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5 mayo 2011 4 05 /05 /mayo /2011 16:24

Tormenta sobre Rabanal del Camino. Desde el comedor de una casona de este pueblo dedicado en alma y cuerpo a los caminantes de Santiago (hay sesenta vecinos, cuatro albergues, dos tiendas de comestibles, una iglesia y una comunidad de monjes benedictinos que cantan gregoriano cuando anochece y bendicen a los peregrinos) escribo intermitentemente esta crónica cumpliendo el compromiso conmigo mismo y mi irreductible amor a la escritura y los viajes.

Salimos de buena mañana, acababa de sonar el segundo cuarto de las ocho en la catedral de Astorga, y cogimos el camino que desde la misma población conduce hacia el oeste en un jalonamiento incesante de conchas de Santiago, señales amarillas y carteles azules. Al principio se sigue la sirga por las aceras arboladas de la LE-142. El cielo está cubierto y llevamos las manos frías.

Antes de pasar sobre el rio para dirigirnos a Muria de Rechivaldo, nos encontramos con la ermita del Ecce Homo, pequeña y recoleta, con las puertas abiertas de par en par y un mostrador lleno de articulos del Camino. Un hombre de mediana edad, de mirada fija y hablares imprecisos vigila el negocio y atiende con amabilidad pero sin efectividad a unas peregrinas nórdicas.

Durante toda la jornada, como en las anteriores,  la relación entre extranjeros y nacionales deja un resultado abultado a favor de los de fuera. Una proporción de 9 a 1. Esto del Camino es un negocio floreciente que ha ganado mucho con los nuevos tiempos. Supongo que los pueblos de la ruta habrían quedado abandonados hace años, sobre todo por la zona que caminamos. Prueba de ello es que de Astorga al pueblo donde establecemos el fin de la etapa de hoy, Rabinal, hay más de 10 albergues. Eso es magnífico para estas bellas tierras sembradas por doquier de arte y arquitectura de mérito.

Seguimos la senda peregrinal hacia Murias de Rechivago por un andadero junto al asfalto de la carretera, tras cruzar el rio Jerga.

El paisaje ha cambiado totalmente. El páramo monótono queda en el recuerdo y aquí vamos subiendo, permanentemente, hacia un horizonte de montes no muy agresivos, de pendientes suaves. Hay nieve en lo más alto de los montes leoneses y alrededor nuestro hay encinas, robles, coníferas y  retama.

La caminada va alternando la tierra prensada y el asfalto (mi pobre rodilla izquierda empieza a protestar). En Murias, que cruzamos por el centro, admiramos la iglesia de San Esteban, del siglo XVII, con la típica espadaña de estas tierras (lateral sobre la nave, que tiene una entrada pequeña en uno de los lados). En esta poblacion ya se entra en la Maragatería, la comarca natural cuyas tradiciones ancestrales parecen entroncadas con la simbología céltica. La caracteristica de lugar fronterizo de Murias queda aclarada por el hecho de que el topónimo Murias es una palabra de antiquisimo origen ibero que significa "montón de piedras", justamente la forma tradicional de crear límites.

Cerca de aqui, pero inaccesible para el cansado caminante, está Castrillo de los Polvazares que los aficionados a la novela de finales del siglo XIX recordarán como escenario de la novela de Concha Espina "La esfinge maragata". En Murias se puede admirar la iglesia de Santa Catalina (en honor, en origen, a Santa Catalina de Alejandría).

Si uno alza la mirada desde el pueblo ya se adivina la subida al monte Irago (que habremos de hacer mañana) lugar de fama medieval y no precisamente buena. El caso es que era uno de los lugares mas peligrosos del ya de por si peligroso Camino en aquellos años oscuros. Los caballeros del Temple que tenían presencia militar en Rabinal y en Ponferrada patrullaban los caminos pero se veian desbordados por los asaltantes, ladrones y demás que pululaban en torno al rio incesante  de los peregrinos.

