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15 julio 2012 7 15 /07 /julio /2012 07:52

Despierte-senor-204x300.jpg

 

Empezemos con una aclaración al lector, seguramente confundido por la publicidad que los editores, en su derecho, han dado a esta novela del norteamericano Jonathan Ames, un judío de Brooklyn, ex boxeador con el adecuado  nombre de "El arenque asombroso", guionista de series de televisión, humorista (perdón, despues de lo escrito esto es una redundancia) y, fundamentalmente, un tipo obsesionado con el sexo, consigo mismo y con el destino de la humanidad (especialmente la judía), todo en este orden y prioridad.

El adjetivo "desternillante" acompaña exageradamente a este escritor  relativamente joven que es como una mezcla explosiva de Woody Allen, Bukovsky, Henry Miller y Groucho Marx, bien agitada y a la que no falta el toque judío de la melancolía y la sombra hereditaria de una confusa culpa sin redención posible, cosa que resta la eficacia humorística total de la que si disfrutan Groucho y Allen (ambos judíos como todo el mundo sabe, pero dedididamente apóstatas). Pues bien, ese adjetivo "desternillante" que casaría muy bien con ciertos chistes de los dos citados e indudablemente con la escuela inglesa del disparate como Wodehouse, Jerome K. Jerome y Chesterton y Wilde en el lado más  inteligente del espectro, no logra ser el paradigma humorístico de Ames, cuya obra "¡Despierte señor!", confeso homenaje absoluto a Wodehouse y las novelas dedicadas por este al admirable mayordomo Jeeves, se queda en un escatológico y obsesivo homenaje --bastante divertido, es cierto-- de Jonathan Ames a Jonathan Ames (en su versión Alan Blair, nombre del protagonista de su novela. La presencia de un mayordomo norteamericano de origen inglés llamado Jeeves, cuya existencia y presencia es explicada brevemente en la pag. 36 y siguientes de la novela, es, divertida pero bastante alejada del original inglés.  Ames refleja principalmente en diálogos reiterativos en los que el "señor" prevalece, algo de la catadura memorable del personaje de Wodehouse, pero prácticamente nada más (el estólido personaje tiene muchas más conchas y niveles de los que muestra Ames en su libro y sobre todo mucha más acción e intervención directa en la trama) y en definitiva, la peripecia vital de Alan Blair (trasunto de nuestro autor) sólo utiliza la figura de Jeeves como pretexto literario para tratar de escribir "a la manera de".

Dicho esto y aclarado que el lector se desternillará más bien poco, pero se lo pasará muy bien y echará sus risas ante el fogoso, incontinente verbal y pro-etílico autor,  cuando acabe de leer las 406 páginas de la demencial, excesiva, escatológica, irreverente, cáustica y desenfrenada novela de Ames, irá a su biblioteca a buscar el tomo de obras completas de Wodehouse, para desternillarse de verdad ante las aventuras de  Bertie Wooster  y Jeeves (entre las que, les aseguro, no hay ningún episodio sobre ladillas, homosexualidad latente y borracheras extraordinarias).

Lo mas desconcertante de las referencias promocionales que acompañan el libro de Ames es la especie bastante repetida de que es un libro de in- fluencia "cervantina". Excepto dos o tres referencias a don Quijote y a Dulcinea, o al hecho singular de que como don Quijote se volvió loco de tanto leer novelas de caballería, Blair se volvió igualmente loco  debido a  que, para superar una depresión, se habia autorecetado leer todas las obras de Wodehouse (de las 96 publicadas, Blair-Ames leyó 43 y entre ellas las 15 en las que aparecen Wooster y Jeeves) y esa fue la causa del "delirio" de contratar a un ayuda de cámara que, en un surrealista y casi onirico detalle, se llamaba Jeeves.

Bueno, si esas dos pinceladas convierten a una novela en "cervantina" que baje Dios y lo vea. A no ser, claro está, que los publicistas de Ames se hayan contagiado por la desmesura verbal y metafórica del escritor y se permitan todo tipo de licencias literarias.

En resumen, el lector se lo pasará bien sumergiéndose en las agitadas aguas de esta novela-rio donde acabará simpatizando con el bastante desequilibrado protagonista y se asombrará de las  enorme capacidad critico jocosa de Ames, atesorando momentos como la relación del estreñimiento en los judíos como fruto del desarrollo darwiniano de la especie,  (pag.44), la idiosincracia de los mensajes sexuales escritos en los lavabos ( pag.78), las referencias a "Bajo el volcán", "La Montaña Magica", Hemingway, Fitzgerald y algunas florecillas dedicadas a don Quijote, la debilidad por la novela negra americana, Chandler o Hammet, Proust,  o los problemas mente-mente que el protagonista tiene (pag 224), los escotes de las mujeres que le "interpelan edípicamente" (pag.227), la necesidad de leer algo de Freud y Jung para no citar de oidas (pag.285) y dar la sensacion de que se tiene un coeficiente intelectual negativo, todo ello regado con borracheras inmensas que no restan locuacidad al protagonista aunque le producen bloqueos y ausencias mentales, hasta coronar el asunto con un capítulo digno del Miller de "Sexus" y un desenlace digno de Bukovsky. Nadie se quejará por falta de referencias literarias.

En suma, una novela gozosa y procaz, que hará las delicias de lectores entre los 30 y los 40. Los que además, han leido a Wodehouse, captarán mucha de las bromas y guiños que Ames se permite. En cualquier caso se lo pasarán bien.

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