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28 septiembre 2012 5 28 /09 /septiembre /2012 07:30

Hay una suerte de hado benéfico que parece protegerme y ayudarme en los momentos más inesperados, a veces incluso enderezando cuestiones --quizá baladíes pàra la mayoría, pero importantes para mí-- que se torcieron abruptamente hace años y que de pronto, sin comerlo ni beberlo, son compensadas tras un arco temporal enorme. Digo esto a propósito de un incidente que ocurrió hará unos treinta años mal contados. En aquél entonces vivía en un barrio barcelonés llamado La Guineueta. Estaba casado y tenía dos niñas, Isabel y Silvia, una, regordeta de ojos azules y expresión plácida e inteligente, mientras que la otra, delgadita, sensible y graciosa, te robaba el corazón con una mirada color de miel. Trabajaba en La Vanguardia como redactor de Internacional. Era un domingo de primavera y había ido al centro, al Mercado de San Antonio, a las paradas de libros viejos que se colocaban bajo las marquesinas modernista del popular mercado. Aquél día encontré, entre montañas de libros desvencijados, tres ejemplares en bastante buen estado de las obras completas de Saavedra Fajardo, editados por Clásicos Castellanos. Se trataba de los dos tomos de "Idea de un príncipe político cristiano" y uno de "República literaria" del mismo autor y la misma editorial. Se habian editado en los años cuarenta y tenían la cubierta en fino cartoné y el papel de calidad inferior que solía haber en España en la época. Estaban encuadernados en pliegos cosidos con hilo y se mantenían un poco deslabazados pero aún firmes. Los hojeé cuidadosamente, mirando que no faltaran páginas o tuvieran taras. Excepto las manchas de humedad y el deterioro del papel, envejecido deprisa, un tanto amarillento, no parecía haber sufrido el acoso de los bichos devoradores de libros. En las guardas aparecían sellos de bibliotecas privadas y en uno de ellos, la "Republica literaria" creo que era, el de una biblioteca navarra, con su numero de orden y una firma. No recuerdo ya lo que pagué por ellos, pero si la sensación de ser un precio lo suficientemente bajo para no dañar mi humilde economía de entonces. 

Solía desplazarme por la ciudad en una moto "Sanglas 400", un armatoste poderoso que había que poner en marcha a pedal, que me habia comprado con el dinero obtenido al ganar un par de premios de relatos cortos, entre todos a los que solia presentarme con más ambición que acierto (como los ilustres donnadies del café del Prado que describe Cela en "La Colmena"·).

Pues bien, aquél dia primaveral entró subitamente en amenaza de agua, las nubes cubrieron los cielos y comenzó a chispear. Abandoné presuroso el Mercado, por el temor de que mis hallazgos sufrieran un chaparrón. Y como no llevaba bolsa, los até a la parrilla trasera de la moto con un pulpo, un elástico con ganchos, y me puse en camino hacia casa, sin dejar de mirar los cielos encapotados.

Lo cierto es que ese día no llegó a llover, pero...a medio camino, transitando a toda velocidad por la Meridiana, escuché como me pitaban los automoviles que me adelantaban. Uno de los conductores me hizo un gesto de que parara, al pasar junto a mí. Giré un poco la cabeza para ver si pasaba algo detrás mío, pues no notaba que hubiera pinchado. En ese momento sentí un escalofrío y me dirigí hacia el arcén para detener la moto sin peligro. Había visto algo terrible: un aluvion de hojas volanderas partía de mi moto y se diseminaba por toda la Meridiana, machacadas por los coches que pasaban.

En la parrilla posterior, pendía flaccido el elástico y no quedaba ninguno de los tres libros que llevaba. Jamás pude olvidar el incidente y la desolación íntima que me produjo. 

Pues bien, el otro día hice una visita al mercado del Libro de Ocasión del paseo de Gracia. Fui al mediodia, cuando menos gente hay junto a los puestos. Empece por la primera de las librerías que exponían. Era de Molins de Rei y realmente, en el tosco aparador, donde se alineaban por centenares los libros, comprobé que éstos eran realmente viejos cuando no antiguos u obsoletos. Comencé la atenta mirada paseante por los mas cercanos y de pronto, escondidos entre una vieja enciclopedia y unas colecciones de autores de  moda hace veinte años, vi los marrones lomos, en cartoné duro de la antigua Biblioteca de Clásicos Castellanos. El corazón se me aceleró. ¿Estarían? Y sí. Los tres volúmenes de Saavedra Fajardo, en ediciones de 1922 y 1927, encuadernados estos en cartoné grueso, por Ediciones La Lectura de Madrid. Miré a la dependienta, una señora que parecía surgida de una novela de Pérez Galdós o de Clarín, y le pregunté el precio. La señora hizo un gesto magnánimo abarcando todo el mostrador y pronunció unas palabras mágicas: "todos los de aquí están a 5 euros cada uno". Me sentí Creso ante la biblioteca de Alejandría. Encontré también en las mismas ediciones clásicas, los dos respetables volúmenes de la "Vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo" (éstos editados en 1934) con notas de Juan Millé y Gimenez, mientras que las de Saavedra, las firmaba  el erudito Vicente Garcia de Diego. El destino me había compensado la pérdida lejana. Y me regalaba también unos tomos con varias obras cada uno de Julien Green, Stevenson, Pierre Loti, Slaugther y el "Freud" de Emil Ludwig, en una vieja edición sin fecha de Mateu Editores. En total 50 euros, que por gentileza de la dama, un hada madrina de los lectores compulsivos, quedó en 40 (quizá conmovida con mi entusiasmo y mi aspecto: volvía de la montaña  y vestía pantalón corto, botas, camiseta deportiva y un chaleco de excursionista).

Todavía rememoro aquél lejano día en que volaron por la Meridiana tres libros que habia deseado durante mucho tiempo, desde mi adolescencia. Ahora, el destino, ese hado bienhechor, ha puesto las cosas en su sitio. El circulo se ha cerrado.  

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