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5 febrero 2011 6 05 /02 /febrero /2011 21:56

yoes-1192.JPGA finales de los noventa, hace pues más de diez años, escribí una novela "El árbol de los condenados" que suponía una variación sustancial de estilo y temática en mi novelística. Fue un parto largo e inquieto. En contra de mis precipitaciones literarias habituales, en esta ocasión mi oficio como periodista habia sido dejado a un lado. Por primera vez buceaba en lo más profundo de mi psique, sacaba el limo que protegia el fondo y analizaba y proyectaba sentimientos, vivencias, reflexiones, en una trama novelística en la que también se reflejaban historias y caracteres de gentes conocidas e imaginadas, posos de lecturas, inquietudes intelectuales, grandes dudas y pocas certezas, momentos brillantes y frustraciones y dolores que la vida proporciona a todo el que la trata de vivir sin mirar mucho lo límites.

Mi vida profesional me habia llevado a conocer gentes y paises que fueron, una vez condensados y aquilatados por la reflexión --y la imaginación literaria que todo lo aprovecha-- a una decantación que se hacía relato y nutría las páginas de esa novela intimista y bastante despiadada.

En el interín llevaba años estudiando psicología y psicoanálisis, me había sometido a un psicoanálisis didáctico con una profesional junguiana y preparaba mi tesis doctoral sobre el análisis lacaniano.

Cuando terminé la novela, puse el ansiado "fin" sobre la última página y revisé el volumen mecanoescrito, me entró una desazón inusual. En mis anteriores obras, al fin le sucedía un rápido envío a una editorial, los contactos pertinentes y la publicación, casi sin  solución de continuidad. En este caso, "El árbol de los condenados", en los que se vertía parte de mi ser y se extrapolaba el dolor de muchas personas y la desorientación y los errores de mis personajes (espejo y reflejo de los propios) había una cierta desgana en seguir el proceso anteriormente descrito. Quería trascender el deseo de verla publicada con el más legítimo objetivo de descubrir de qué se trataba: si era una novela importante para mi desarrollo como escritor y persona,  o era otra coartada de la vanidad, la facilidad creativa y el sentido de la oportunidad (heredado de mi condición de periodista).

Lo mejor, pensé, es buscar un  editor al que respete por su capacidad intelectual, su trayectoria personal y su prestigio en  el mundo de los libros. Escogí a Mario Muchnik. Me entrevisté con él (había escrito algún articulo sobre sus libros y eso me sirvió de carta de presentación) y le hablé de mi novela y de mi deseo que la publicara él si le parecía digna de ello.

Comenzó entonces una relación epistolar en la que ambos hablábamos de los pormenores de la novela, personajes, situaciones, filosofía y estilo. Jamás antes me había sentido tan cómodo y tan sorprendido al tiempo, de encontrar un interlocutor cuya inteligencia estaba hermanada por la agudeza y el instinto.

La cosa quedó frenada en un momento dado y terminó colapsándose de mutuo acuerdo. Hubo un intercambio de posiciones encontradas sobre temas éticos y decidimos por el momento dejar en suspenso la publicación . Yo no insistí y acepté la postura de Mario. Debía analizar lo ocurrido y plantear una revisión acorde con nuestras posturas divergentes. Pero no lo hice. Me asaltó ese demonio inquietante llamado "duda", tan poco operativo cuando va encima de un falso orgullo. Guardé la novela en un cajón y me dejé llevar por las exigencias de las dos profesiones que ejercía, el periodismo y la psicología. Avatares personales de distinto signo me ocuparon durante mucho tiempo y olvidé la novela y la frustración de no haber peleado por ella.

Ahora, años después, de una forma casual, fortuita, ha entrado de nuevo en  mi vida. La novela apareció, polvorienta, pero incólume, en uno de mis cajones de originales. La tengo junto a mí y he decidido volver a ella.

He sentido la necesidad acuciante de volver a ella, tras meditar un tiempo sobre las razones ocultas que me llevaron en su día a guardar mi novela más prometedora bajo las siete llaves del sepulcro del Cid. Una vez aclarado este escenario, ay, tan poco halagueño para mi propia inteligencia, sólo queda el reto de entrar en ella con el buril y el martillo dispuesto a tirar lo que no sirva y adecentar lo que se mantenga. La estructura y los cimientos están bien, creo recordar, y eso es lo que hace viable una construcción. Todo lo demás es cuestión de tabiques. Mientras respete las paredes maestras y la cimentación, todo lo demás puede ser cambiado, alterado, remozado. Vamos, pues, a ello. 

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