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25 mayo 2013 6 25 /05 /mayo /2013 08:14

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No acaban de hacerle justicia a la magnífica y peculiar novela de Francis Scott Fitzgerald. Cinco versiones, cinco, de "El gran Gatsby" una obra icónica de la tópica "Gran novela americana" el sueño de realización literaria de todos los que escriben narrativa en el gran país americano del norte. La última que pude ver, la de 1974, dirigida por Jack Clayton e interpretada por un elegantísimo Robert Redford y Mia Farrow (mucho antes de casarse con el gran Woody), tuvo un enorme efecto de resonancia en la sociedad de aquellos lejanos años resucitando una "moda Gatsby" y provocando un "revival" de la música de los alocados años 20, principalmente del jazz. Recuerdo que en aquellos años me fastidió la manipulación que Clayton hacía de la novela, aunque en términos generales respetaba (como no podía ser menos) las líneas melodramáticas principales. La primera versión de la popular obra se hizo en 1926, un año después de publicarse la novela, fue dirigida por Warner Baxter, era muda y se ha perdido, excepto algunos fotogramas. La siguiente fue dirigida en 1949 por Elliot Nuggent, interpretada por Alan Ladd. La siguió la mencionada de Clayton y hace doce años, en 2001, se rodó una versión para televisión de la que no tengo noticia, hasta llegar a la actual.

La psicodélica versión de 2013 la dirige Baz Luhrmann, responsable de éxitos de taquilla (y alguno de crítica) como la versión de "Romeo y Julieta, de Skhakespeare" de 1996 protagonizada por un jovencísimo Leonardo di Carpio, "Australia" y "Moulin Rouge" (un asombroso musical sobre el famoso teatro de variedades parisino, trufado con canciones de los Beatles, Madonna, Nirvana y Queen).

Vuelve Leonardo di Caprio a ponerse a las órdenes de Baz y lo hace con esa gran calidad interpretativa que suele derrochar este actor de rostro aniñado y magnetismo y fuerza inesperadas. Él es el gran Gatsby y logra adueñarse de la pantalla desde su tardía aparición hasta el final. La versión sigue más o menos fielmente la novela, aunque se inventa la trasposición Nick Carraway (un ajustado Tobey Maguire, siempre eficaz en sus papeles de hombre sencillo, honesto y curioso) el narrador de lo que ocurre, con el supuesto autor de la novela, con una innecesari fórmula de confesión ante un psicoanalista como guión de la trama. Algunos cambios menores en el argumento ( en la película, Nick confiesa su admiración por Gatsby desde el principio, en la novela la cosa es distinta y más compleja) y desaparición de personajes secundarios (como el padre de Gatsby) no afectan esa linea de respeto que apuntábamos.

El problema viene del exceso de secuencias e imágenes del circo social desenfrenado y enloquecido que monta el director para contarnos las descocadas fiestas que Gatsby monta en su mansión y el clima de derroche, corrupción, adulterios, lucha social y pura superviviencia amoral que es propio de aquéllos años veinte en los que como decía Gertrude Stein "América había pasado de la barbarie a la decadencia sin conocer la civilización". Demasiada filigrana visual que recuerda los picados increíbles de cámara de "Moulin Rouge" y una fantasmagórica Nueva York entrevista por virtualidades de ordenador, unidos a la terrible miseria gris de los barrios pobres, presididos por un par de ojos de un gigantesco anuncio de una óptica, que uno de los personajes de la película llama "los ojos de Dios".

Luzhrmann nos muestra la desvergonzada ascensión de una forma de vida plena de superficialidad y apariencias que en unos pocos años terminaría en el estallido terrible del crack de 1929. Pero lo hace fiándose más de la imagen que del mensaje, de la desmesura de las fiestas, el vestuario y los ambientes que del profundo sinsentido de una forma de vida opulenta a espaldas de una creciente sociedad de la miseria. Rozando lo grotesco, se nos propone una visión exaltada de aquellos hombres y mujeres pero se nos hurta lo que el novelista sí hace, magistralmente, en su obra: mostrarnos la inercia moral, el vacío existencial, la desorientación anímica de unos personajes entre los que solo se salva la inocencia sentimental y emocional de Gatsby, que suena a algo abrumador y absurdo. Es como el Heathclift de "Cumbres borrascosas", menos violento pero igualmente obsesionado hasta la muerte.

Y además está otro exceso, el de la duración. Dos horas y media de opereta ruidosa, de melodrama un poco desfasado y anacrónico, no se pueden sustentar sólo en las buenas interpretaciones de Tobey y Leonardo y el resto del elenco, incluida la bella y lánguida Carey Mulligan y el austero Joel Edgerton.

Por esta razón, la brillante inanidad de esta película, les recomiendo en esta misma página, la novela en que se basa. Después de ir al cine, dénse el placer de leerla. La cosa mejora sustancialmente.

 

 

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