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31 marzo 2011 4 31 /03 /marzo /2011 09:01

Nos encontramos ante una  primera novela (al menos publicada). Nueve amigos se reúnen en un refugio de montaña veinticinco años después de su última cita. De pronto, en pleno reajuste de recuerdos, fobias, atracciones y antipatías, servidos a través de un diálogo a veces reiterativo, con bastantes tópicos, pero tan real como la vida misma en algunos ámbitos de todos conocidos, ya sean culebrones hispanos, reality show y grandes hermanos o el bar cheli de la esquina, hay un gran apagón y todo empieza a cambiar. A partir de ahí, desapariciones misteriosas, al estilo de “Diez Negritos” de Agatha Christie. Y sorpresas apocalípticas dosificadas al mejor estilo de las novelas o películas de terror  y supervivencia. ¿A qué género pertenece esta novela? A tenor de lo leído es un híbrido entre novela de misterio, de ciencia ficción y de realismo social y generacional.

Pero pasemos al autor, David Monteagudo, es  -o era- un obrero que ha trabajado en fábricas y talleres y ahora lo hace en una empresa de cajas de cartón ondulado, que a los 40 años (ahora tiene casi los 50)  afronta la llamada crisis de la madurez masculina planteándose un cambio radical de vida, prefiere dedicarse a escribir novelas antes que hacer lo habitual, buscarse una novia más joven o irse a recorrer mundo con cabellos largos y una guitarra.  Evidentemente no es tan fácil y debe haber elementos que vienen de antiguo en la psique de nuestro autor para pensar en algo tan poco rentable como suele ser la carrera literaria. Supongo que una gran afición a la lectura, al cine y a las telenovelas, no necesariamente por ese orden. Porque de esos elementos está llena la técnica literaria que se refleja en “FIN” la novela que hoy nos ocupa.

La novela, como decíamos, comienza con un planteamiento al estilo de las películas u obras de teatro de reencuentros. Desde un punto de vista psicológico-social, todos los tópicos  de ese tipo de obras están presentes: los recuerdos de cómo eran los amigos en tiempos juveniles, los comentarios más o menos inocentes sobre los cambios que se observan, sobre el efecto de la vida en cada uno de ellos, en su apariencia y en su aspecto social externo (las señales del éxito o el fracaso, siquiera económico)  la constatación muy temprana de que en el fondo no se ha cambiado tanto, el renacimiento de viejas rencillas…

Pero en este universo aparentemente previsible surge un hecho, el apagón,  que lo trastoca todo: es un elemento crecientemente intranquilizador, amenazante, que viene de fuera, del exterior y del que jamás tendremos una visión clara. Es decir, el miedo a lo desconocido,  a una desaparición física en un contexto de apocalipsis que se va presintiendo más o menos desde la mitad de la novela. La gradual desaparición de los amigos, la presencia fantasmal, llena de presagios y culpabilidad del único amigo del grupo que aparentemente no acudió a la cita –Andrés, el Profeta—al que la culpabilidad por algo que le hicieron todos, da poderes enormes, el ambiente ominoso, hermético, asfixiante, a plena luz del día, los elementos colaterales que van dando una imagen de desastre y terror que parece desmentir la presunta normalidad de un día de campo entre viejos amigos…todo ello van agarrando al lector, en una creciente presión,  para dejarlo sin respiro en un final a lo M.Night Syamalan, la serie “Perdidos” o Alejandro Amenábar (quien, previsiblemente,  ha comprado los derechos de la novela para llevarla al cine).Fin-190x300

Y ahí está el mérito de la novela. Su capacidad para convertir al lector en un adicto a la busca del final. Es un excelente germen para un guión de cine o una obra de teatro. De hecho los diálogos tienen la inmediatez y a veces la banalidad de los telefilmes al uso y las descripciones dan de continuo el esquema y la forma de las acotaciones que sitúan la escena en los guiones de cine o teatro. Así pues, no se trata, como dijeron algunos, de un sucesor de Cormac  McCarthy, el autor de “La carretera” entre otras obras, (ni muchísimo menos), sino de un escritor hábil, con una primera novela que ha dado en la diana y que tiene algunos defectos, pero que muestra sin lugar a dudas las maneras de un escritor eficaz.

Hay muchas trampas literarias en el transcurso del relato, algunas escenas innecesarias, como la charla xenofóbica de dos de los viejos amigos, diálogos simples, reiterativos, innecesarios, banales, demasiada puntuación  a final de frase (recurso de escritor principiante), tópicos y clichés en los personajes, descripciones flojas, un final abierto que no convence…

Pero en cambio el lector constatará la fuerza y el agarre de un argumento que funciona  a base de golpes de efecto, no todos muy  logrados pero que conforman una atmósfera de angustia, de peligro mortal y de destrucción en un ambiente cotidiano y aparentemente pacífico y seguro, que me recuerda mucho a la película de Buñuel “El ángel exterminador”.  El tipo de personajes, a pesar de su topicidad o tal vez  por eso mismo, crean un efecto especular en el lector que se ve reflejado a si mismo y a amigos y conocidos  en ese grupo variopinto pero irremediablemente superficial y banal. Como en “Perdidos”, los personajes se enfrentan a extrañas e imprevisibles circunstancias que atañen a la misma supervivencia y en ese proceso de lucha muestran sus auténticos caracteres, sus debilidades, egoísmos y a veces su generosidad y entrega.

Jaume Vallcorba, el alma mater de la editorial Acantilado, ha apostado por un longseller con un sentido de la astucia digo de otro tipo de editores. Las novelas de David Monteagudo (hace poco salió Marcos Montes, una novela corta también de corte más o menos realista-fantástico, al estilo de Sánchez Piñol) parecen algo distinto en el catálogo de excelencias de “Acantilado”. Quizá Vallcorba ha sabido ver más lejos de lo que ha publicado de DM y se nos escapa algo. Y es que hay un punto que nadie puede negar a “Fin”: su lectura engancha al lector. Y eso significa un boca-oreja muy rentable. Nueve ediciones (o reimpresiones, que no queda claro y es cosa distinta) en un año, lo confirman.  Si David Monteagudo se aplica, quizá supere la condición de globo sonda desde el punto de vista literario.

 

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