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2 mayo 2012 3 02 /05 /mayo /2012 08:04

Hay tres grandes principios existenciales en la doctrina budista: la vejez, la enfermedad y la muerte. De alguna manera lógica, pero no única, la secuencia habitual de esos tres elementos básicos de la vida humana está marcada por la decantación desde la vejez hasta la muerte con la enfermedad como elemento hilativo casi indispensable, entrelazados por la causalidad. Sin embargo  todos sabemos que, en demasiadas ocasiones, el primer elemento no es necesario para el encadenamiento de los otros dos. Y así cualquier edad es proclive a desencadenar  la dramática cadena. Cuando esa edad es muy corta y acontece que la enfermedad se declara en los supuestamente dorados dias de la infancia hay como un rechazo radical e instintivo a lo que se califica, muy visceral e ingenuamente, de "injusticia" de la vida, como si la vida se rigiera por los parámetros éticos de los humanos.

Vivir de cerca una enfermedad grave de un niño de muy corta edad es una experiencia desgarradora. Es una prueba de resistencia psíquica --y física, por supuesto: nunca es tan claro el correlato entre la mente y el cuerpo como en estas dramáticas ocasiones, las somatizaciones son evidentes-- y un desafío al equilibrio de la familia a la que tal cosa acontece.

Lo primero que se resiente es la lógica y coherencia del discurso. Hablar a los desolados padres se convierte en un transitar lamentable entre lo obvio y lo inconsecuente. Desde el punto de vista médico la actitud está mejor definida y se han elaborado mucho los protocolos psicológicos de trato a los familiares, aunque ya de por sí, la claridad y el respeto a la persona, mas la contundencia factica de la enfermedad y su tratamiento, lo necesario desde un punto de vista médico, crean de por sí un discurso preciso y escasamente emocional. El problema surge cuando la comunicación es entre miembros de la familia o amigos. Aqui la mezcla entre las emociones y sentimientos y la falta de palabras que reflejen el estupor, rechazo y pesar que se siente al ver a un niño de corta edad, con el que la persona tiene vinculos de familia, asediado por una enfermedad grave, supera toda capacidad imaginativa de un discurso alentador, pero que evite los peligros y los excesos de sentimentalidad (lo que ayuda escasamente a los padres) y las obviedades de rigor que el mismo sujeto ya entiende como innecesarias. Hay quien opta por el silencio compungido y los gestos de empatía y de dolor. Hay quien, absurdamente, se rebela e indigna, buscando la culpabilidad de hados y dioses o, al contrario, buscando su apoyo "mágico" o complicidad (actitud que, si los padres no son creyentes, causa un rechazo fulminante). Hay quien musita una de las muchas generalidades  que los psicólogos proponen como forma de acompañar empáticamente a los que sufren. Lo cierto es que nada de eso sirve de mucho. El dolor de los padres es irreductible a ninguna fórmula de pesar. Tal vez un sentido abrazo y una mirada de amor incondicional y respeto sea la manera más aceptable de afrontarlo.

Al principio de mi ejercicio profesional como psicólogo unos amigos me pidieron que tratara de ayudar a unos padres que estaban pasando por el calvario de un cáncer infantil. Durante casi un mes fui practicamente cada día al Hospital de la Sagrada Familia a hablar con los padres. Creo que no les ayudé mucho. En realidad, ellos me ayudaron a mí. Me ayudaron a comprender la enormidad de su sufrimiento --que sólo se atenúa, paradojicamente, con la aceptación serena de lo que es--, la generosidad del amor hacia el niño, la vaciedad de los discursos presuntamente de consuelo, la fuerza de los gestos si nacen desde la sinceridad y la auténtica compasión, la necesidad y eficacia de un "estar ahí" en silencio, la obligación de respetar las prioridades que establece el niño con sus necesidades y su dolor, la exigencia de naturalidad ante lo que ocurre sin permitir que el sentimentalismo y las convenciones corrompan la claridad y sencillez de una situación que requiere pulso firme y contención emocional.

Yo recomendaría  a los estudiantes de psicología, no sólo a los que van a dedicarse a la clínica, a todos, que hicieran prácticas en un hospital del tipo de San Juan de Dios de Barcelona, bastante modélico en su género. Vivir el drama de los niños enfrentándose a enfermedades graves, es una experiencia humana y educativa de gran eficacia.  

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