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27 junio 2011 1 27 /06 /junio /2011 18:02

Asegura mi amigo que suele presentarse de forma sospechosamente leve, enmascarada, casual, como el que no quiere la cosa. Es un dolorcillo que aparece de pronto, timido y nada amenazante. Nos percatamos de su llegada, pero no le hacemos mucho caso. Dicen en mi tierra que a partir de los cincuenta años, si una mañana te despiertas y no te duele nada, harías mal en alegrarte, seguramente es que estás muerto.

En el caso de este buen amigo, ya hace tiempo que dejó atrás los cincuenta pero se esfuerza en parecer joven y sin duda lo es, la edad no está solo en los huesos y el organismo, también está en la mente, aportando ilusiones y alegría de vivir. Mientras los achaques te dejan en paz eso es fácil de hacer, otro gallo nos cantara si algo empieza a fallar o a mostrar la desvencijada y temible faz de una enfermedad.

Pero volvamos a mi amigo, el maduro devorador de kilómetros, facedor de cimas, ocupadísimo jubilado cuya actividad hace sonrojar a sus amigos "en activo" (aunque en el fondo, cuando no los mira, hacen a menudo el gesto universal de barrenarse la sien con el dedo índice pensando en él). Ha gozado mi amigo de una existencia razonablemente equilibrada desde el punto de vista de la salud: deportista hasta la médula desde niño, respetado por los dioses de la suerte clínica, apenas ha sumado un par de incidentes médicos de los que obligan a trsspasar las puertas de los hospitales y siempre "por sus pecados" es decir por algo que ha hecho mal durante demasiado tiempo y acaba surgiendo en forma de sintoma y más tarde estructurándose como una dolencia. Ambos episodios fueron resueltos de forma satisfactoria para el sujeto. Una artroscopia de la rodilla derecha por sus excesos tenísticos y  una infección grave de las llamadas nobles vías bajas por pretender usar la terapia de "aquí no pasa nada" en vez de avisar al urólogo de que algo iba mal a la hora de hacer pipí y pretender vivir en este mundo sin aceptar que los hombres tienen próstata y que conviene comprobar su estado regularmente a partir de cierta edad. Tratamiento y suerte. La temida "C" no se presentó.

¿Creéis que nuestro amigo aprendió de esas lecciones? Faltaría más. Siguió fiel a su norma no escrita de que "tipo que hace vida sana, come bien y equilibra su mente, no tiene por qué padecer de nada", saltándose alegremente más de treinta siglos de medicina y, mas recientes, las enseñanzas de eso llamado estadística. O aquello que sugiere el dicho popular: donde menos se espera salta la liebre.

Así que lo primero que hace nuestro sujeto cuando el dolor asoma su peluda oreja es ignorarlo. Incluso se le desprecia un poquito y a veces se piensa aquello de "no sabe usted con quién está hablando". Aquí el macho-man, defensor de causas perdidas, héroe de la insensatez andante: esto no es nada. Adelante con los faroles.

Bien, pues el dolor se comporta como quien es: un perfecto hideputa al que uno le parece ver como sonrie taimadamente y se frota las manos como el viejo Shilock y con las mismas malas intenciones. Así que nuestro desprevenido amigo sigue haciendo lo que le gusta: caminar horas bajo el sol, leer y escribir compulsivamente (siempre con una utilidad en mente, ¿donde quedó el amor per se a la lectura y a la escritura?), llenarse de obligaciones que nadie te ha solicitado y seguir contra todo pronóstico pensando que la abundacia de quehaceres borrará del mapa a ese dolor estúpido que se empeña en consolidarse.

El hombre empieza un timido ataque defensivo, un ibuprofeno por allí, una aspirina por allá, un paracetamol a los postres. Pero el dolor (que se va aposentando en la cabeza, en el hemisferio derecho) va tomando cuerpo, persistencia y rebeldía.

De pronto, una noche (como todos los malhechores, el dolor es amigo del sosiego nocturno pues es allí cuando su protagonismo no es discutido por ninguna otra actividad) el dolor se hace opresión angustiosa, latido obsesivo y doloroso, angustia por su origen y su feroz actividad. El uso de los medicamentos corrientes es como echar margaritas a los cerdos. Se ríe de ellos. El berbiquí de su inquina comienza a funcionar y la noche se convierte en una eterna, inacabable sinfonía del horror, donde nuestro amigo maldice en arameo, ruega a todos los santos, promete lo que sea y persigue avidamente cualquier instante en el que parece cesar (siempre es un engaño): el dolor es el rey y se comporta como una diva presumida y vengativa.

