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18 enero 2012 3 18 /01 /enero /2012 08:57

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He aquí una de las "grandes" de la temporada. ¿Por qué? No hay efectos especiales espectaculares, ni un argumento original y  lleno de sorpresas, ni unas interpretaciones y actores fuera de lo común, ni una dirección técnica genial, si un marketing postproducción estilo Spielberg. Todo gira en torno a la historia de un conductor al que le gustan las situaciones arriesgadas y la adrenalina del peligro y las acciones fuera de la ley. Y como meollo argumental "interno" una historia de amor dura, que deviene imposible por la propia cerrazón de su estructura humana.
¿Qué es lo que hace a  "Drive" tan especial ? Ni siquiera el "imposible"  romance tiene la fuerza y el brío de un amor shakesperiano. Circula por las edulcoradas vías de una cierta vulgaridad temática, sentimientos de cartón piedra y emociones de mal teatro. Los personajes chirrían pero, y ahí empieza el "milagro" cinematográfico, nos sentimos atraidos, no pensamos en lo que se ve artificial, banal y a veces ridículo, simplemente los miramos interesados, profundamente. Sabemos que todo va a acabar mal, que el destino es tan previsible como sin posibles sorpresas, pero seguimos ahí, sentaditos en nuestras butacas y preguntándonos porqué seguimos mirando la pantalla como hipnotizados.
La imparable ruina del protagonista, un "samurai" paradójicamente atrapado por su laberínticas emociones que jamas logramos leer en su rostro, condenado al desastre por un destino fatídico que es incapaz de conjurar, se perfila como una tragedia anunciada, un poco como aquella novela de García Márquez de la que se rodó una inquietante película "Crónica de una muerte anunciada" (siempre me ha maravillado la potencia tituladora del Nobel colombiano). Pero eso, la previsibilidad, no lastra la película de Nicolas Winding Refn, un director europeo --danés-- que ha filmado una película rabiosamente americana, tanto como un cuadro de Hooper o unos perritos calientes en el estadio de los Yankees. Y aun proviniendo de un cine minimalista, eficaz y sin blanduras, Winding nos ofrece una historia sin encanto, lineal, esquemática y absurda que adquiere profundidad y arraigo como si fuera una planta trepadora, como si naciera escarbando en "El halcón maltés", "Tener o no tener", "Atraco perfecto" y demás maravillas de aquél cine negro que aún recordamos en las manos de Eastwood. Y es que hay mucho de Bogart, Mitchum o McQueen en Gosling, ese actor inconmensurable que mantiene el gesto hierático y el mondadientes en la boca con la misma dignidad que Bogart el pitillo.
El protagonista de "Drive" es un antihéroe enjuto e imperturbable que tiene la dureza de John Wayne (y su humanidad brusca) y el carácter amenazador y vagamente peligroso del Sterling Hayden de "Atraco perfecto" de Kubrick. Como estos clásicos  personajes del cine, el conductor compagina sus acciones de psicótico con el corazón capaz de derretirse ante la sonrisa de un niño o la mirada amorosa de una mujer (el Fred McMurray de "Perdición").Como en casi todas las grandes películas "Drive" acaba pareciendo una de esas "matriuscas" rusas, unas muñecas que contienen dentro de sí, muñecas clónicas más pequeñas, Y así uno vive la cinta como una serie de géneros encadenados por un personajes central, película de acción, policiaca, de violencia china o japonesa, de amor romántico o de intriga.
Ryan Gosling, el conductor, te lleva por todas esas opciones sin cambiar el gesto, con su omnipresente palillo entre los dientes, peligroso como un puma y relajado como un tigre dormido. Todo sin trampa ni cartón, limpio como un truco de Houdini...pero letal. Si entras en su propuesta asistirás fascinado a todo lo que hace, si no lo haces, te aburrirás y pensarás que es una película insufrible y absurda.
Una vez más la sombra de Jean-Pierre Melville es alargada. "El silencio de un hombre" ("La samourai", 1967) con un magnífico Alain Delón, es el punto de contacto de "Drive" con la historia del cine. Lino Ventura, Delon, Ives Montand, Jean Paul Belmondo o Michel Piccoli podían ser los hermanos de raza de Gosling y cualquier espectador que conserve la memoria de aquel cine magistral lo reconoce de inmediato.
Pero no solo es Gosling, los demás actores están en la linea de excelencia, desde el feo y cada vez más atractivo y eficaz Ron Perlman a un  generalmente desaprovechado Albert Brooks, con su peligrosísimo look de psicópata amable, desde el niño Kaden Leos al contenido y mocional papel de la madre, Carey Mulligan, no hay ningún secundario que no parezca salido de una enciclopedia del cine.
Vean esta película sobre el héroe inmutable para el que el pasado no existe, el futuro no importa y el presente hay que currarlo hasta dejarse la piel, sin permitir que el miedo o la cólera te haga perder la leve sonrisa del desencanto, que reacciona con la fiereza de un jabalí herido para proteger a su camada aunque entienda que será en definitiva un esfuerzo inútil que se perderá en su pequeña historia como lágrimas en la lluvia. Aunque, como el escorpión que lleva grabado en su guerrera (como un personaje chabacano de Tarantino) morirá matando y lo hará con la mayor fiereza posible.

 

 

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