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12 mayo 2012 6 12 /05 /mayo /2012 07:36

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  Imagínense que el Diablo Cojuelo de Quevedo, experto en fisgonear en las casas por el método de levantar el tejado y mirar dentro, le da por montarse un escenario semejante en una casa del profundo oeste norteamericano, mostrándonos la interacción áspera y a veces violenta de los miembros de una familia típica y tópica de la clase media, un padre desaparecido a la buena de Dios, una madre permanentemente drogada por pastillas a fin de aliviar el dolor que le  produce un cáncer de boca, tres hijas más o menos a la deriva de sus fracasos sentimentales, la hija adolescente de una de ellas, la hermana cotilla de la dueña de la casa y su marido, el hijo de ambos y el amante de otra de las hermanas, un tipo impresentable y chulesco.Se abre el telón y se nos presenta una casona, un hombre que filosofa en una hamaca al calor de agosto y al calor de un continuo ingerir de whisky. Una chica, de raza india, cheyenne, viene a emplearse como sirvienta y cuidadora de la esposa del hombre, enferma de cáncer.Tras un largo monólogo del hombre, este hace mutis y la chica entra en la casa, todo el armazón se desplaza por el escenario y el espectador tiene frente a sí la casa completa de tres niveles, como si la pared que la protege de nuestra mirada fuera de cristal o de aire. Comienza la acción...

Hay libros, muchos, en uno de los extremos, el hombre desaparecido es profesor universitario, hay el continuo tintineo de las pastillas que la dama trasiega sin cesar, cigarrillo tras cigarrillo, y hay una mesa de salón donde cenan cada noche, de verdad, once personas, en el segundo acto. Da igual que vea usted esta obra en Chicago, en Buenos Aires, en Paris o en Barcelona. Sólo cambia el idioma. Todo lo demás es semejante. Tres actos para una representación que abunda en momentos jocosos, la mayoría discutiblemente jocosos, en gritos, chillidos, denuestos, insultos, algo de música y una trama que circula por el abuso de drogas, el alcoholismo, la pedofilia, los enfrentamientos generacionales, el racismo, el incesto, la infidelidad, el suicidio y hasta el amor. Se estrenó el 28 de junio de 2007 en Chicago, seis meses mas tarde en Broadway con un éxito de año y medio en cartel. Ha obtenido el Pulitzer y otros siete premios en 2008. Su autor, Tracy Letts, actor y escritor, nacido en Tulsa, Oklahoma, (lugar donde acontece la acción de "Agost, osage County"), ha barajado con pericia componentes dramáticos y cómicos de la tradición teatral americana y europea, desde Eugene O' Neill y Miller por un lado, hasta Wilde (sin su elegancia) y De Filippo, pero sobre todo Tennessee Williams. Se nota también la huella perfeccionista de la Steppenwolf Theatre Company de Chicago. Esta compañía de Illinois, fundada en 1974, es hoy un grupo estable de 41 miembros, al que Tracy Letts pertenece como actor y dramaturgo. 

Hay una energía incesante en la acción y la obra resulta un desafío para los actores, que se ven obligados a hacer excesos de voz y gestos en los que suelen caminar en la cuerda floja entre el patetismo y el ridículo (cosa que provoca no pocas risas equivocadas e innecesarias entre el público). Uno no ve que sea cosa de mucha risa el farfullar dolorido de una enferma de cáncer de boca o la estúpida charlatanería de una adolescente. Lo asombroso de esta situación elevada al máximo desde el segundo acto es que acabamos aceptando esa dureza expositiva, esos gritos y nos parezca impostado y falso lo más auténticamente humano de la obra, las intervenciones y la persona de la india, la joven "nativa americana". Paradojas del exceso.

Desde los gritos de Violeta, la esposa del desaparecido profesor (se ha suicidado y se sabe muy pronto) delirante y excesiva, llena de dolor y rabia, hasta sus hijas o su nieta, esta es una obra de mujeres. Los hombres son meros comparsas que acompañan y provocan la acción de las mujeres, su rechazo o su amor.

Bajo la asfixiante atmósfera de la cerrada casona en pleno agosto, en las calcinadas llanuras de Oklahoma, se desarrollan los sentimientos de los personajes con unos diálogos incisivos, ingeniosos, duros y cortantes como navajas de afeitar. El desmoronamiento de la familia --y añadidos-- es atroz. La tragica desaparición del padre no es más que una excusa que lleva a la luz el desconcierto de todos y cada uno, en la que surgen las dos líderes familiares, Violet como reina destronada (una Anna Lizarán, gran trágica de la escena catalana, en pleno y a veces excesivo disfrute de su poder como actriz de carácter) y su hija Bárbara (Emma Vilarasau) que acaba el segundo acto con un desafiante "¿Aún no te has enterado? Yo soy ahora la que manda aquí".

Dicen que es la primera gran obra americana del siglo XXI (la manía de los norteamericanos por lo grande llega a sonar a guasa metafísica), yo no sé, pero si creo que es la consecuencia lógica --no muy distinta moralmente-- de obras como "Quién teme a Virginia Woolf" o "Un delicado equilibrio", que ya les comenté en su día. No hay nada excesivamente nuevo en "Agosto" como imagen de la decadencia ética de una familia norteamericana, impulsada por una manera de vivir y unos valores, o sus ausencias, que quedan muy lejos de los que se presentaban, por ejemplo, en "La muerte de un viajante", de Miller.

La obra, con una Sala Gran del TNC repleta de un público entregado y a veces inoportuno, ha sido dirigida por Sergi Belbel, el que fue "enfant terrible" de la escena catalana, y sostiene la fuerza de la historia con las contundentes interpretaciones --y sobreactuaciones--de dos mujeres, ya citadas, Lizarán y Vilarasau. Abel Folk, Rosa Renom, Clara de Ramon (necesita un hervor de saber estar en un escenario), Karen Westen, Manuel Veiga (un cheriff flojito) Almudena Lomba (la india), Maife Gil, la dicharachera metomentodo, Frances Luchetti como muy acertado cuñado de Violet y Charlie Aiken, que borda su monólogo del principio de la obra, sin olvidar a los dos añadidos varones, Albert Triola, el hijo desquiciado lleno de complejos y Oscar Molina, que hace odioso a su personaje, como era de esperar.

De todas formas hay que conceder a "Agost" un mérito, aquí y ahora, es una pieza de peso en un acontecer teatral lleno de materiales livianos, casi volanderos (sin contar, claro está, con los clásicos, siempre resultones). Y un defecto: falta una más habil dirección de actores que limite un poco el histrionismo de la mayoría de los actores. ¿O es un defecto de la escena catalana? Pero no, hemos visto este año obras donde tal histrionismo no existía y la obra resultaba. "Se de un lugar", "Els dolents", "El tipo de la tumba de al lado", meros juguetes escénicos si queréis, pero interpretaciones ajustadas a la naturalidad y la fuerza de los personajes y la trama. En fin...

 

 

   

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