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1 octubre 2011 6 01 /10 /octubre /2011 09:36

arbol-vida-poster-b.jpg Es un director "de culto", es decir uno de esos como Allen, Kubrick, Houston, los Cohen y unos pocos más, vivos o desaparecidos, cuyo trabajo es una garantía si no de éxito inmediato --algunos ruedan para la posteridad-- sí de que sus películas formarán parte de esa no muy amplia nómina de "clásicos" de todos los tiempos.Terrence Malick  ha rodado muy pocas películas (cinco largometrajes en casi cuarenta años) pero basta que se sepa que va a rodar una para que las estrellas más rutilantes del Star System se ofrezcan al precio que sea para formar parte de los titulos de crédito. En esta ocasión, dos de los grandes, Brad Pitt y Sean Penn han sido los agraciados (el primero como protagonista, el segundo como secundario de lujo: sospecho que en el montaje final han debido caer muchas de las secuencias en las que intervino este excelente actor y de eso se resiente un poco la película).

El argumento de "El Árbol de la Vida" acompaña la vida del hijo mayor, Jack,  (Sean Penn como adulto y el niño Hunter McCraken, una revelación, cada gesto y mirada contienen un mundo) de una familia de clase media de los años 50, con especial hincapié en la infancia y en las relaciones difíciles con su autoritario padre (Brad Pitt), la muerte de un hermano y sus consecuencias, en suma el desarrollo problemático del niño en un contexto  duro, desequilibrador y sin concesiones, donde surgen todas las paradojas de una educación  deficitaria y unas incógnitas sobre asuntos éticos y de comportamiento que el chico, como la mayoría, debe resolver por sí mismo, con escasa ayuda externa y nula ejemplaridad paternal.

Vístase esa trayectoria vital no muy original con una puesta en escena suntuosa donde el ritmo sigue la cadencia de las mareas, se nos invade constantemente con bellísimas imágenes espaciales y de la naturaleza, como si se nos recordara de continuo que todo está relacionado, ese nacimiento, desarrollo y muerte de estrellas, planetas, seres humanos, árboles y animales, es todo la misma canción con diferentes melodías. Y todo ello bajo la evocación de un música de lujo: Bach, Mahler, Smetana. Berlioz, además del compositor propio de la cinta, Alexander Desplat. Gozo visual, gozo intelectual, gozo auditivo.

Como suele ocurrir con Malick, el mensaje se repite una y otra vez, entre lineas, inducido, quizá intuido, y los personajes y las imágenes que les rodean siguen un proceso de escritura muy singular. Por eso este director gusta o no gusta, pero nunca aburre, nunca deja indeferente. La familia de los O’Brien (Brad Pitt y Jessica Chastain), se enfrentan desde el principio de la pelicula al doloroso trauma de la pérdida de un hijo y de ese terrible drama emocional surgen los recuerdos y las oniricas, simbólicas, intervenciones del hijo mayor ya adulto (Penn). Esta catarsis familiar toma una estructura no fácil para el espectador, ya que los recuerdos van mezcládose con las tomas no argumentales de las que les hablamos y articulándose en un discurso ético y religioso de altos vuelos, en los que las visiones espaciales o de la naturaleza parecen la epifanía del mensaje religioso. Por eso es laborioso conciliar en la mente del espectador ese nivel superior con los aconteceres en la vida cotidiana de una familia dominada  por la brutalidad de un padre excesivamente autoritario, la pasividad de una madre imbuida del sentido espiritual de la vida, los dramas de los chicos, el amor entre ellos, la compañía no siempre positiva de los amigos, las carencias paternales y la irritación hacia el papel de la madre.

