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17 mayo 2012 4 17 /05 /mayo /2012 07:18

excursiones-2953.JPGMañana sosegada en la montaña. Subo a las Rocas de Benet, el soberbio macizo de conglomerado rojo, con paredes verticales de 300 m, aves rapaces surcando sus cielos como pequeños navíos dorados y negros, lentos, majestuosos. Desde la carretera que une Horta de San Juan con las primeras tierras de Aragón, el viajero las tiene a su izquierda, como una inmensa nave de piedra varada en el comienzo de los Puertos, una especie de enorme caja de angulos redondeados y precipicios que parecen cortados con el hacha de un gigante, una fortaleza natural aparentemente inexpugnable. La via de acceso es una torrentera en elevado ángulo de desnivel, una hendidura angosta entre dos roquedales, un corte de garganta, llena de vegetación, con un suelo desgastado de grandes pedruscos y gravilla resbaladiza entre árboies torturados y matorrales espinosos. Se requiere mucha atención en la subida y redoblada prudencia en la bajada. El premio es una gran planicie engastada entre los picos de cada una de las gigantescas torres de este castillo de piedra y vegetación, rodeada por todos lados por caidas de más de doscientos metros y un panorama a vista de pájaro de la planicie del Matarraña extendiéndose hacia el azul, los cercanos puertos que separan la zona del mar, donde a la altura de Alfara de Carles o Pauls hoy parecía extenderse un fuego forestal de considerables dimensiones. Esa es la maldición de las Tierras del Ebro y el Matarraña. raro es el año en que no hay que lamentar varios incendios.

Pero volvamos a la planicie de la cima de las Rocas de Benet. Habitualmente es fácil encontrar rebaños de cabras salvajes, compitiendo con las rapaces en el dominio del lugar, casi siempre sin presencia humana y profundamente silencioso. En esta ocasión, sin embargo, no veía ninguna. Durante un rato, apostado sobre unos relieves rocosos al sol, sacudido por un viento frío que barría las cimas de las peladas rocas, dediqué varios minutos a la silenciosa contemplación del paisaje, sin pensamientos, sin la cháchara mental que nos suele acompañar, relajado y feliz. De pronto, frente a mí, entre unos arbustos, muy lentamente, apareció una cabra  muy joven, casi una cria. Miró en mi dirección sin alarma alguna. Yo extremé mi quietud. La cabra me miró intensamente con sus grandes ojos atónitos. Después giró la cabeza como si hubiera perdido todo interés por mí. Se dio la vuelta y siguió su paseo mordisqueando las hierbas que alfombran el suelo o algunos arbustos tiernos.

excursiones-2968.JPGLa contemplé hasta que desapareció de mi vista. Me había llegado su fuerte olor, por lo que dada la dirección del viento, seguramente ella no me había olfateado.Tras unos minutos de silenciosa oración de amor a la Naturaleza, me levanté para iniciar la bajada. De pronto  de una balma o covacha bajo un reborde de roca, la cabra apareció subitamente. Nos miramos unos segundos. Ella dio un espectadular salto lateral y desapareció en un quiebro hacia lo más alto. Iba a comenzar una divertida experiencia entre la pequeña cabra y el humano: el animal parecía seguirme, como si jugara al gato y al ratón, al escondite, a ver si te pillo, me adelantaba dando saltos increíbles junto al abismo, desaparecía entre unos arbustos, mostraba la cabeza triangular junto a un recodo o insinuaba su cuerpo entre los arbustos salteados por el peligroso pedregal del descenso: los casi treinta minutos que dura la lenta y trabajosa bajada, el animal me acompañó desde las cortadas laterales. Cuando llegué al fondo de la garganta, donde sigue el sendero que lleva hasta la pista de subida, la cabra apareció sobre mí, en un picacho puntiagudo sin vias de acceso visibles. Asomó la cabeza y me miro largamente. Allí estuve un par de minutos, con la cara alzada hacia la roca, mirándonos. Luego, de im- proviso, desapareció y ya no la ví mas. Bajé hasta la pista donde estacioné el coche. El todoterreno de los forestales se detuvo para saludarme. "¿Qué tal allá arriba?", me preguntaron. "De fábula", dije. "Un poco solitario, ¿no?". Contesté: "He venido varias veces y nunca me he encontrado a nadie...excepto cabras y buitres" Los forestales añadieron: "Hoy desde luego, está más solitario que de costumbre. No nos hemos cruzado con coches en toda la mañana." Me despedí: "Yo he tenido mas suerte, he estado jugando al escondite con una cabra muy joven".

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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