia, de sus miradas y sus silencios, de sus diálogos a media voz.

Haneke nos obliga a abrir los ojos ante una puesta en escena sórdida, densa, pero al mismo tiempo clara, sencilla. Todo se desarrolla practicamente en el piso burgués que la pareja posee en París. No hay ninguna concesión, ninguna comodidad en las desoladas secuencias que se nos ofrecen. Pero sí hay una llamada intensa a los sentimientos y a las emociones más íntimas. Se podría pensar que el título, "Amor" es sarcástico, irónico. No es así. Hay amor profundo en la mirada de Trintignant, hay cariño incondicional en las manos de Emmanuelle acariciando las de su esposo, tras un episodio desagradble provocado por la enfermedad.

En toda la película no se menciona la palabra "Amor". No se trata de contarnos una historia de dulce y tópico amor otoñal. Sino las manifestaciones de un  amor profundo que no se parecen en nada a las tópicos. Que entraña la entrega sin condiciones y sin reserva de una persona a otra, en lo bueno y sobre todo en los malos y duros momentos de la enfermedad y la muerte. Hay, para terminar, una enorme dignidad en ese anciano que sueña o alucina con la imagen de su esposa, sana y activa, que le invita a partir. Y una entereza envidiable en los ultimos momentos de lucidez de ella compartiendo la descripción que su marido hace del entierro de uno de sus mejores amigos: nuestro tiempo ha pasado, parece sugerir la película. "Quizá no vale la pena vivir en un mundo tan diferente". El deterioro fisico, psicológico, biológico y emocional de la mujer amada, se refleja en una secuencia capital que no les contaré pero que reconocerán si van, como les recomiendo, a ver esta película incómoda que nos habla de que hay cierta esperanza para un género, el humano, capaz de reflejar sentimientos de delicadeza, respeto y amor en época de zozobras y de ruina.

 

 

 

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