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4 mayo 2011 3 04 /05 /mayo /2011 19:20

Esta etapa nos llevará, inch Alá, desde Villar de Mazarife, en cuyo albergue hacemos noche, hasta la bella ciudad leonesa de Astorga, la Astúrica Augusta de los romanos (en su origen Astorga fue un campamento de la X Legión  Génima). Pero anoche fuimos huéspedes de Pepe, el de Alicante, que nos promete una de sus conocidas paellas de verduras (las gentes del Camino se pasan boca-oreja informaciones tan suculentas como esta). "Pero no se dejen engañar por el refugio Tio Pepe, que en realidad no se llama Pepe, sino Lorenzo, el del pueblo de al lado, Chozas de Abajo, y se hace llamar así para quitarme a las personas que vienen buscándome a mi y a mi paella", nos dice. Bueno, no entramos en los celos vecinales de tan augustos caballeros, pero puedo certificar y certifico que la paella era magnífica, con un sabor inigualable y realmente sabrosa. El triunfo del Barça puso su toque de calidad a esa noche, a pesar de que en el bar del pueblo donde abundaba la hinchada madridista tuvimos algun momento delicado que al final quedó en nada.

Esta mañana, a buena hora, tras el café con churros y tostaditas que el bueno de Pepe nos ofreció, comenzamos la caminata en un dia limpio, algo frio pero soleado. Debemos caminar a la vera de una carretera comarcal, casi sin coches, pero igualmente molesta para la pisada. El páramo leonés nos rodea como un desafío de horizontes entre el verde resplandeciente de los sembrados y las hermosas nubes gigantescas que pasean perezosamente por un sky line dibujado a veces por ordenados grupos de robles o de chopos, cultivos de maiz y remolacha entre una lineal teoría de canales de regadío, pequeñas esclusas y acequias.

 Caminamos siguiendo una recta perfecta hasta Villasante, un linea de carretera sin desvíos durante seis kilómetros y pico, acompañados con el croar incesante de las ranas de las acequias.

En Villares de Órbigo tomamos un bocadillo gigantesco en el bar Pirris  y comenzamos a despedirnos del páramo y a acercarnos a las montañas que han aparecido como por arte de encantamiento. Pero antes hemos pasado por el bellísimo puente de Orbigo y el pueblo aledaño de Hospital de Orbigo. Los hospitales en el Camino eran los lugares donde se recibia a los peregrinos enfermos o menesterosos y tenían mas de posadas que de centros sanitarios. El puente está en obras y se remoza el pavimento de paso, poniendo cantos rodados como suelo (en toda esta zona los cantos rodados y las paredes de barro cocido forman parte de la arquitectura tradicional). El puente es una maravilla de austero aire medieval y tiene su propia leyenda: el caballero don Suero de Quiñones con nueve de sus amigos decidió, a causa de la promesa dada a una dama, provocar justas de hasta tres lanzas con cualquier caballero que pretendiera cruzar el puente, durante todos los martes de una temporada. O sea una gamberrada medieval que provocó varios heridos y la muerte de un caballero catalán que sufrió un percance letal: una astilla de una de las lanzas le atravesó el ojo y el cerebro. Le llaman el "passo honroso" y todavía se celebran justas para conmemorarlo.

A partir de Villares como decia comenzamos la subida, en la compañía de bosques  de robles, de encinas, incluso algunos pinares, hacia el Pico Telmo y los Montes de León. El camino es agradable y nos lleva hasta el pueblo de  Santibañez de Valdeiglesias (me encantan los nombres de los pueblos de esta zona) en ruta hacia el crucero de Santo Toribio, una cruz de término jacobea desde la que se contempla una bella vista de la catedral bellísima de Astorga y su centro urbano. El crucero está lleno de cantos rodados como los que abundan en estos parajes y que ha colocado allí cada uno de los peregrinos que coronan la montaña.

La bajada, bajo el sol del mediodía resulta un poco cansada, además de los casi treinta kilometros que llevamos  caminados. El cruce urbanita de San Justo de la Vega, junto a Astorga, nos lleva fin de nuestro viaje. Mientras buscamos el hostal-refugio por el montaraz callejero ciudadano, pasamos junto al Palacio Episcopal, llamado casa Gaudí, pues fue construida por el noble arquitecto catalán tras un encargo del arzobispo que quería sustituir la residencia que se quemó en 1866. Ahora hay un museo del Camino que solo tiene una pequeña sala con algunas piezas devocionales, tallas y cuadros sobre el Camino. Poca cosa.

Magnifica la catedral de Santa María, con sus torres picudas y su portada majestuosa con relieves de una fuerza prodigiosa. En el pináculo que corona el ábside la tradición asegura que la figura allí representada es un tal Pedro Mató, alferez maragato que intervino en la batalla de Clavijo.

Para los nostálgicos del Camino de los sesenta y setenta, hay un elemento nuevo que recuerda a los hippies que florecieron en el Camino en aquellos años que algunos llaman dorados. Se trata de David, un joven que en pleno sendero entre Santibañez y elcrucero de Toribio santo, ha dispuesto una especie de chiringuito donde ofrece gratuitamente (la voluntad pecunaria del caminante será bienvenida) agua de un pozo cercano, tes, zumos de toda clase de frutas, naranjas, plátanos y galletitas. Es un joven que ha circulado por esos mundos de Dios y ha visto la luz a través del vipassana y una vida de eremita generoso en el Camino de Santiago. Duerme al fresco sobre un sillón y si llueve en un coche que le sirve de almacén y despensa. Su discurso es místico y un poco antisistema y resulta peculiar y llamativo, incluso atractivo y refrescante, en estas soledades y en estos "lacrimabile tempus" en los que vivimos.

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