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7 marzo 2011 1 07 /03 /marzo /2011 19:21

En 1973 el director Richard Fleischer elaboró una película que había de convertirse en un clásico de la mal llamada ciencia-ficción: “Soylent Green”, interpretada por Charlton Heston. Nos narraba una terrible historia ambientada en un futuro lejano entonces (2022) pero no tanto para nosotros. Transcurría en la ciudad de Nueva York azotada por una sobrepoblación angustiosa, escasez de alimentos, contaminación atmosférica y un cambio climático brutal, ausencia  de agua, sequía permanente, violencia social y falta de vivienda, de materias primas, y de empleo, toda una humanidad en estado de miseria bajo un estado omnipotente, férreo, policial, corrupto, incapaz de aliviar las necesidades, ocupado en la represión interna y la protección de una minoría poderosa –la cleptocracia de unos pocos, sustentada por las fuerzas del orden compradas a bajo precio y un funcionariado con algunos privilegios- que vive en los protegidos guettos amurallados.

Dejando a un lado las evidentes exageraciones literarias y pidiendo disculpas al lector por el tono apocalíptico, déjenme apuntarles ciertos hechos y datos muy actuales que evocan una lamentable familiaridad con la ficción que les he narrado.

Estamos en un momento crítico en el que el petróleo está en límites históricos de alza de precios y el BCE habla de subir los tipos de interés  para combatir la inflación (que produce ese aumento energético, vinculado a la geopolítica en Oriente Medio y Africa del norte) con lo que podemos apostar que la recuperación económica en países con problemas como España se frenará e incluso retrocederá. Además los alimentos se han encarecido y vivimos épocas de desajuste climático que llevan desde la pertinaz sequía a las inundaciones de proporciones bíblicas en Australia, por ejemplo, y otros países.

  mahatma-gandhi

¿Cuál es la situación general?  Estamos en medio de una crisis alimentaria mundial (la segunda desde 2006), otra de materias primas, una tercera energética y  otra de exceso de población (7.000 millones de habitantes del planeta, más del doble de personas que pisaban la tierra en los  “felices sesenta”). El mundo está alcanzando límites globales en el uso y abuso de recursos, el régimen de crecimiento de los países emergentes China, India y algunos de África, llega al 7% contra el 2% de los países desarrollados: en menos de 20 años se duplicará el crecimiento  (y el gasto subsiguiente) y está demostrado que, si no ponemos remedio, el planeta que nos sustenta no podrá, físicamente, tolerar ese crecimiento. Mientras tanto el cambio climático (tan manipulado como el lobo del pastor bromista, que acaba siendo profético, “que viene el lobo”),  inexistente para muchos,  está mostrando obstinadamente sus garras: sequías (como la de la antigua Unión Soviética y partes de China que están propiciando una crisis del trigo o, mucho más cerca, la que pone en peligro las cosechas de cereales de Aragón)  e inundaciones, como las de Brasil y Australia. Todo lo anterior está provocando un encarecimiento constante del precio de los alimentos (encarecimiento en torno al 30 % en 2010). Según un informe de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación) en enero se alcanzó un máximo histórico en los precios alimentarios, por séptimo mes consecutivo. “Nos encontramos en los límites más altos desde que la FAO empezó a controlar los precios de los alimentos en 1990”, dice el informe.

Hace unas semanas llamé “la revolución del pan” a las revueltas árabes desde Túnez a Egipto en esta columna, otros la adjetivan “de la dignidad” o “de los jóvenes 2.0”. En realidad estamos hablando de lo mismo. El pan, el hambre, el empleo que compra ese pan, la dignidad del empleo y del pan ganado, no robado o donado.  La pregunta del millón no es por qué se han producido esas revueltas, sino por qué precisamente ahora.

Decía Gandhi que la Tierra tiene  suficientes recursos para alimentar a todos sus habitantes, pero no lo suficiente para satisfacer la avaricia de todos. Y este es el problema: no sabemos poner límites a la avaricia de unos pocos frente a la necesidad de la mayoría. Esto es lo que alimenta la desesperación y justifica la revolución. El primer mandamiento del siglo XXI es aprender – y enseñar - a combatir la codicia humana con el ejercicio de la cooperación. Y solo lo haremos cuando comprendamos que la barca que se hunde es la nuestra, la de todos, aunque nos creamos a salvo. Sin ánimo de ser agoreros, ¿estamos seguros que el desquiciado mundo de “Soylent Green” es sólo una ficción sin fundamento?

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