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29 enero 2014 3 29 /01 /enero /2014 11:15

manu.jpgHa muerto Manu Leguineche, maestro, mentor, compañero y amigo (para mí una especie de Carlos Nadal en potencia cuya amistad nunca llegó a florecer debidamente por la circunstancia disgregadora de vivir él en Madrid y yo en Barcelona). Cuando se retiró a Tejar de la Mata, pueblecito alcarreño, aquejado por una enfermedad --me dijeron amigos comunes que le afectaba los procesos cognitivos -- me planteé el ir a verlo y por esas cosas que uno no sabe controlar, voy postergando la visita hasta que se convirtió en una sombra, una querencia difuminada por la falta de contacto y la lejanía. En los años 80 y 90 fue nuestra época dorada como amigos. Él dirigía Colpisa, una agencia de artículos y reportajes con sede en Madrid, que solía repartir por los diarios regionales de toda España los artículos y crónicas de los periodistas de "La Vanguardia", entre ellos los míos. Recíprocamente Manu dejaba rienda suelta a su instinto de gran reportero y se marchaba a los lugares del mundo donde se producían las noticias --guerras, golpes de Estado, elecciones-- como un "free lance" cuyas crónicas también publicaba "La Vanguardia" entre otros diarios. De ahí vino nuestra relación, bastante intensa esos años, que evolucionó a una simparía mutua y al final a una amistad incondicional.

Recuerdo con viveza una semana de estancia en Lekeitio, el pueblo vasco donde nació y en que conservaba el destartalado piso familiar en la calle principal. Yo estaba escribiendo una novela y me ofreció pasar allí unos días. Me dio las llaves y unos consejos para desenvolverme en el pueblo. Allí estuve seis o siete días, escribiendo sin parar, bañándome en la playa y comiendo pescado en los bares del pequeño puerto de Lekeitio.

También en Madrid nos veíamos, cuando Manu estaba con Rosa María Mateo, la "musa de la transición" la periodista de TVE con los ojos más azules de España. Estuve varias veces en el ático que tenía, lleno de libros y videos de cine. Ibamos a comer a un bar de su barrio en el que solía hacer sus partidas de mus, y donde le tenían un afecto y un respeto que era la tónica habitual de las reacciones que solía provocar el trato afable, llano y pleno de un humor sin malicia que era uno de los sellos distintivos de Manu. De él recibí un apoyo y un afecto del que me siento deudor. A pesar de que sólo nos separaban cinco años de edad, para mí era un maestro tanto más respetado y venerado cuanto hacía gala de una humildad y una ausencia de vanidad admirables.

Compartí muchas cosas con Manu. Desde el amor a los libros, al cine y a la política internacional, hasta la decisión --muy temprana y clarividente-- de que terminaríamos nuestros días de trashumancia profesional en un pueblecito, lo más pequeño y pacífico  posible. Él escogió un pueblo de La Alcarria y yo, uno de Teruel, en el Matarraña. Fue uno de los temas que quería analizar con él, ese amor al aislamiento, a la reflexión y a la lectura. Lamento no haberme dado la ocasión de volver a verlo y habernos echado unas risas en recuerdo de aquella época en la que yo formaba parte modestamente  de "la tribu" (los periodistas que circulaban por esos mundos de Dios como enviados especiales o corresponsales) y Manu era el indiscutible jefe, amado y respetado por todos, en un oficio donde la malevolencia, las críticas, la envidia, la vanidad y la burla eran el pan de cada día. Descansa en paz, amigo.

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Published by nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 - en comentario literario
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