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12 abril 2011 2 12 /04 /abril /2011 16:31

PagliacciCD.jpgEl Liceo fue ayer una fiesta para los aficionados a la ópera, a la ópera sin más, sin atrevimientos conceptuales, sin "genialidades" decorativas y ambientales, sin ferocidades de actuación, sin impertinencias subidas de tono en pro de una pretendida osadía escénica. El que les escribe disfrutó de lo lindo con ese tradicional dueto operístico que en los últimos años suele emparejar en una sola sesión dos obras como "Cavalleria rusticana" de Pietro Mascagni y "Pagliacci" de Ruggiero Leoncavallo, (aunque en el Liceo hacía 23 años que no se representaban juntas).

La razón de este prólogo algo quejica (que a algunos puede parecer conservador y sólo es escarmentado) es que la dirección de escena está encargada a Liliana Cavani, la directora de cine, muchas de cuyas películas conocí en su día aunque con cierto rechazo en ocasiones por la dureza de las imágenes o de la temática. "El portero de noche", "La piel" o "Más allá del bien y del mal" son tres de sus obras más emblemáticas. Por tanto, me preocupaba un poco antes de entrar en el Liceo qué podía encontrarme allí con la calidad revolucionaria, contestataria y provocadora de la Cavani. Y, añadido interesante, con la escenografía de Dante Ferreti, que ha trabajado con Passolini, Ettore Scola, Zefirelli, Fellini y Scorsese.

Bueno, pues todo perfecto. Una función de regusto cinematográfico, como no podía ser menos. La plaza de la Iglesia en "Cavallería" me recordaba fielmente el decorado de la misma ópera en el final de "El Padrino, III" de Cóppola y el teatrillo al aire libre donde se desarrolla la tragedia de "Pagliacci", semejantes imágenes de Fellini en muchas de sus obras, desde "81/2" a "Amarcord" o "La Strada".

Así que se nos permitió gozar de esos dos dramones, rural uno y urbanita el otro, celos, infidelidades, apasionados crímenes y "vendettas" sangrientas y ruidosas. El pueblo llano en el disparadero de los sentimientos explosivos y los instintos destructivos. El don Juan de pueblo que se atreve a enamorar a la mujer de un carretero celoso y brutal y el payaso rechazado por una bella pero infiel Desdémona que provoca los celos y la ira asesina del payaso jefe, mientras las emociones reales van tomando cuerpo en las teatrales hasta que se resuelve en sangre el equívoco. Mascagni se basó en un relato corto de Giovanni Verga para su dramón rural siciliano y Leoncavallo en un hecho real en Calabria, caballeria_med.jpgdel que se da la circunstancia de que el juez encargado del célebre doble asesinato pasional fue  precisamente el padre del escritor.

Dos historias inscritas en el "verismo", movimiento nacido en Italia a mediados del siglo XIX, en el que el pueblo se comporta tal como es e irrumpe en una escena que habían monopolizado las clases aristocráticas y la realeza y más tarde la burguesía. Siguiendo el naturalismo en literatura de un Zola o de un Thomas Hardy, estas dos óperas nos cuentan dos sórdidas historias que nacen de los estratos más humildes de la sociedad. No hay artificio, sentimientos delicados y cuidados diálogos llenos de belleza e ingenio: es el pueblo llano el que se explica, lleno de pasión y de rabia en el dramón  elemental de sus vidas. Como dice el personaje del "Prólogo" en el inicio de "Pagliaci", "se trata de que veamos cómo se aman los seres humanos". Evidente ironía.

Si en "Cavallería" recordamos a "El padrino", el "ridi pagliacci, ridi" del atribulado payaso engañado por su mujer, nos puede recordar la risa malévola de un engordado Robert de Niro, en una memorable interpretación del gángster Capone, mientras asiste a esa ópera en "Los intocables de Eliott Ness" de Brian de Palma.

Pero al margen de esto, ¿qué es lo que puede explicar el éxito perenne de este programa doble operístico tan archisabido y exagerado, a pesar de los centenares de criticas adversas tanto al asunto argumental (en la ópera, salvo algunas excepciones de Mozart, Vivaldi, Wagner y  algunos pocos más, los libretos dejan mucho que desear) como al musical? Una de las razones puede ser que, a pesar de las apariencias, cantar estas óperas exige a los cantantes un registro muy especial y un cuidado supremo en evitar que se salgan de una cierta contención y al tiempo parezca que se comportan con la rudeza y el exceso de los personajes que encarnan. Difícil equilibrio que, en este caso, el tenor argentino José Cura logra bordar y provoca el entusiasmo de un público entregado (e incluso enterado), tanto en el papel del rústico Turiddu, como en el del payaso Canio. También se lucieron Luciana D'Intino como la abandonada Santuzza y George Gagdinze, como el carretero Alfio de "Cavalleria"  e Inva Mula como Nedda o Colombina, la mujer del payaso.

Y una de las razones por las que me encantan estas dos óperas, es por los "intermezzi" orquestales que dividen los actos y que son de una  sensibilidad y frescura casi paradójicas en obras de trazo tan grueso. La otra, el papel de los coros que, como en el teatro griego, no sólo son parte relatadora y juzgadora de los hechos, sino que participan activamente en su desarrolllo.

En resumen, una magnífica velada operística.

 

 

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