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9 noviembre 2011 3 09 /11 /noviembre /2011 08:32

Hace muchos años vi a Richard Burton y Elizabeth Taylor despellejarse vivos el uno al otro en la película de Mike Nichols "¿Quién teme a Virginia Woolf?". Ayer en el Romea volví a ver a Martha y George, los protagonistas, dirigidos por Daniel Veronese, en los cuerpos y las voces de Emma Vilarasau y Pere Arquillué. La obra de Edward Albee (traducida al catalán por el gran Josep Maria Pou) no ha perdido ni un ápice de su dureza original que le valió que el jurado del Pullitzer descabalgara del premio al autor, pese al éxito de su obra.

La pareja de alcohólicos, en los que el odio y el amor están tan mezclados que ni ellos mismos saben salir del círculo vicioso de la violencia, la grosería más atroz, la mezquindad y la humillación. Mientras escribía en este blog sobre la obra, rememoraba la historia de algunas parejas que he conocido que mantenían cierto paralelismo con los personajes descritos por Albee. En todas las parejas que recordaba, la crueldad era menos explícita que en la obra, como es lógico, ya que el autor teatral lleva casi al paroxismo las situaciones, pues debe  condensar en apenas dos horas la fuerza dramática de lo que nos muestra. Pero había un punto en el que la realidad superaba a la ficción de una forma muy sutil pero al mismo tiempo más escalofriante. Los protagonistas reales de esos dramas a los que uno se ve obligado a asistir por la fuerza de las circunstancias tienen un evidente deseo de disimular y "no dar el espectáculo" (generalmente acaban dándolo). En los minutos iniciales se producen una serie de pequeños hechos fortuitos que marcan la determinada acción que están viviendo y de la que eres testigo indeseado. De pronto salta una chispa. Suele ser por una bagatela, una tontería a la que nadie daría importancia, algo que podría ser un simple malentendido o un acto fallido sin relevancia alguna. De pronto se produce el fenómeno, inesperado, de una intensidad brutal aunque en sordina, como si fuese algo, un gesto, una mirada, una palabra, un acento, que parece desentonar, es como un error, algo que no corresponde al momento. El espectador inocente, sueles ser amigo, conocido, vecino de alguno o de los dos protagonistas, incluso empieza a sonreir como si fuese testigo de una broma, de una equivocación sin malicia. En ese momento capta que algo no va bien, que se ha producido una disonancia, como algo que no está en el guión predecible de una reunión. Mira los ojos de uno de los dos y como lo que ve le asusta o le inquieta, mira al otro y ve exactamente lo mismo: un odio total sin sombra alguna de amor ni de humor. Ve la total ferocidad del rechazo. Incluso uno de los dos puede sonreir, pero no es un gesto distendido, de paz, sino un rictus burlón, cruel y despiadado. En ese momento percibe la monstruosidad de las emociones que están a punto de desbordarse. Sólo el débil control de la presencia del testigo parece contener la furia del tornado que se avecina. No hay motivo visible, objetivo, para esa brutal borrasca que amenaza. La frase, el monosílabo, la mirada o el gesto "culpable" no justifican la reacción mutua, el ansia de exterminio. Y el pobre testigo comprende, tarde, que la bagatela ocurrida sólo ha sido la gota que ha desbordado el vaso lleno hasta el borde de hiel, odio y amargura.

Pues bien, algo parecido vimos ayer en el Romea. Desdichadamente nada extraordinario en ciertas relaciones de pareja. Lo genial es resumirlo en una función de poco menos de dos horas.

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