En el siguiente pueblo, El Ganso, ya empezamos a ver las casas maragatas, de paredes de barro cocido, piedras pequeñas y cubierta de paja triangular. Allí,  tras unas tres horas de marcha sobre superficies exigentes, decidimos hacer una pequeña parada técnica de refrigerio. En la salida del pueblo hay dos mesones, El Cowboy y La Barraca. Uno de ellos, el Cowboy, repleto hasta la bandera de vociferantes alemanes e ingleses, nórdicos colorados como cangrejos, mochilas enormes, danesas rubias y silenciosas, parejas de bamboleantes armarios humanos con paso cansino y rostros apopléjicos que se derrumban sobre los bancos, jovencitos italianos o portugueses con shorts y camisetas entalladas tomando el sol con la birra en la mano, hasta el canadiense que conocimos en Mazarife y su pareja ocasional caminera, una inglesa muy joven de ojos asombrados, nos saludan con amabilidad.

El otro mesón está vacio completamente y solo la dueña, una matrona enorme que tiene una sonrisa pícara y no para de hacer faenas, parece ocupar un jardin delicioso con emparrada, lleno de mesas de tablero de pizarra y bancos corridos hechos con troncos enteros sobre piedras. Evidentemente y en contra del tópico (evita los lugares de comer donde no haya nadie) sacrificamos esa seguridad por el placer de sentarnos allí, a la sombra y darle al espalda al jolgorio caminero.

Lo cierto es que comemos una tortilla de patatas recién hecha magnifica y bebemos una cerveza fria a la que no se puede pedir más. Cuando nos vamos aparece una familia de un par de generaciones que hablan polaco y siembran la mesa de mapas y libros. "Buen camino" nos desean al marchar en un castellano cantarino.

La caminata ya es de un tirón hacia Rabanal que a una hora y pico de camino ascendente ya se divisa  a media ladera de la montaña que mañana coronaremos y que es la altura máxima del Camino Francés. En ella se alza la famosa Cruz de Hierro, de la que ya les hablaré. Un camino trazado junto a la carretera va endureciendo la respuesta de mi rodilla, pero el ambiente es fresco a pesar del sol y se camina con soltura hacia las montañas de León. A unos dos kilómetros de Rabanal comienza la última subida al pueblo y se hace por un sendero estrecho que sube limitado por una valla de alambre de unos dos metros de altura, En  ella los miles de peregrinos que pasan han ido colgando cruces realizadas con ramas y palos de los arboles circundantes. Da una extraña sensación caminar rodeados por un muro de cruces exiguas.

Superamos el desvio que lleva a Rabanal el viejo, antigua población cercana a una de las minas romanas más conocidas de aquellos tiempos, la Fucarona. Dejamos atrás un enorme robredal en cuyo seno parece ser que se encuentra un ejemplar gigantesco al que se llamó hace siglos "el robre del peregrino". No lo supìmos encontrar.

 Después de algo mas de cinco horas de caminata subimos por la empinada calle mayor del pueblo, tramo del Camino, con sus bellísimas casonas medievales, su iglesia recoleta con su espadaña y los refugios a uno y otro lado con peregrinos de otras tierras sentados en los bancos de las puertas en una especie de horizontal torre de Babel, colorista y relajada.

Hemos superado casi trescientos metros de desnivel desde la bella Astorga y en estos momentos  el hermoso pavimento de la calle principal de Rabanal, que miro desde la ventana junto al unico ordenador, brilla sobre las lineas verticales y en angulo de cantos rodados grandes y los rellenos con cantos pequeños, toda una geometrica sinfonía dorada sobre la que corre el agua que sigue desbordandose de los cielos.

Angeles, la encargada del refugio, una señora de media edad con expresión divertida y servicial, que nos ha ido reponiendo los euros que se tragaba el ordenador con cada apagón, sin dejar de sonreir, augura que mañana podremos caminar sin agua. Y nos dice: "esto es una tormenta, mañana saldra el sol". Ella vive en un pueblo cercano en plena sierra y aseguras que es feliz, que incluso este `pueblo donde trabaja es demsiado movido para ella.Beatus ille.

Mientras, el comedor donde estoy se ha llenado de jovenes de todas las lenguas y algunos maduros especímenes silenciosos. Y, por fin, oimos hablar castellano a tres jóvenes que se han sentado en la gran mesa camilla.

En fin en cuanto escampe nos iremos a la Iglesia de Santa Maria, romanica del siglo XII, donde los monjes benedictinos dan sus bendiciones y entonan le maravilla acustica gregoriana.

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