A la mañana siguiente mi amigo comienza el viacrucis de médicos y especialistas. De pronto se le ha descabalgado de golpe de su rocín. Helo aquí, en el santo suelo, quebrantado, aunque aún dueño de sí, pero eso durará poco.No hay nada como las salas de espera, las consultas con los especialistas, las miradas friamente profesionales de las enfermeras que parecen preguntarse, "pero bueno ¿que habra hecho éste?" y la uniformadora inclusión en un colectivo al que se tutea de entrada y se le ordena que haga o deje de hacer cosas sin demasiadas explicaciones. "Si estas aquí es porque lo necesitas, asi que apechuga y haz lo que se te dice". El hombre ha perdido su apostura deportiva, se va comvirtiendo lentamente en un guiñapo al que, en el colmo de la degradación, en algún momento se le despoja de su vestimenta y se le embute en el unforme de la humanidad doliente: una espantosa y humillante bata con la parte trasera abierta por el que asoma la parte trasera del individuo. Patético instante en el que el sujeto es nombrado caballero de la insigne orden de los Pacientes.

A partir de ahí, solo hay que desearle suerte, nervio y paciencia a nuestro héroe.

El dolor se ha hecho dueño del individuo, de su presente, ha sepultado su pasado en el baúl de las siete llaves (y de paso no solo le quita cualquier mérito que pudiera tener, sino que le despersonaliza y le une a la grey de los sufrientes, donde la prioridad pertenece al que más sufre o mejor se queja) y solo ofrece un futuro imperfecto en el que reina un inmenso interrogante y en el que la esperanza tiene el nombre de una ausencia: cuando el dolor desaparezca.

En ese momento y durante el tiempo que dure esa batalla (la vida es una guerra permanente contra la falta de salud) se establece una curiosa relación entre el sujeto y su dolencia. Nunca hay una relación igual. Alguien debería escribir una fenomenología de ese tipo de relación un poco esquizoide entre la persona y el dolor que la agobia y desespera. Termina existiendo una suerte de antropomorfismo: el dolor toma casi una forma humana, un rostro al menos, pero también un carácter, unas intenciones (malignas por supuesto) y una forma de actuar cuya estrategia acaba perfilándose para el paciente como si correspondiera a un ser dotado de voluntad propia.

Nuestro amigo, dotado de una buena imaginación literaria, ha compuesto esa figura atrabiliaria, astuta y cruel. Mantiene con ella un trato cauto, cede en ocasiones, se enfrenta inutilmente en otras, siempre hace como si se rindiera y busca salidas continuamente. No entra en la pretensión ingenua de pactar, sabe que no hay pacto posible. El dolor tiene que hacer su papel está en su naturaleza, como la del alacrán salvado de ahogarse por la rana, a la que pica cuando están llegando a la orilla, ante el dolor y la sorpresa del batracio, "¿no me habias prometido que no picarías? ahora nos vamos a ahogar los dos", "lo siento, pero está en mi naturaleza". Pues bien, la naturaleza del dolor consiste en doler. Así que mi amigo, que ya lo ha aprendido, busca maneras para si no evitarlo, sí encauzarlo. Medita,se relaja, observa lo mas tranquilamente posible como se comporta, qué le irrita y qué le adormece, crea una rutina de aceptación, busca posturas y gestos que lo distraigan y, sobre todo, se niega a obedecer la insidiosa vocecita que se pierde en jeremiadas sin cuento, "¿qué he hecho yo para merecer esto?, "¿por qué a mí y no, por ejemplo, a mi mejor amigo" (que da la casualidad que soy yo, aunque no se lo tengo en cuenta, los sanos no lo confesamos pero siempre hay un vergonzante alivio en que se le toque a otro y no a nosotros, ergo...) "si te largas prometo ser más sensato, solo subire hasta montañas de 3000m, no mas", juro  abandonar la pipa de despues de cenar" "¿será todo esto el anuncio de un tumor, maldita sea?" "solo te pido que me dejes dormir un poco esta noche,¿maldito gilipollas tampoco puedes darme eso?", "se acabaron los trabajos extras, a partir de ahora vida de jubilata real, descanso y jolgorios montañeros leves, nada más"...

Evidentemente el doloso caballero de la cara pintada, el dolor, se rie de todo eso, hasta que un día, subita e inesperadamente, (y siempre que tengas suerte, claro está) pasa toda una hora en que el dolor no asoma su fea jeta. No te lo puedes creer, pero te comportas como un ladrón que pretende que nadie se percate que acabas de coger algo valioso. Disimulas, miras para otro lado, silbas una tonadilla mirando a la lejanía. Luego vuelve, pero más suave. Poco a poco en unos días, las visitas del maligno se van espaciando, su careto se desdibuja, sus inmensas pinzas se reblandecen, su presa se afloja. Una noche duermes de un tirón y te despiertas lleno de alegría. Poco a poco la normalidad comienza a cubrir con su manto de despropósitos su vida cotidiana. Vuelven las costumbres, los compromisos y los agobios.

No lo puedo creer: mi amigo parece haber olvidado su via crujsis. parece no comprender que ahí radica parte de la fuerza del dolor: el que nos olvidemos tan pronto de él. Mi amigo vuelve a sugerirme salidas montañeras y nada en su faz sonrosada y saludable recuerda al guiñapo que fue durante un tiempo, bajo la tiranía del dolor. Carpe diem...

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