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8 octubre 2011 6 08 /10 /octubre /2011 09:05

 

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  Este autor de apellido impronunciable, producto cultural francés hasta la médula, con toda la fascinación, el exhibicionismo, la vanidad, la pedante complejidad y la feroz crítica generalizada sin piedad que es marca de la casa en los buenos escritores, Michel Houllebecq, vuelve a buscar ser piedra de escándalo en su última novela, "El mapa y el territorio", con la que recibió, merecidamente, el premio Goncourt, uno de los más prestigiosos del mundo literario.

Este escritor vedette, pagado de sí mismo, con un punto de histrionismo que le crea enemigos encarnizados y admiradores fanáticos, ya asombró, irritó y fastidió al universo lector con obras como "Plataforma", "Ampliación del campo de batalla", "Las partículas elementales", todas ellas pluripremiadas, jaleadas y anatematizadas generosamente por una sociedad internacional de lectores que son sistemáticamente arrastrados a la polémica por un escritor inclasificable, provocativo, presumido y tan complejo como transgresor, una especie de Balzac postmoderno trufado con la sofisticación de Proust, la vulgaridad de Simenon y la patología de un voyeur un poco psicógeno que se usa a sí mismo como material de ensayo.

En esta novela asistimos al nacimiento, esplendor y decadencia de un tipo bastante pasivo y desdibujado, un "artista" que cuestiona con su solo trabajo y su figura el concepto de lo que es el arte, la cultura y la inteligencia, no sólo en Francia, de la que es una genial y cáustica crítica constante, sino de los parámetros de la cultura occidental de nuestro siglo XXI. La vida de Jed Martin, sus intuiciones, sus aficiones, sus amores, su éxito, es como una opereta de Bertolt Brecht manipulada por Jonathan Swift, en ella vivimos toda la riqueza exagerada, superficial, bobalicona de una cultura autoreferencial, la francesa en su aspecto menos sólido y más mercantilista. M.H. (perdonen las siglas, pero es más cómodo que repetir el apellido del escritor) juega con el papanatismo de una cierta concepción del arte (destripado irónicamente por una compatriota suya, Yasmina Reza, en su célebre obra teatral "Arte") haciendo que su triunfo inicial correspondiera a una serie de fotografías de los mapas de la guía Michelin y el definitivo, tras un periodo de sequedad, una serie de cuadros dedicados a los oficios con títulos rimbombantes e irónicos dignos de la pluma del escritor más que de su personaje.

Pero a través de este "artista" lo que se desmenuza usando como catapulta su biografía personal, el, amor, el sexo, las relaciones familiares, la figura del padre, la fama, la sociedad y sus antojos y modas, los gustos gastronómicos, la muerte, Francia como ombligo del mundo y meretriz de un turismo voraz y deslumbrado, la patología siniestra del crimen, la vanidad del nombre, todo con una salsa corrosiva e irónicamente cruel en la que M.H. se autocita constantemente, se hace personaje de su propia novela y se da en sacrificio cruento como un corderito al monstruo de la ambición literaria.

El exceso, la brillantez de la purpurina y la supuesta elegancia de este epítome de lo francés que es M.H. no debe ocultar la eficacia narrativa, el interés a vaces absorbente y la fuerza reflexiva de un texto, siempre sobreabundante y excesivo que consigue ofrecer al lector una imagen, distorsionada pero real, de lo que es nuestra sociedad, nuestros valores y nuestros defectos en este inicio del siglo XXI. No sólo Francia, modelo denigrado pero ensalzado también  de M.H., sino todo occidente. Su creatividad y dotes de observación de la dinámica del tiempo que vivimos le hace ser profético en sus obras, así en "Plataforma" (2001), un atentado islamista o las revueltas de la primavera árabe unos años antes de que se produjeran en "La posibilidad de una  isla" (2005). Sin embargo, nadie busque la profundidad de un análisis sociopolítico de un Tony Judt, no, M.H. es un novelista y no bucea en causas y consecuencias, en él todo tiene la superficialidad de la página literaria a la manera de Sthendal, un espejo a lo largo del camino. Son intuiciones certeras pero nacidas más de la brillantez de un payaso crítico muy hábil con la pluma y el sarcasmo, que del peso razonado de un pensador que sacrifica la forma por el fondo.

"El mapa y el territorio" es una vuelta de tuerca (que algunos tildarán de rettroceso a posiciones literarias más conservadoras) en la obra de M.H. Lo sociológico tipo Swift cede su lugar a un retrato, igualmente cáustico pero más reposado y juguetón de la sociedad del momento y sus vicios y virtudes (más lo primero). El tema central, el arte, es la diana más precisa. Como M.H. escribe en la página 94  de su libro: "ser artista es ante todo ser alguien sometido...a mensajes misteriosos, imprevisibles...que habria que calificar de intuiciones, mensajes imperiosos, categóricos...que no te dejan la menor posibilidad de escabullirte...a no ser que pierdas toda noción de integridad y respeto por tí mismo". Y M.H. da todas las muestras de ese sometimiento del que habla y se refiere a sí mismo, por supuesto, el escritor, más que a su personaje, que no deja de ser un pálido reflejo de su propia abarcadora y exigente personalidad que nos ofrece una visión del mundo que, indudablemente, es categóricamente la que le ofrece su particular visión de escritor de éxito indiscutible, inflado de sí mismo y autoreferencial, hasta el punto de convertirse a si mismo en un personaje nada casual de su propia novela, por primera vez con forma y ambición de novela tradicional, más que de sarta de provocaciones brillantes y demoledoras.

La trayectoria de Jed Martin con   su exito Michelin, su silencio de diez años y su arrebatadora serie de retratos de los oficios que caracterizan al siglo desde la escort-girl que le alegra el sexo desde la salida de escena de Olga, la rusa que es su primer amor y su lanzadera con el éxito, hasta el encuentro simbólico entre Steve Jobs y Bill Gates, el retrato de Dorian Grey en forma de Damien Hirts y Jeff Koons, gurús del mercado del arte, el de su padre o el del propio escritor, M.H. convertido en cliente y motor de una parte de la novela, asesinado irónico, parodia de un thriller. Una trayectoria que se remansa al final, en una decadencia fisica, artistica y psíquica que constituye uno de los mementos más nostálgicos y humanizados del personaje y una lenta degradación que consume la brillantez paródica de la novela.

M.H. no decepcionará  a sus fans y logrará irritar un poco más a sus detractores. Pero una cosa es segura, hay que leer "El mapa y el territorio", un titulo muy  zen, que le da la vuelta al estilo provocativo M.H.: para este no existe la confusión que denuncian los maestros zen: "no confundas el mapa con el territorio, ni el dedo que apunta a la luna con la luna". Para M.H. el mapa es más importante que el territorio. Muy acorde con la personalidad exhibicionista del escritor.

 

 

 

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Comentarios

Domingo 10/09/2011 12:41


Como siempre que leo una crítica del autor, y como autor me refiero, obviamente, al autor de este blog, no a M.H., me entra un complejo de absoluto ignorante. Cuántas lecturas me faltan, cuánta
capacidad de análisis. Una vez más, gracias.

P.D. Y, como cada vez que comenta una película, aunque sea para criticarla, me digo: tengo que verla (o revisitarla) con una nueva mirada


nullediesinelinea.over-blog.es //charlus03 10/09/2011 12:47



Gracias, hermano, tus palabras y tu atención justifican de sobras todo el trabajo que hago. Es un acicate para mí.



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