Sunday 2 january 2011 7 02 /01 /Ene /2011 16:19

nadal-2.jpgClavaba en mí sus pequeños ojos pardos, vivísimos, de mirada inteligente, un poco socarrona, con una sofocada ironía que destelleaba en momentos de entusiasmo, tras un escepticismo bienintencionado y respetuoso. Cuando nos encontramos --en los años sesenta como profesor en el CIC, en los setenta como compañeros de La Vanguardia-- su atenta escucha, su infinita paciencia, su comprensión me envolvían como en un capullo en el que mi joven entusiasmo, una crisálida que había que alimentar y  encauzar, debía encontrar el medio ambiente adecuado, el revulsivo para que la inteligencia que hubiera, la sensibilidad que ya estaba floreciendo, encontraran su camino.

Carlos, mi Carlos, mi jefe de política internacional durante tres décadas, mi compañero fiel en todos los avatares de una vida llena de cambios y procesos, mi amigo del alma, mentor, confidente, maestro, correligionario en lides literarias, contrapunto eficaz y fuente de inspiración, murió un 27 de enero de 2010, hace casi un año, dejándome huérfano de su afecto y su amistad profunda, un hueco que ya nadie podrá cubrir, una carencia espiritual que me hace mejor persona sólo por haberme querido una tan gran persona.

Tenía 86 años y nos habíamos visto diez días antes de fallecer, en su piso de la calle Balmes. Habíamos comido juntos los platos que nos habia dejado preparados su mujer, mi también amiga María Dolores, Lola, que siempre tuvo mucha comprensión y respeto ante nuestra amistad, y como sucedía en todas nuestras citas, hablamos de literatura, de su poesía secreta, de mis proyectos literarios, alguna referencia a la  querida y vieja Vanguardia que ambos amábamos, los libros que leíamos (me mostró el volumen sobre Unamuno que había de ser su última lectura y que ahora por generoso detalle de Lola está en mi poder), los viejos amigos, Casán, Carrero, Permanyer y unas pinceladas amables y sabias sobre las cosas de nuestras vidas, ay, tan paralelas y tan parecidas en el fondo, que no en la superficie.

En cada encuentro me pasaba unos cuantos poemas escritos por él, en una prosa diáfana, profundamente inteligente, de una sensibilidad herida, con un regusto a juventud perenne que yo sabía adivinar en el brillo de su mirada, por encima del aparente deterioro físico de sus muchos años y su precaria salud de hierro.

Uno de los últimos lo había escrito más de un año antes, en julio de 2009, y decía así:

Lo que te digo en voz baja

sólo a tí va dirigido,

pobre cuerpo mío,

para cuando quedes

abandonado a tu suerte,

en el umbral de un breve

y último destino.

Otros se ocuparán de ti.

No yo, que antes habré dejado

de saber quién fuimos.

 

Seguiré desgranando esta amistad que ha sido mi acicate y mi inspiración durante años. Esto es una prenda de amistad y un reconocimiento de deuda espiritual, pero sobre todo es una oportunidad de hacerle revivir en mí. Y quizá en muchos otros.

Que Dios te bendiga, viejo amigo.

 

Por nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03
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