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1 febrero 2013 5 01 /02 /febrero /2013 17:28

Sin duda no empecé el 2013 con buen pie. Una inoportuna e inesperada afección en las cervicales, seguramente a causa de ciertos excesos (como lo es, qué duda cabe, tratar de hacer un traslado de cajas de libros, enseres y algún mueble sin contar prácticamente con ninguna ayuda) que mi optimismo irredento  --otra manera de nombrar un cierto síndrome de Peter Pan-- no llegó a percibir como peligroso, me confinó durante dos semanas entre los muros de mi hogar, semitumbado en un sofá, con una manta sobre las piernas y dos columnas de libros a mi vera. Algo más de un mes, con secuelas que afectaban mi equilibrio, redondearon el episodio. Todo ha sido un frenazo contundente a mi ajetreada vida de lecturas, visionado de películas, escrituras varias y dos o tres excursiones montañeras a la semana y, como guinda, la necesidad perentoria e inevitable de depender en cierta forma de otras --queridas-- personas para que me cuidaran con paciencia (soy un enfermo poco dócil) y autoridad (dado a la rebeldía y al optimismo más dañino y poco realista).

Dentro del "haber" de la experiencia, la percepción del tiempo y de su uso y de su dictadura como una entelequia a la que hay que afrontar con sentido realista y una cierta inteligencia. La moraleja esencial: uno, hay que darse tiempo a uno mismo y dos, el mayor regalo que hacemos a los demás es "darles" nuestro tiempo sin esperar nada a cambio.

Se podría decir que hoy, 1 de febrero, he podido regresar por completo a mi estilo de vida.  No todo es el libro y la escritura, la música o el cine. Por fin, con todos las cautelas necesarias, he caminado por mis adorados Puertos. Durante tres horas he subido y bajado muchas veces siguiendo un sendero lleno de desniveles y de encanto, que une el rio Ulldemó con el río Matarraña. Sol, cielo azul, viento fresco, aroma de flores silvestres, bosques de pinos negrales y boj, masias abandonadas, tierras de cultivo invadidas por matorrales y arbustos, tilos, nogales, castaños, paredes de roca gris, caos de grandes piedras desprendidas, calveros removidos por los jabalíes, cabras salvajes presentidas tras la arboleda o lanzándose por empinadas laderas como relámpagos pardos. Un mundo hermoso e implacable donde reina el silencio.

Y ahora lo vivo con una percepción más aguda, creo yo. Una disponibilidad para la observación y el encanto ante la montaña (en realidad ante todo). Quizá propiciada por el tercer elemento que ha aflorado "gracias a" la obligada clausura provocada por mi vértigo: mi reencuentro con la filosofía y, como consecuencia, con una estructura de pensamiento entrenada en la atención filosófica a lo que es, a lo que ocurre, a lo que siento en esa intersección de acción, reflexión y atención. La lectura del tomo de Filosofía de Stephen Hetherington (Alianza) dedicado a la metafísica y la epistemología. "La consolación de la filosofía" de Boecio y el libro de Rudiger Safranski "Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía", más el "Impromptus, entre la pasión y la reflexión" de André Comte-Sponville, han sido las muletas que me han permitido "regresar" a la "funesta manía" de filosofar, como estilo de vida (hallada en mis juventudes lejanas y abandonada en la prepotente cuarentena, sustituida por la psicología). Vamos a intentar "domar el tiempo" con las bridas de la tolerancia, la generosidad y la atención. Así que, feliz 2013.

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  • : Ventana abierta al mundo de la cultura en general, de los libros en particular, mas un poco de filosofía, otra pizca de psicología y psicoanálisis, unas notas de cine o teatro y, para desengrasar, rutas senderistas y subidas montañeras.
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