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4 noviembre 2011 5 04 /11 /noviembre /2011 07:44

Leo dos obras sobre Alejandría.  La célebre guía literaria de E.MForster publicada tras la Primera guerra mundial (en España en 1984) y un ensayo de Jane Lagoudis, publicado por la editorial granadina Almed, sobre Cavafis, Forster y Durrell, tres amantes de Alejandría, en la que vivieron en épocas diferentes. Solo coincidieron los dos primeros que mantuvieron una bella amistad. Durrell fue durante la Segunda guerra mundial y le dedicó su "Cuarteto de Alejandría". Los tres hicieron un mito de la legendaria ciudad histórica y literaria, patria de Hipatias, la inteligente dama neoplatónica de la antiguedad, asesinada por crisitianos fanáticos (tan semejantes, ay, a algunos musulmanes de hoy) evocada por el cine de Amenabar, de Cleopatra, el "Thais"de Anatole France, de los laboriosos coptos, de los 400.000 volúmenes de la mayor Biblioteca de aquellos tiempos, devastada por la ignorancia y la estupidez sectaria, la del Faro mítico, patria de apostatas inflamados como Atanasio y Arrio, pero sobre todo en nuestra era, finales del XIX y principios del XX, el lugar que atrajo al poeta Kavafis, de origen griego, y a los ingleses E.M. Forster y Lawrence Durrell. Una ciudad decadente, sofisticada y recelosa, plena de perezosa sensualidad, un cosmos urbano occidentalizado en el que se daban citas todas las culturas y todos los vicios y excesos, la sofisticada sensualidad egipcia con la audacia y el poder de occidente enfocados ambos hacia la satisfacción de los deseos.

Durante un viaje profesional a El Cairo para asistir a una conferencia internacional, cuando uno era un joven veintiañero rebosante de literatura y hambriento de vida, pude alargar mi estancia para visitar Alejandría. Nunca he sentido tanta decepción, jamás había visto con tanta claridad la naturaleza imposible de los sueños que genera la literatura. La polvorienta Alejandría que me recibió, calcinada por el sol y atravesada por vientos de arena, triste y menos que provinciana, el esqueleto de una dama que habia sido hermosa y deseada. La suspicacia de la policía omnipresente, las miradas hostiles de las personas con las que te cruzabas, el trato indiferente y frío en el restaurante, la sensación de estar de más en una ciudad que parecía una aldea perdida a las puertas del desierto, la imposibilidad de recuperar ni una sola de las imágenes que me habian impactado leyendo a los tres grandes fantasmas de Alejandría, Kavafis, Forster y sobre todo Durrell. La sombra delgada, elegante, felina de Justine ya no cruza las calles de la ciudad en busca de sus placeres nunca saciados, ni el Viejo poeta intercambia miradas equívocas con el joven del pelo rizado, ni Forster pergeña textos inmejorables describiendo una historia milenaria en la que ya no se puede repetir "Alexandria still", Alejandría sobrevive, sigue aún viva. No. A no ser que con la primavera arabe, tan manipulada, se abran las puertas a la tolerancia al forastero, el amor a la belleza y a la buena vida, el hedonismo de raiz oriental trufado de sabiduría griega, Alejandría no volverá a renacer y sólo quedará como el sueño hermoso de algunos hombres y mujeres geniales.

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