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21 diciembre 2011 3 21 /12 /diciembre /2011 08:05

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De vez en cuando el cine argentino produce unas películas de una calidad extraordinaria pero que, cosas del marketing --ese caro e imprescindible elemento que parecen poseer en exclusiva ,los norteamericanos-- y la publicidad, pasan por nuestras pantalas con más pena que gloria. Sin ir más lejos hablamos hace un par de semanas de esa joyita que se tituló "El vecino de al lado" y hoy nos acercamos otra cinta que despierta pasiones cinéfilas entre los que la vieron y la aconsejan.

Cine de bajo presupuesto y alta ambición y más que considerable calidad, la película de Carlos Sorin es una suerte de trhiller doméstico, de drama psicopatológico con encerrona incluida, de comedia negra en la que lo mínimo y baladí, lo cotidiano, deviene elemento trágico y nutre el imaginario del espectador.

El titulo declarativo y poco imaginativo redunda en la provocativa sencillez del argumento: Beatriz (Beatriz Spelzine, sencillamente arrebatadora) va a recoger a su marido a una clínica psiquiátrica donde fue encerrado a causa de una crisis psicótica, de la que sabemos muy poco excepto que atacó a un buen amigo y colaborador. El marido, Luis (Luis Luque, ajustado y escueto en su dificil papel, tan susceptible de excesos, que roza la excelencia en unas variadas y como casuales miradas a la cámara en algunos momentos, sobre todo al final de la cinta) es un profesor de universidad, un hombre maduro y muy pacífico excepto en su ataque psicótico, naturalmente, enamorado de su esposa (se insinúa en algún momento al final de la película que el motivo aparente del ataque son los celos) y de los libros. Cuando llegan a su hogar, Luis se acerca al gato de la familia, un animal por el que ambos sienten un gran afecto. El animal no solo rechaza a su antiguo amo sino que le ataca y le hiere en la mejilla. Luego, desaparece.

A partir de ese momento la trama, muy lenta, con una camara morosamente distraida en los detalles, en los gestos, en las miradas, va mostrándonos un día a día en el que el comportamiento de Luis es examinado por la preocupada esposa en todos sus detalles. Beatriz va cayendo en un estado de ansiedad en el que se suma algunos detalles excéntricos del comportamienrto de su marido (muy leves, casi ridículos, por ejemplo el ordenar la biblioteca por autores en lugar de por géneros) con la inexplicable ausencia del gato.

Y no les cuento más. Hay un desenlace totalmente inesperado en dos golpes de efecto y la sensación de que hemos asistido a una buena película. Aunque queda la  sensación de que el director ha estado empeñado en no levantar un vuelo demasiado alto, como si Sorin fuese consciente de la modestia de sus medios y los quisiera ajustar a unos posibles resultados que, a la postre, alcanzan un nivel superior al de la modestia.

El juego perverso que se ofrece al espectador con los sueños de Beatriz, los desenfoques y desencuadres de la cámara como elementos para intranquilizar la visión, tal vez sea lo más endeble, por fácil y previsible, de una apuesta cinematográfica de bastante valía. Los protagonistas, verdaderamente notables, sin que ninguno de los dos se dejaran caer por el tobogán del exceso (tan relacionado con las películas que entran en el desequilibrado universo de las psicopatologías. Por tanto una historia muy bien contada, con un cierto aire de Hitchcock y con una maestría resolutiva que no tiene mucho que envidiar al maestro británico. ¡Bien por el cine argentino, una vez más!

 

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