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5 diciembre 2010 7 05 /12 /diciembre /2010 12:23

Sócrates tenía a Xantipa, Nietzche a la Lou Andreas Salomé, Tolstoi a Sofía, Goethe a Alma y yo, a Anna. No es que un servidor esté a la altura de los genios antedichos, pero no me cabe la menor duda de que Anna, mi segunda mitad, no tiene nada que envidiar  a las mencionadas, con algunos detalles a su favor, no tiene el mal genio de Xantipa, ni los celos de Alma, ni el confuso materialismo interesado y el desequilibrio emocional de Sofía,  ni la indiferencia sentimental y la promiscuidad de Lou. Así que Anna, mi esposa, mi contrapunto, mi censor jurado, mi Pepito Grillo, mi conciencia y mis espíritu burlón (nunca mal intencionado) no comparte esos defectos pero sí tiene el elemento común que une a esas mujeres históricas, célebres pero poco conocidas y a veces nada comprendidas: el amor, el interés intelectual y la admiración hacia la obra de sus respectivas parejas.  "Cherchez la femme", dicen los franceses cuando uno se pregunta pobre el proceso y desarrollo de un hombre famoso e importante en cualquier orden de la vida.

Pues bien, en mi caso que no es el caso de los citados, la femme está "trouvé". Y como de muestra bien vale un botón, adjunto el último en acontecer y que juzgue el lector.

Antes de enviar cualquier colaboración, no bien ha salido del "horno" creativo, suelo pasarle el texto a Anna. Ella lo lee de inmediato (me hace el honor de dejar lo que tiene entre manos y dedicarse a mi texto, cosa que merece de entrada mi agradecimiento) y acostumbra a hacer un juicio rápido y laudatorio, cosa que no me tranquiliza demasiado, pero me complace. Solo que de vez en cuando, mi consorte se ajusta los quevedos, requiere el lápiz y comienza a analizar, a veces de forma devastadora, el texto que antes habia recibido el acostumbrado placet.

En la ocasión que describo, se trataba de un artículo para mi columna en "La Comarca". Acababa de salir publicada y trataba de la felicidad y su sombra. Ella estaba echada en el sofá frente a la chimenea  y desplegaba el bisemanal frente a sus ojos. Empezó a leer el artículo en voz alta aderezándolo con su ironía y su devastador sentido comun. (El lector puede leer previamente el articulo en este mismo blog).

 Comenzó leyendo con fingida sorpresa la serie de nombre que mencionaba de entrada, Cicerón, Nietzche, Platon, Pascal o Krishnamurti, para ante cada nombre anteponerle un oh admirativo y mencionar, "estos autores deben ser muy familiares al vecino de la esquina, al tendero de Alcañiz o al comerciante de Valdeagorfa, lectores habituales de un periódico de alcance regional y muy localista. Cuando llegó al óctuple sendero de los budistas, soltó una carcajada y añadió: "esto ni los más leídos de los habirtantes de la comarca, con alguna excepción honrosa, deben saber de qué se trata. ¿No tre parece una mención algo especializada, solo entendible para budistas o interesados en espiritualidad oriental? "

A continuación mencionó el párrafo de la filosofía arabe y con un avioso humor añadió: "en cuanto a esto, supongo que en la Universidad de Zaragoza, rama filología árabe, les puede sonar de algo". La utilización de palabras como "desgaire", "hurtadillas" "esquiva", "porfía" "estoicos" y "cínicos" mereció un alud de irónicas calificaciones que ahorro al lector. Lo de la "carga genética" del ser humano donde está impresa la busqueda de la felicidad, provocó una observación sobre la curiosidad científica de la mayoría de los mortales, no solo de los matarrañenses,  y la dicotomía (perdón, la comparación) entre el ser y el tener, sólo causó un enarcamiento de cejas de mi demoledora mujer dudando de que en definitiva la gente se planteara la felicidad en esos términos, si es que se la plateaba en algunos otros.

Y ya, al final del articulo, la referencia al término junguiano de "la sombra" sin explicitarlo o aclararlo previamente, motivó un alud sarcástico de comentarios del tipo de "no sabía que hubieras escrito este artículo solo para lectores que hayan estudiado psicologia y entre ellos sólo los conocedores de la obra de Jung". Entoces cerró el diario, me miró envolviéndome con una dulce sonrisa y apostilló: "es muy bueno". La miré boquiabierto por su elevado nivel de cinismo. Se dio cuenta de mis emociones y subrayó: "es muy bueno para mí, que estoy al tanto de todo lo que dices, pero creo que no es muy adecuado para el medio para el que escribes". Y para mayor bochorno mío, me citó una frase de "El Quijote" que forma parte de mi arsenal de citas preferidas: "Llaneza muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala".

Una esposa así sólo puede provocar una peligrosa adicción a su sentido del humor, su ironía y su claridad. Entonces, o la aceptas como es o te vas a Tombuctú a buscar tabaco.

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Comentarios

Flora 06/10/2011 12:01


¡Genial! (tu mujer)

Sensato (tú, que no te alejate de ella)

Me gustó leerte.


Alfred 12/08/2010 20:27


¡Qué gran mujer tienes a tu lado, amigo! Lo sabemos todos los que hemos compartido algún rato junto a ella. No hay ninguna duda sobre ello.
Efectivamente, era un texto de nivel muy alto, que en mi caso no me provocó ninguna incomprensión, entre otras cosas porque en la primera línea ya me había perdido entre tanta densidad y nombres de
relumbre. O sea que me dije: "Muchacho, mejor corre un tupido velo y concéntrate en otras cosas".
Pese a ello, creo tener leves indicios de lo que es la felicidad. No está tan claro que pueda saborearla a menudo, pero lo intento. Eso, seguro.
En fin, amigo. Espero verte pronto.
Un abrazo


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