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10 agosto 2012 5 10 /08 /agosto /2012 07:42

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El que va a ver una película de Sacha Baron Cohen (dirigido por Larry Charles, compinche y coautor visceral de todo este chispeante desaguisado) sabe a lo que se expone. Si ha visto "Borat" y la inferior pero aún estimable "Bruno" (no contemos con el papel excesivo y lleno de tics de policía de la estación de tren de Paris en el "Hugo" de Scorsese, esa maravilla del 7º arte que aprovecha todos los recursos técnicos para urdir uno de los mejores homenajes al cine) entrará en la sala para desternillarse de risa. Solo si uno es del nivel de los espectadores más sencillos; Se asombrará y divertirá ante la mala uva de lo que allí se cuenta, su no está entre los más entendidos; y gozará con la critica acerada e irónica de nuestra política y nuestra sociedad, si uno es de los que no se entusiasman con el humor de sal gruesa y escatología pero sabe degustar un plato zafio pero incisivo, valiente y original.

Esa polisemia del lenguaje de Baron Cohen pese a su aparente vulgaridad y simplicidad directa, es lo que convierte a "El dictador" en una película apreciable, aunque no sea una buena película. En esta ocasión, como en algunas --pocas-- otras, importa más lo que se dice --o se insinúa indirectamente-- que el cómo se dice.

Y el mensaje implícito --aunque fallido y luego les dire por qué-- de Cohen está muy claro: las despreciables dictaduras son el revés igualmente despreciable de las democracias que no cumplen con sus principios, es decir, practicamente todas. El desfile triunfal de Cohen por la 7ª avenida neoyorquina, representando al almirante general Haffaz Aladeen, dictadorzuelo de la república norteafricana de Wadiya, un remedo cómico pero letal de Gaddafi, Idi Amin Dadá, Mubarak y demás fantoches sanguinarios, unido a su barba inverosímil, montado en camello y rodeado de hermosas beduinas armadas hasta los dientes, mientras clama a pleno  pulmón su amor por la democacria americana, patria del sida, de las estafas financieras y del racismo y sexismo más intolerantes, es una imagen que ejerce de humoristico revulsivo de todo lo que no nos gusta de aquél gran país lleno de grandes defectos y de muchas virtudes.

No se trata de un remedo colorista y de humor fácil de "El gran dictador" de Chaplin como podria creer alguien que no conozca a Baron Cohen, pero también juega con la ambivalencia del doble con menos habilidad que Chaplin. Si en la pelicula de este queda claro el distanciamiento entre el dictador Heinkel y el barbero Chaplin, en la de Cohen el "doble" nunca de ser el animalejo sanguinario e inhumano que es el dictador, provocando que la gracia y la simpatía de uno se comunique al otro. Y la verdad encontrar algo positivo, siquiera sea el humor, en semejante monstruo, resulta innecesario y lamentable.

 Tampoco sabemos a quien se refiere Baron Cohen con su atrabiliario dictador, aunque se nos dan pistas evidentes de que nos habla de una mezcla de Saddam Hussein y Gaddafi. Heninkel-Hitler estaba bastante claro, aqui al perderse la referencia segura, el mensaje pierde algo de su contundente critica corrosiva, lo cual es una lástima dada la eficacia malévola con la que analiza los desmadres politicos, humanos y financieros que la sociedad occidental, a traves de sus políticos está provocando a sus cada vez más constreñidos ciudadanos, sin contar las aventuras neocolonialistas que llevan la guerra y el terrorosimo a todos los rincones del mundo. El problema es que este tono de burla y cachondeo irreverente por todos los estamentos y doctrinas hace que los contornos se difuminen y el mensaje pierda fuerza. Este es el tercer elemento negativo que Cohen no logra evitar.

Solo el enorme sentido del humor que se despliega permanentemente en "gags" frescos y descomunales, que en algun momento se vuelven reiterativos, logran evitar el cansancio en el espectador (quiza por la inteligente táctica de presentar una película no muy larga, no llega a los 90 minutos, cuya amplisima trama se comprime en esos gags encadenados que no llegan a impacientar o aburrir al espectador).

Escatología, grosería de baja estofa, vulgaridad, sexismo declarado en forma de bromas de dudoso gusto, tratan de hacernos tragar el anzuelo argumental de la película: el dictador arabe que viaja a Estados Unidos a hablar ante las N.U., es traicionado por su hombre de confianza (¿que hace un actorazo como Ben Kingsley, en un películo como este?) y aprende a conocer la sociedad que detesta desde su nivel mas humilde, hasta que logra volver al nauseabundo poder, naturalmente sin haber aprendido nada, excepto hipocresía y disimulo para seguir haciendo las barbaridades  que hacía pero menos descaradamente (es decir lo que hacen tantos desde el poder en nuestra descafeinadas supuestas democracias). En resumen, pelicula para cualquiera que busque diversión directa y algo vulgar pero eficaz, estudiosos del cine político en su rama de humor paródico y fanáticos --que los hay, como también los hay del infumable Torrente-- de Baron Cohen. Los demás, abstenerse.

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