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22 mayo 2012 2 22 /05 /mayo /2012 15:44

excursiones-3409.jpgVuelta al Camino francés. Hace casi exactamente un año el amigo Jaime y yo nos echamos al Camino en busca de la cruz de Santiago y lo abandonamos en Ponferrada, con una pequeña incursión al lugar de O Cebreiro, el célebre monte que es la frontera y el anuncio de la última etapa del Camino. Quedan unos 170 kilómetros para besar la Pedra os Croques o abrazarse al hombro del Santo, mientras el Botafumeiro realiza su gigantesca danza fumígera.

En esta ocasión me llevo un pequeño ordenador portátil con un pen de Movistar, con la intención de no tener que indagar en cada etapa desde dónde puedo escribir mis pequeñas crónicas del Camino. Me pregunto sobre la utilidad de esa actividad que convierto en obligatoria quizá en recuerdo de mi pasado periodístico itinerante, mis añoradas experiencias de corresponsal.

Lo cierto es que las personas, amigos y conocidos, que siguen mi blog, me leyeron cada día cuando el año pasado, por primera vez, fui escribiendo las crónicas de lo que acontecía en el Camino. Eso por sí solo, en pago a tal fidelidad lectora, justifica hasta cierto punto mis desvelos. Pero es que hay otra razón, más poderosa y de índole íntima: no puedo evitarlo. Necesito poner negro sobre blanco los aconteceres de mi vida, sobre todo cuando se trata de situaciones en cierta forma excepcionales. He sido autor de diarios y crónicas personales, reflexiones por escrito y planteamientos literarios vitales desde que tengo uso del oficio de escribir y de pensar. Aun conservo alguna libreta de mi infancia con páginas garrapateadas con la sencilla caligrafía infantil narrando pequeños y elementales comentarios sobre hechos sin importancia, pero que de una forma u otra me afectaban o incluso un mero apuntar lo que hacía, lo que deseaba o lo que me frustraba.

De ahí, el paso natural sería a la escritura para el Otro, es decir cuando ya cuentas con un Lector ajeno a tí mismo, un Otro cuyo juicio positivo, complicidad o placer buscas. Y nace la literatura. Primero muy personal y testimonial, casi notarial, despues, un día mágico, interviene la imaginación. Un día fascinante alguien publica alguno de tus escritos, un cuento, un artículo. Y un día para recordar, alguien te paga por lo que te publica y te conviertes en profesional. A partir de ese momento, generalmente, oscilando con la magnitud de tu compromiso, de cuánto de tí mismo vendes, son más bien días y trabajos para olvidar. Hasta que, de pronto, inopinadamente, empiezas a escribir lo que deseas escribir, nuevamente como al principio, sin tener en cuenta al Otro (esto nunca de una forma total y pura, siempre está la sombra del Otro interfiriendo, quieras o no). En ese momento ya eres un artista, un escritor de verdad (te paguen o no por lo que escribes).  Usualmente pocos llegan a ese punto. La mayoría se quedan en la tierra de nadie que existe entre la pureza absoluta del outsider literario y los asalariados de las editoriales o de su fama y demás mercenarios de la pluma.

Una vez dilucidadas la sombras y realidades de mi pulsión de escribir, volvamos al Caminoo. 

Salimos de Barcelona en tren, con la anochecida. Hace un día nublado y frío. Serán siete días de ruta a una media de veintipocos kilómetros por jornada. Mañana por la mañana comenzamos la caminada desde antes de subir al O Cebreiro hasta Fonfría, lo que configura una jornada de unos 26 kms.

La subida a los poco más de 1400 m de ese monte legendario no es demasiado empinada y se hace con cierta comodidad. Desde allí el Camino va serpenteando por los pinares del Monte Pozo de Area, hay trozos de pista forestal hasta llegar a la carretera y marchar en paralelo hasta el Alto de San Roque, donde ya se coge sendero, gracias a Dios, hasta Hospital de Condesa. Nuevamente trozos de asfalto y alguno de sendero hasta divisar la torre de la Iglesia de Padornelo.

En ese pequeño pueblo se comienza la subida hacia el Alto de Poio y vuelta al asfalto, pero llegaremos a nuestro destino, Fonfría, tras dos kilometros y medio de sendero. De esta guisa cumplimos la primera jornada.

 

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