¿Como evitar con esta abundacia de niveles de lectura, las caidas de ritmo? No las evita Malick. Yo creo que se refocila en ellas. Por eso su cine irrita a muchos, desconcierta a otros y fascina a unos pocos, aparte de los que cantan alabanzas por imitación o por repetición bobalicona ante el "genio" enaltecido por tantos. Las maravillosas secuencias "espaciales" parecen una reedición mejorada -- y sensible a raudales-- de las que ya vimos en la irrepetible "2001 una odisea espacial", de Stanley Kubrick. Y como en ella Malick recurre también a las épocas remotas presentándonos a unos animales prehistóricos en acción como muestra de lo que podría calificarse de "piedad" (lo que en Kubrick sería el elemento reflejado en su célebre secuencia de los homínidos, el origen del afán de conocimiento y la violencia contra los congéneres) y esa comparación entre todos los niveles  de la existencia en el planeta. Es la vida, pues, el árbol que forman los seres vivientes, desde las raíces hasta las ramas y los frutos, el elemento esencial de la ambiciosa película.

Los actores saben de sobras que están haciendo historia y asi nos regalan interpretaciones memorables, como la de Brad Pitt con su gesto facial calcado de "Malditos bastardos" y una brutalidad semejante aunque calibrada con estallidos de ternura y de amor reprimido, la Chastain llena de candor y sensibilidad, el soberbio Jack, Hunter Mc Cracken, que de adulto tomará las facciones atormentadas de Sean Penn. Las voces de todos ellos, las preguntas que lanzan al aire, sin respuesta posible "¿Donde estabas, Dios mio, cuando murió nuestro hijo?", ¿Por qué nos has hecho esto a nosotros, que siempre te hemos amado"?" "¿Por qué nuestro padre nos hace daño?" , Y las inquietudes que subyacen, sobre el origen del mal, la necesidad de que éste exista, qué sentido tiene la muerte, a quién beneficia la muerte de un joven, preguntas llenas de sentimiento que elevan el tono de la película en una sinfonía de emociones, color, música y sentimiento que llega a aturdir un poco al espectador, sobrepasado en muchos momentos.

Película pues para ver más de una vez (en el caso de que uno sea un saboreador del cine de Malick) y para estar atento a lo que va despertando su película en nosotros, atendiendo más a lo que se sugiere que al desarrollo anecdótico de la vida de la familia, ya que hay películas que tratan con más efectividad el tema de la muerte juvenil o el de la figura paterna brutal y odiosa, o dejarse llevar demasiado por el mensaje religioso que desprenden muchas de sus escenas. Descubrir la gloria de Dios por doquier puede ser una vivencia en muchas personas pero cuando pasa a mensaje para todos se convierte en algo que no convence. Y Malick es un director que ha dado muestras de una sabiduría y una humanidad que merecen un visionado de su trabajo con seriedad y sin prejuicios.

Personalmente el mensaje religioso  --salvando el espiritual- esa oferta incondicionada a Dios del dolor como parte del amor en un todo que suena a Antiguo testamento, no me convence demasiado, pero si lo hace el contexto cinematográfico en el que me lo presentan, esa visión deslumbrante de que la vida, en su conjunto, es pura e inexplicable trascendencia. Y ese es un mensaje espiritual, metafísico y por tanto universal. Y convierte "El árbol de la vida" en un poema visual con profundas ramificaciones éticas y filosóficas, metafísicas y humanas, de un director inescrutable y enigmático que va encadenando escenas y secuencias para ofrecernos un mensaje de una rara trascendencia en la que se pretende abordar, ahí es nada, el misterio de la vida. No importa lo que pasa, el hilo argumental, importa lo que sientes y lo que piensas mientras la ves y después de verla. Como ocurrió con "Malas tierras" (1973), "Dias del cielo" (1978), "La delgada linea roja" (1998) y "El nuevo mundo" (2005). Quizá sea esta la más redonda de todas a pesar de su mayor complejidad y de esa decisión personal de este incalificable director: tratar de contarnos de qué va esto de la existencia, la muerte y el dolor, la alegría del nacer y la angustia que provoca la muerte de una persona joven llena de vida. Y sobre todo ello, la presencia de Dios para los creyentes, y Malick sin duda lo es.

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